
Al pie del cementerio de los ingleses se alza un vigía solitario. Qué paz. Y cada atardecer, lo mismo: el mar devora bolas de fuego entre gemidos de una misma y monótona canción. El vigía, brazos numerosos como sus años, espera. Espera.
Apoyada en su tronco, una mujer silba al pasar del tiempo en la carretera solitaria. Nadie viene por aquí en estos días. En estos días ni en ningún otro. No sé cuándo llegó, la mujer. No es esbelta y silba tranquilamente: un tiempo inmemorial se desliza entre sus labios. Miraba una lápida abstraído, me volví y allí estaba.
No me di cuenta de que había aparecido.
Volvimos juntos: el mismo autobús nos llevaba. De vuelta. ¿A casa? Sentados frente a frente, extraña intimidad entre sus ojos francos y los míos. Los pómulos marcados -parecía que sonreía-. Tanteé la fotografía que llevaba en el bolsillo derecho. La miré, volví a mirarla a ella. Abría la boca, quise hablar.
Sonreía.
La mente de un hombre es la jaula donde convive con sus fantasmas. Pulsé el botón rojo y el autobús se detuvo. Una calle que no conocía. Arrancó el vehículo: se alejaba. Me apoyé tembloroso en una farola; pasé un pañuelo por mi frente empapada. Las farolas se encendieron.

Al pie del cementerio de los ingleses seguí esperando a que volviera: días y días. Conservo una fotografía en el bolsillo derecho. Espero apoyado en el vigía. Espero a que vuelva junto a su lápida. Cuando cae el sol, vuelvo a bajar laboriosamente la montaña y él queda atrás, haciendo guardia.
Apoyada en su tronco, una mujer silba al pasar del tiempo en la carretera solitaria. Nadie viene por aquí en estos días. En estos días ni en ningún otro. No sé cuándo llegó, la mujer. No es esbelta y silba tranquilamente: un tiempo inmemorial se desliza entre sus labios. Miraba una lápida abstraído, me volví y allí estaba.
No me di cuenta de que había aparecido.
Volvimos juntos: el mismo autobús nos llevaba. De vuelta. ¿A casa? Sentados frente a frente, extraña intimidad entre sus ojos francos y los míos. Los pómulos marcados -parecía que sonreía-. Tanteé la fotografía que llevaba en el bolsillo derecho. La miré, volví a mirarla a ella. Abría la boca, quise hablar.
Sonreía.
La mente de un hombre es la jaula donde convive con sus fantasmas. Pulsé el botón rojo y el autobús se detuvo. Una calle que no conocía. Arrancó el vehículo: se alejaba. Me apoyé tembloroso en una farola; pasé un pañuelo por mi frente empapada. Las farolas se encendieron.

Al pie del cementerio de los ingleses seguí esperando a que volviera: días y días. Conservo una fotografía en el bolsillo derecho. Espero apoyado en el vigía. Espero a que vuelva junto a su lápida. Cuando cae el sol, vuelvo a bajar laboriosamente la montaña y él queda atrás, haciendo guardia.

3 comentarios:
Inquietud y quietud: es lo suyo, amigo.
Y se lo digo desde una biblioteca rural de la rural Castilla.
También se puede decir: aburrido.
¡Oh, vamos, no me haga refutarle eso vía alabanzas!
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