El desierto de los tártaros: pese a lo sugerente del título, rico en asociaciones exóticas y aventureras, se trata de una novela existencialista. Podría haber sido escrita por Franz Kafka, pero el destino quiso que fuese su autor Dino Buzzatti, periodista italiano, y que fuese publicada en un año decididamente poco dado al existencialismo: 1940.¿La trama? En un lugar y un tiempo indeterminados, Giovanni Drogo se prepara para empezar una gloriosa carrera militar a la que ha dedicado lo mejor de su infancia y adolescencia. Mira hacia atrás a sus días de tedio, de estudio y entrenamiento, y encuentra poco salvable; la esperanza está en ese futuro distante que se perfila a la vuelta de la esquina.
Recibe su primer destino: la fortaleza Bastiani. Un reducto en la frontera más alejada del Imperio: frente al Desierto de los Tártaros. Nada ha pasado en los últimos 400 años en ese desierto; no se espera que suceda nada. Aislada, una guarnición permanece a la espera, con el rígido código militar dando sentido a cada hora del día. Por los nombres de los soldados -románicos, germánicos, eslavos- puede verse en la fortaleza Bastiani un trasunto de la fortaleza Europa; por su equipamiento militar, algún momento del siglo XIX.

Giovanni Drogo se une a esta existencia descorazonadoramente absurda a regañadientes. Se promete abandonar el destino en cuanto le sea posible: se da un plazo de seis meses, luego de un año, y el tiempo va pasando. Se va acostumbrando a la vida vacía de la fortaleza y a sus personajes. El tiempo va carcomiendo su existencia y los muros de la fortaleza; visita su ciudad natal de permiso, que siempre añoró en sueños, y se descubre fuera de lugar: sus amigos se han casado, han prosperado; nadie le espera ni recuerda nada de él. Renuncia a cambiar de destino y decide jugar su última baza a una apuesta improbable de gloria inesperada.

La suerte le sonríe, al parecer. Algo se mueve en el Desierto de los Tártaros. Lentamente, pero firmemente, una carretera comienza a serpentear desde el norte. Los soldados de la fortaleza se sienten recompensados por su fe: la espera no ha sido estéril; les espera la gloria del combate, la fama inmortal, y otros espejismos. Esperan durante años al fantasmal enemigo, mientras envejecen y no llegan nuevos refuerzos, visto que en la ciudad consideran la fortaleza una reliquia destinada a desaparecer.
El final es un final que conocemos desde el principio; no creo que sea mala fe avanzarlo. De todas formas, posibles lectores, si no quieren conocerlo de antemano, este es el momento de dejar la lectura durante los siguientes dos párrafos.
Por fin llega el día en que aparecen los tártaros por la llanura. Son innumerables, y los defensores de la fortaleza pocos pero decididos: por fuerza el asedio entrará en los anales heroicos de la historia y dará un sentido a la vida y la muerte de los hombres atrincherados. Giovanni Drogo está enfermo desde hace tiempo, pero, con lágrimas en los ojos, se hace llevar a la muralla para estar presente en el histórico momento y dejar su nombre. Sin embargo... un mero trámite burocrático le obliga a abandonar la fortaleza en el momento culmen de su vida. Cifró toda su existencia en esta espera, la sacrificó esperando esta batalla, el momento decisivo de su vida; mientras él se aleja, escucha el fragor de la primera carga y los disparos: ni siquiera estuvo allí.
Le queda una última batalla, el último duelo: contra la muerte. Y espera pacientemente, desesperado, a este último enemigo, alarmado ante el erial que ha sido su vida; muere una muerte envidiable pero deshonrosa para el soldado, en una silla, mientras duerme.
Es una novela sobrecogedora, deprimente, narrada con un estilo seco; por su imaginería debería haber sido ilustrada por De Chirico. Juega con la idea absurda del honor militar, el deber y la espera pasiva ante la vida, pero no es una crítica al militarismo, ni siquiera una crítica, sino más bien un lamento ante ese destino incomprensible, no trágico, sino más bien absurdo e inane en que culminan la mayor parte de las vidas. O tal vez todas.
Dado que en la novela, estrictamente hablando, no pasa nada -esa es el quid de la novela, que no pasa nada, que todo es la promesa de algo que nunca sucede-, parece pertenecer a esa categoría de novelas fílmicamente inadaptables. Y sin embargo, lo que me llevó a conocer la historia y comprar el libro fue la sugestiva película de Valerio Zurlini.

