domingo 30 de agosto de 2009

La mística del Hombre Nuevo

El primer peligro de escribir libros políticos -aparte de la porra del censor- es que triunfen sus ideales. El precio del compromiso es la identificación... y la absorción. Su literatura, en cierta manera, queda manchada. Kipling, Pound o Céline cabalgaron sobre el abismo pero supieron en mayor o menor medida distanciarse, puesto que su obra no era exclusivamente política.

Maxim Gorki, en cambio, escribía por y para la Revolución. Buen o mal escritor, era un escritor político, y su prosa solía juzgarse desde esta perspectiva. Gorki, la persona, el escritor, quedó eclipsado por Gorki, la figura de cartón piedra en el delirante teatro del Poder Soviético: ya en vida fue objeto de veneración -previa castración-, elevado por su denominación de origen "proletaria" y, peor aún, convertido tras su muerte en el modelo del nuevo canon oficial, el mal llamado realismo socialista.

Y esa fue la tragedia de Gorki, al que la caída del sistema hace 20 años permite reconsiderar de nuevo. Caído el velo del mito, el Gorki que emerje es un lúcido observador, un contradictorio actor y un buen escritor.

Tras la fracasada revolución de 1905 Gorki fue brevemente encarcelado antes de partir al exilio a la proletarísima isla de Capri, donde pasaría los siguientes ocho años. Si siempre había concebido la literatura como una forma de acción y compromiso, ¿qué podía hacer desde la distancia? Se dio, por tanto, a metas más elevadas: crear la mística del Hombre Nuevo.

En aquellos tiempos de preguerra, la quiebra de la moral tradicional ("burguesa") parecía un hecho consumado: se trataba de llenar el vacío ante la inminente catástrofe que se intuía. Hubo propuestas individualistas, como la de Nietzsche, y Gorki se sintió llamado a dar una respuesta colectivista. Se trataba de conjugar el ateísmo con las "fuerzas espirituales" de la religión: un código moral, el poder simbólico de los mitos, una nueva identidad espiritual, etc; todo a la altura de ese Hombre Nuevo que vendría.

"La madre" es el fruto de este intento. Lo más problemático era, sin embargo, emular en las imágenes de la novela la carga sentimental de los antiguos mitos. ¿La solución? Enraizar los mitos nuevos en los antiguos.

Brevemente, la novela traza el camino de una mujer obrera desde los tristes días de su ignorancia hasta que alcanza la "conciencia de clase" que le permite emanciparse y servir a otros de modelo en la lucha. Maltratada por su marido, su liberación empieza con la muerte de este; ella aún no lo sabe, pero en su hijo Pavel Vlasov se halla la figura del Redentor; gracias a sus sabias enseñanzas y a las de sus discípulos socialdemócratas (que no son doce, pero casi), la madre va convirtiéndose en un ser consciente, abnegado, entregada a la causa de su hijo en el camino al necesario martirio para el glorioso despertar.

Para ver este paralelismo con la mitología cristiana no hay que escarbar muy profundo, porque el texto está plagado de referencias y guiños a Jesucristo, el primer comunista. Pavel cuelga en su cuarto un grabado con Jesús y dos discípulos camino de Emaús; la fiesta del Primero de Mayo y la detención de Pavel portando la bandera roja es una reedición de la Crucifixión -y la desesperada madre se dirije al pueblo que contempla impasible el martirio de su hijo con lenguaje cristiano:
-¡Escuchad, por el amor de Cristo! [...] Abrid los ojos, mirad sin temor, ¿qué ha pasado? Nuestros hijos, nuestra sangre, se alzan por la verdad, ¡por todos! Por vosotros y por vuestros hijos se han condenado al camino del Calvario... buscan los días de luz... Quieren otra vida, en la verdad, en la justicia. Quieren el bien de todos.

Podrían citarse más ejemplos, siendo el más claro el alegato final de Pavel ante el tribunal, donde da sus últimas Siete Palabras a amigos y enemigos del proletariado antes de "morir" (ser deportado a Siberia).

Veamos a Pavel Vlasov, nuestro nuevo Cristo Revolucionario. Es un joven valiente, decidido, instruido. Desprecia a los otros obreros porque beben, son violentos y sucios: en constante autosuperación, vive una vida espartana entre libros, renunciando al alcohol, la violencia y... el sexo. Todo sacrificio es pequeño por la causa. Cuando por fin ha alcanzado la iluminación necesaria, cesa de despreciar a los camaradas obreros -los culpables de su "degeneración" no son ellos mismos, sino los "explotadores"- y se pone a su cabeza para guiarlos hasta el glorioso mañana. El mensaje de Vlasov triunfa entre los jóvenes, pero entre los ancianos ha de enfrentarse aún a los fariseos antes de que estos admitan su luminosa Verdad.

