Publicado en Fábrica de Letras el 22 de mayoEntró el oficial con sus botas de cuero y pateó al gato. Gruñó y señaló vagamente con el dedo algo sobre la mesa: un anciano trajo la jarra rebosante de cerveza y se alejó cauteloso deshaciéndose en reverencias. El húsar aún tuvo tiempo de alcanzarle con el hueso de la manzana que se acababa de comer.
Olisqueó la jarrita, se relamió los bigotes empapados de espuma y cuando hubo acabado la arrojó contra la pared con fuerza. Eructó sonriendo como un niño y se arremangó:
-Y ahora tráeme a tu mujer.
-¿Eh?
-¡A tu mujer, hombre!
-¡Ah!
Servil, el joven campesino desapareció tras una puerta y volvió con una joven del brazo, que acariciaba su larga trenza rubia. El oficial golpeó las espuelas contra el suelo de satisfacción.
**********************************************************************
Salió de la choza abrochándose la casaca y sonriendo satisfecho. Seguía con la misma sonrisa cuando subió de un salto a su montura, que le esperaba comprensiva en la entrada; sin embargo, se le heló al llegar a la plaza.
Una multitud de indistinguibles andrajosos esperaba de pie en silencio, mirándole fijamente con los gorros en las manos.
El húsar se tanteó los bolsillos en busca de su pistola. Maldijo: descargada. ¿A cuántos podría llevarse por delante con el sable? Un sudor frío empezó a recorrerle mientras lentamente asía la empuñadura.
De entre la multitud emergió el starosta con su caftán negro y su musgosa barba gris. Palmeó el caballo del oficial en la quijada y sujetó las riendas con cariño y con firmeza. Sonería al mirarle a los ojos; el siervo empezó su discurso con voz quebrada.
-Señor…
El caballo piafó inquieto y un murmullo recorrió la multitud.
-Señor: no está bien eso que haces.
El húsar captó un destello: ¡hoces! ¿Dolerían? Buscó algo entre la multitud, pero decenas de ojos le rechazaban, punzantes como lanzas. Los murmullos empezaban a aumentar. Con la garganta seca, el oficial alcanzó a articular:
-En el nombre del zar… ¡os lo ruego!
-¿Qué zar ni que historias? Aquí no hay zar que valga. Aquí estamos solos tú y nosotros, capitán.
La joven de la trenza, de pronto, ya no era tan tímida. Y mientras decía estas palabras, le arrojó una bosta de vaca a la cara y se la restregó con paciencia.
Al borde de las lágrimas, el capitán trataba de soportar la afrenta. Al implorar a la turba ya había derribado la vieja barrera secular, levantada con mimo durante siglos para señalar su lugar a amos y esclavos. Más valiosa que su sable, y había caído. La había echado por tierra con la vana esperanza de sobrevivir. Tal vez se limitarían a revolverle en estiércol. Tal vez no…
Un trote inquieto y la multitud, como un líquido, mutó su forma para dejar paso a la compañía de húsares rezagada. Los caballos se detuvieron, formando un círculo alrededor de la plaza, y el alférez avanzó entre un mar de cabezas hacia su capitán. Aquél hombre vulgar, civilizado hasta el amaneramiento, puso sus ojos de cordero en su superior aguardando órdenes.
-A este, colgadlo por su insolencia.
Obediente, el starosta se dejó guiar por el alférez hacia un extremo de la plaza. El oficial, ufano, hizo caracolear a su caballo, se enseñoreó de aquella multitud súbitamente impotente que había bajado sus ojos ardientes hacia el suelo. El húsar alzó sentencioso un dedo, se atusó el bigote.
-Hubo un crimen. Y este es el castigo.
La madera crujió y la cuerda se tensó bajo el peso de un fardo.
-No olvidéis la lealtad debida en el futuro, perros.
Giró su caballo y enfiló a la salida. Desenfundó su sable y acarició secamente la cara de la muchacha de la coleta, dejándola tumbada en el barro, sus manos cubriendo su rostro rojo de cólera y sangre.
-Para que te acuerdes de mí.
Olisqueó la jarrita, se relamió los bigotes empapados de espuma y cuando hubo acabado la arrojó contra la pared con fuerza. Eructó sonriendo como un niño y se arremangó:
-Y ahora tráeme a tu mujer.