Es la versión europea de una superproducción, y a nadie debería extrañar su fracaso comercial. Contaba, sin embargo, con un reparto realmente impresionante (incluyendo al ubicuo Max von Sydow, Vittorio Gassman, Fenando Rey o Francisco Rabal); estaba rodada en la no menos impresionante fortaleza de Bam, en Irán, antes de que llegara la panda del turbante y un terremoto que la arrasó en 2003.
Pese a esas bazas, no es una película que pueda entusiasmar por lo ya dicho: es difícilmente traducible al lenguaje del cine. Por eso he utilizado la palabra "sugestiva"; esa es su baza, porque los largos discursos filosóficos a que fuerza una historia de este tipo pueden conducir al ridículo más espantoso. Pese a que bordea ese peligro insinuando, sin declamar ni sermonear, algo de ridículo hay, treinta años más tarde; dudo, por ejemplo, que mucha gente de generaciones más jóvenes entienda las angustias del teniente Drogo y, sobre todo, sus acciones o su falta de ellas ("¿Por qué no coge sus cosas y se va de una puta vez?", sería el comentario más probable).Para todos los que, como un servidor, estén convencidos de que lo que a Drogo le esperaba en la ciudad era en el fondo idéntico de lo que le esperaba en la fortaleza, son una novela y una película muy recomendables. Su ambiente inquietante y pesado me atrapó hasta el punto de convencerme para buscar y comprar el libro; como en su día dijimos de Cartas desde Iwo Jima, si en algunos momentos aburre es porque debe aburrir; no es un defecto, sino todo lo contrario.
Un buen comentario de novela y película -parecen inseparables- aquí.

7 comentarios:
Precisamente, el título siempre me había parecido fascinante. Aunque en cierto sentido es decepcionante que haya más desierto que tártaros en ella, parece una novela digna de leerse. Eso sí, ¿qué tal es la prosa?
Veré si la encuentro por ahí.
Sobre el estilo, sólo puedo juzgar por la calidad de la traducción; tengo la edición de Gadir, con prólogo de Borges, y no me ha parecido especialmente chirriante. He utilizado el adjetivo "seco" porque creo que es lo que más cuadra. Va al grano, no se anda por las ramas, aunque no siempre desarrolla las situaciones y los pensamientos hasta el final, y prefiere dejarlos esbozados.
Sirva como ejemplo cómo en apenas una página (la primera) da un perfil acabado del protagonista y de la problemática de toda la novela:
"Nada más ser nombrado oficial, Giovanni Drogo partió una mañana de septiembre de la ciudad para dirigirse a la Fortaleza Bastiani, su primer destino.
Encargó que lo despertaran siendo aún noche cerrada y se vistió por primera vez con el uniforme de teniente. Nada más acabar, se miró en el espejo, a la luz de una lámpara de petróleo, pero no sintió la alegría que había esperado. En la casa había un gran silencio y sólo se oían ruiditos procedentes de una habitación contigua: su madre estaba levantándose para despedirse de él.
Era el día que llevaba años esperando, el principio de su verdadera vida. Pensó en los tristes días en la Academia Militar, recordó las amargas noches de estudio, cuando fuera oía pasar por las calles a la gente libre y presumiblemente feliz, los despertares invernales en los pabellones helados, donde se adensaba la pesadilla de los castigos. Recordó el sufrimiento de contar, uno por uno, los días que nunca parecía acabar.
Ahora era por fin oficial, ya no tenía que consumirse ante los libros ni temblar ante la voz del sargento y, sin embargo, todo eso era cosa del pasado. Todos aquellos días, que le habían parecido odiosos, ya se habían ido para siempre formando meses y años que nunca se repetirían. Sí, ahora era oficial, tendría dinero, las mujeres hermosas tal vez se fijarían en él, pero en el fondo probablemente hubiera acabado -se dio cuenta Giovanni Drogo- el tiempo mejor, la primera juventud. De modo que Drogo miraba fijamente el espejo y veía una sonrisa penosa en su rostro, pues, pese a sus esfuerzos, no había logrado que le gustara."
¿Chirriante y seco como defecto o como estilo? Por lo demás, un prólogo de Borges ya es cosa seria.
Kundera, en ese librito que me encanta citar, se queja justamente de las traducciones que llama "fluidas". El lenguaje tiene —dice— justamente esa característica abrupta y chirriante que los traductores se empeñan en limar... Habla de una traducción de Tolstoi, si mal no recuerdo, en la que en el original constantemente se repite —en los diálogos— la palabra "dijo", que el traductor se empeñaba en cambiar por sinónimos ("contestó, respondió, afirmó"...).
A mí lo que chirría me gusta.
El libro es una auténtica maravilla y Buzzatti desarrolla una prosa viva y directa, en la línea de cuento que tiene tanto esta novela como muchos de sus relatos cortos, auténticas obras maestras.
Un saludo maestro.
Me apunto su lectura a la larga lista de futuribles, aunque últimamente estoy poco por la narración. ¿A qué tanta anécdota para quedarse sólo con un par de buenas frases y una idea general resumible en un párrafo?
Huy, Perpetrador, lo que pasa es que está leyendo a malos prosistas. Necesita una dosis urgente de Proust y Céline para curarse de tan terrible opinión.
De hecho llevo una temporadita sin leer a ningún prosista (en narrativa, me refiero) salvo los cómics de Dylan Dog (eso sí es literatura, pardiez).
Ahora que cita a grandes maestros confieso que tras leer la obra completa de Borges me quedé con mejor regusto por su ensayística que por sus cuentos. ¿Soy un pecador sin remedio?
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