En realidad, el personaje de Vlasov está basado al pie de la letra en el libro canónico de la literatura revolucionaria rusa anterior, ¿Qué hacer?, de Chernishevski. La novela, un ejemplar folletín, presentaba a Rajmétov, el superhombre revolucionario absoluto que renunciaba a toda distracción -alcohol, amor, diversión- en el camino de la elevada causa de la Utopía Final. Rajmétov conoce la Verdad y tiene una única duda: ¿qué hacer? El héroe del pensamiento es al mismo tiempo un héroe de la acción y nada de lo que se proponga resulta imposible.

Por increíble que parezca, el inverosímil Rajmétov se convirtió en un personaje ampliamente conocido y emulado en los círculos revolucionarios de la intelligentsia; se dice que el propio Lenin llegó a leerlo hasta cinco veces en un mismo verano, y en cualquier caso es cierto que homenajeó a la novela en su famoso panfleto homónimo.

Gorki, por tanto, no inventaba la pólvora, y jugaba sobre una tradición existente; ni siquiera se alejaba de manera exagerada de los postulados del realismo, puesto que los héroes revolucionarios abstemios y asexuados estaban a la orden del día. Ahora bien, aunque sus metas fuesen esencialmente materialistas y científicas, que es imposible no ver la relación entre las células revolucionarias y determinadas sectas de viejos creyentes. Todo, pues, dentro de la rica tradición de la disidencia rusa.

La Madre es el contrapunto a estos personajes de inverosímil perfección y sabiduría; obrera de primera generación, aún con mucho de campesina; nace al mundo con la muerte de su marido y, cual nueva Virgen María, con empatía y dedicación se va ganando el título de Madre de todo el proletariado. Precisamente porque vemos la historia desde sus ojos la perspectiva cristiana resulta convincente: cómo vería el mundo alguien como ella si pudiese contar su historia.

En cualquier caso, la novela es por supuesto absolutamente maniquea; como se ha dicho, una de las características de los héroes es la idolatría de la acción, sin que haya lugar para dudas ni cuestionamientos. La humanidad se divine en "sanos" y "enfermos", en "parásitos" y "proletarios", entre los que poseen "la Verdad" y los que la ocultan con sus mentiras: cuando se habla el lenguaje de los mitos, no hay lugar para la ambigüedad.

El envoltorio, como hemos visto, es cristiano; ¿y el mensaje? No se explicita: se habla de "gloriosos amaneceres", "nuevos mañanas", se habla de la eliminación del hambre y la necesidad casi por arte de magia, sin ahondar en detalles. Cuando se elimine la propiedad, llegará una vida de abundancia. Se niega la existencia de un más allá ultraterreno, pero se ofrece un futuro más allá terreno igual de inalcanzable. No se ha de temer la muerte si se murió por la Causa; no se ha de temer la prisión si es por la Causa. No hay tiempo para detalles y pequeñas dudas. Hagamos. Ya se improvisará luego; ya vendrá todo dado.

Las consecuencias de este tipo de pensamiento ya las conocemos.

Volvamos al principio. Al peligro de escribir literatura política. ¿Ha de responsabilizarse al autor por los crímenes surgidos de sus ideas? ¿Si las ideas puras se manchan con el barro terrenal, hay que culpar a la idea o al barro?

Gorki, en 1907, decía esto:

¿Qué puede hacerse? Estamos obligados a odiar a la humanidad, para que venga más pronto el tiempo en que pueda admirársela sin reservas. Hay que destruir al que obstaculiza la marcha de la vida [...]. ¿Y si llega el día en que me veo obligado a tomar su látigo entre mis manos? ¿Qué haré? No rehusarlo, cogerlo. Nos asesinan por decenas y por centenares..., esto me da derecho a levantar mi brazo y abatirlo sobre la cabeza de un enemigo, de quien avanza contra mí para dañar la obra de la vida... La existencia está hecha así. Lucho contra ella, aun sin desearlo. ¡Sé que la sangre del enemigo no crea nada, que no es fecunda! La verdad crece cuando nuestra sangre riega la tierra como una espesa lluvia, pero la de ellos está podrida, desaparece sin dejar huella: esto lo sé también. Pero tomaré sobre mí el crimen: ¡mataré si es necesario! Pues no hablo más que en mi nombre. El crimen morirá conmigo, no manchará el porvenir ni con la más leve partícula, no ensuciará a nadie... ¡a nadie, sino a mí!