-¿Eh?
-¡A tu mujer, hombre!
-¡Ah!
Servil, el joven campesino desapareció tras una puerta y volvió con una joven del brazo, que acariciaba su larga trenza rubia. El oficial golpeó las espuelas contra el suelo de satisfacción.
**********************************************************************
Salió de la choza abrochándose la casaca y sonriendo satisfecho. Seguía con la misma sonrisa cuando subió de un salto a su montura, que le esperaba comprensiva en la entrada; sin embargo, se le heló al llegar a la plaza.
Una multitud de indistinguibles andrajosos esperaba de pie en silencio, mirándole fijamente con los gorros en las manos.
El húsar se tanteó los bolsillos en busca de su pistola. Maldijo: descargada. ¿A cuántos podría llevarse por delante con el sable? Un sudor frío empezó a recorrerle mientras lentamente asía la empuñadura.
De entre la multitud emergió el starosta con su caftán negro y su musgosa barba gris. Palmeó el caballo del oficial en la quijada y sujetó las riendas con cariño y con firmeza. Sonería al mirarle a los ojos; el siervo empezó su discurso con voz quebrada.
-Señor…
El caballo piafó inquieto y un murmullo recorrió la multitud.
-Señor: no está bien eso que haces.
El húsar captó un destello: ¡hoces! ¿Dolerían? Buscó algo entre la multitud, pero decenas de ojos le rechazaban, punzantes como lanzas. Los murmullos empezaban a aumentar. Con la garganta seca, el oficial alcanzó a articular:
-En el nombre del zar… ¡os lo ruego!
-¿Qué zar ni que historias? Aquí no hay zar que valga. Aquí estamos solos tú y nosotros, capitán.
La joven de la trenza, de pronto, ya no era tan tímida. Y mientras decía estas palabras, le arrojó una bosta de vaca a la cara y se la restregó con paciencia.
Al borde de las lágrimas, el capitán trataba de soportar la afrenta. Al implorar a la turba ya había derribado la vieja barrera secular, levantada con mimo durante siglos para señalar su lugar a amos y esclavos. Más valiosa que su sable, y había caído. La había echado por tierra con la vana esperanza de sobrevivir. Tal vez se limitarían a revolverle en estiércol. Tal vez no…
Un trote inquieto y la multitud, como un líquido, mutó su forma para dejar paso a la compañía de húsares rezagada. Los caballos se detuvieron, formando un círculo alrededor de la plaza, y el alférez avanzó entre un mar de cabezas hacia su capitán. Aquél hombre vulgar, civilizado hasta el amaneramiento, puso sus ojos de cordero en su superior aguardando órdenes.
-A este, colgadlo por su insolencia.
Obediente, el starosta se dejó guiar por el alférez hacia un extremo de la plaza. El oficial, ufano, hizo caracolear a su caballo, se enseñoreó de aquella multitud súbitamente impotente que había bajado sus ojos ardientes hacia el suelo. El húsar alzó sentencioso un dedo, se atusó el bigote.
-Hubo un crimen. Y este es el castigo.
La madera crujió y la cuerda se tensó bajo el peso de un fardo.
-No olvidéis la lealtad debida en el futuro, perros.
Giró su caballo y enfiló a la salida. Desenfundó su sable y acarició secamente la cara de la muchacha de la coleta, dejándola tumbada en el barro, sus manos cubriendo su rostro rojo de cólera y sangre.
-Para que te acuerdes de mí.

5 comentarios:
Acostumbrado a Hollywood más de lo que podría aceptar, su relato de hoy me ha dejado incómodo con su amargo final.
Un saludo.
Un nudo en la garganta. Joder con los rusos...
Saludos Mr. Lautréamont
¿Amargo final? ¿Qué final "feliz" cabía aquí? La verdad, sólo se me ocurre la caída de un meteorito que los exterminase a todos. Aunque ahora que lo pienso...
La verdad es que ha sido delicioso, Clarisse. Tan delicioso como lun bocado de carne cruda, asustada y aun viva.
Realmente pone los pelos de punta
Publicar un comentario en la entrada