¿Alguien suscribiría eso? ¿Si la idea mueve al hombre a matar, y no a uno sino a muchos, entonces qué?

La ironía es que, para cuando finalmente estalló la revolución que siempre estuvo anunciando, Gorki ya no suscribía esas palabras. Ante la catástrofe de la guerra mundial y los comienzos de lo que sería la guerra civil su entusiasmo por la violencia se había atemperado mucho. Se había convertido en una personalidad incómoda: aunque apoyó activamente a los bolcheviques en febrero, condenó el golpe de octubre y denunció la naciente dictadura desde su periódico Novaya Zhizn (La Nueva Vida), poniendo a prueba la paciencia de Lenin hasta lograr que el periódico fuese clausurado por la nueva censura. Se erigió en defensor de artistas, pero su influencia era cada vez más limitada. Tras el fusilamiento del poeta Nikolai Gumiliev en 1921 se vió rebajado a pedir permiso a Lenin para abandonar el país y, gracias a la intercesión de su amigo el comisario Lunacharski, le fue graciosamente concedido el exiliarse.

Y así, Gorki pudo haber acabado como Céline, redimido de sus "pecados" tras un tardío desengaño en su exilio italiano. Pudo optar por desvincularse del nuevo régimen, al que había criticado duramente. Pero, por alguna razón, optó por volver a Rusia en el peor momento posible: 1932. Se le concedió vivienda y dacha en las afueras de Moscú; para celebrar el evento se renombró su ciudad natal de Nizhny-Novgorod como Gorki. A cambio, tan sólo tuvo que dedicarse a dos obras infames: escribir un folletín laudatorio sobre las condiciones de los esclavos en el campo de concentración de las islas Solovetski y editar un libro propagandístico sobre el Canal del Mar Blanco, construido a un altísimo coste humano por presos políticos para "redimir" sus condenas. Gorki añadió su comentario personal, justificatorio:

"Naturalmente, procesar "material humano" no es como procesar madera..."

Se estima que 100.000 personas murieron en la construcción del Canal. Por si su compromiso político no le hubiese atraído suficientes ignominias en vida, su muerte fue uno de los cargos por los que se imputó a Bujarin durante la gran farsa de los juicios de Moscú. Luego vino ya su ascensión al Panteón Soviético, su momificación como modelo canónico y el ocultamiento sistemático de cualquier aspecto disidente o crítico que pudiera haber tenido. El inventor de la mística del Hombre Nuevo acabó siendo, paradójicamente, una de las primeras víctimas de la nueva mística.

8 comentarios:

F. Belanov dijo...

Varias cosas querido Luis. La primera: ¿por qué "mal llamado realismo socialista"?
Por otro lado, Gorki, como decías, no inventó la pólvora: George Steiner hablaba del carácter mesiánico (y por tanto religioso) de los totalitarismos, y de sus semillas, después de la muerte de dios.
Por otra parte ¿puedo robarte el libro?
Saludos

Lautréamont dijo...

Hola, Hernán. Lo de "mal llamado" es porque muchas veces el realismo socialista tenía más de socialismo que de realista. Con la pintura se aprecia bastante bien: esto no es realismo, es puro barroco o, si se prefiere, surrealismo. Vamos, que muchas veces cualquier parecido con la realidad era mera coincidencia.

El libro yo también lo robé de un amigo, pero como no le voy a ver en mucho tiempo puedo dejártelo sin problemas.

¡Radio o muerte, venceremos!

Sierra dijo...

Estimado Lau: estaba buscando una cita para ponérsela, pero no la encuentro, así que parafrasearé. Por cierto, de Nabokov.

Resulta que hacía clases, Vladi. En la tierra del capitalismo yankee. Y preguntaba a sus alumnos, sistemáticamente: ¿qué se necesita para una buena lectura? Alternativas:
a) Un diccionario.
b) Una consciencia social.
c) Imaginación.
d) Interés por la realidad histórica que describe la obra en cuestión.

Parafraseo, como dije, y había más alternativas. Pero esa era la idea. Naturalmente, las ganadoras eran b y d, por knock out. Sistemáticamente, de nuevo.

Prometo buscarle la cita tal cual es.

Lautréamont dijo...

Vaya, Sierra, yo hubiese votado por la a). Esta juventud...

Sierra dijo...

¿Y está seguro?

Esther dijo...

“El primer peligro de escribir libros políticos -aparte de la porra del censor- es que triunfen sus ideales. El precio del compromiso es la identificación... y la absorción. Su literatura, en cierta manera, queda manchada. Kipling, Pound o Céline cabalgaron sobre el abismo pero supieron en mayor o menor medida distanciarse, puesto que su obra no era exclusivamente política.”

El primer peligro de tener ideales es que triunfen.

El que —además— se los exprese como literatura o no, ¿hace al fondo de la cuestión?

Creo que la línea: “Su literatura, en cierta forma, queda manchada” daría para mucho. ¿Por qué debería quedar manchada en este caso, y no en el caso de, por ejemplo, volcar sus convicciones acerca del amor?
Me reconozco incapaz de analizar el porqué de ello. Aunque reconozco que es lo que habitualmente sucede.

Es difícil sostener la hipótesis de que se pueda responsabilizar al autor por los crímenes cometidos en nombre de sus ideas. Pero eso no quita que quien lanza a sus cóngeneres sus ideas posee un responsabilidad intrínseca de la que no puede evadirse. Posiblemente sea esto la más profunda acepción del término "compromiso".
Otra vez, el que además se sea escritor... no es lo relevante.

Un gusto pasear por este blog, Lautreamont.

Abrazos,
Esther

Lautréamont dijo...

Hombre, Esther, la primera diferencia que veo entre alguien que habla de amor y alguien que habla de política es que la política es, ante todo, el ámbito de la coerción, cosa que no sucede con el amor. El amor también puede utilizarse con fines políticos, claro, pero entonces yo no diría del autor que habla de amor, sino de política.

Ideales y literatura: hablo de ello porque hablo de Maxim Gorki, que se entendía a sí mismo como "escritor político"; luego la relación entre ambos aspectos es, en este caso, relevante. En general, como dices, el que se los exprese como literatura o no es irrelevante.

Sobre el "compromiso"... bueno, hemos podido ver estos días a Oliver Stone hacer el indio por Cannes. Que cada uno haga su juicio.

Hay un primer Gorki, el que escribió "La Madre". Aún no sabía cómo iba a ser la Revolución; sabe que va a ser sangrienta -¡pero no cuánto!-, y no parece importarle. Mientras la Revolución siguió siendo algo místico y vago, puede entenderse.

Hay un segundo Gorki, el de 1917, al que sí le importa la brutalidad de la guerra civil y de la represión, y que tras denunciarla abiertamente, acaba por exiliarse.

Y hay un tercer Gorki, el que regresa en lo más duro del terror estalinista, y que se dedica en cuerpo y alma a adular al poder en sus años más oscuros.

¿Con cuál de todos nos quedamos? ¿Su literatura es un compartimento estanco? ¿No es también parte de él, y no podemos ver en ella sus actos?

Leni Riefenstahl seguirá siendo una buena cineasta aunque fuera nazi y Gorki seguirá siendo un buen escritor aunque fuera comunista. Pero sus obras son políticas, explícitamente, y están dedicadas a los dos regímenes más bárbaros de la historia humana. Da qué pensar, cuanto menos, y desde luego hace acercarse a sus obras con más cautela.

Esther dijo...

“Hombre, Esther, la primera diferencia que veo entre alguien que habla de amor y alguien que habla de política es que la política es, ante todo, el ámbito de la coerción, cosa que no sucede con el amor. “
Perfecto.

“Ideales y literatura: hablo de ello porque hablo de Maxim Gorki, que se entendía a sí mismo como "escritor político"; luego la relación entre ambos aspectos es, en este caso, relevante. En general, como dices, el que se los exprese como literatura o no es irrelevante.”
Correcto.

“¿Con cuál de todos nos quedamos? ¿Su literatura es un compartimento estanco? ¿No es también parte de él, y no podemos ver en ella sus actos?”
No, si su literatura fuese un compartimiento estanco nunca hubiera pasado de escribir panfletos olvidables en diez segundos.

“Leni Riefenstahl seguirá siendo una buena cineasta aunque fuera nazi y Gorki seguirá siendo un buen escritor aunque fuera comunista. Pero sus obras son políticas, explícitamente, y están dedicadas a los dos regímenes más bárbaros de la historia humana. Da qué pensar, cuanto menos, y desde luego hace acercarse a sus obras con más cautela.”
La última frase es clave.

Me gusta esta respuesta. La encuentro más que clara.

Abrazos