viernes 23 de octubre de 2009

Hora de jugar

I. Ciudadano Ken

Barbie ha sido brutalmente asesinada. Su cocina de diseño está en el más absoluto desorden. Sepultado en algún lugar entre sus complementos se oculta su cuerpo: cruelmente mutilada y violada antes y después de morir, su agonía debió de ser larga y dolorosa. Sí, me digo. El culpable de este crimen habrá de pagarlo duramente. Lo lamentará durante mucho tiempo, nena. Te lo prometo.

Watson vuelve conmigo a la escena del crimen después de haber vomitado en el baño. Recuerdo el día que lo compraron: figuritas de acción Grandes Maestros de la Literatura, en el quiosco a plazos con Planeta de Agostini. Madame Bovary en la segunda entrega, pero la segunda entrega nunca llegó. Habríamos podido hacer grandes cosas tú y yo, Emma. Grandes cosas. Pero no pudo ser. En su lugar tengo a Watson, el orondo sodomita. No es lo mismo. No es lo mismo.

Oigo mi respiración pesada tras la máscara mientras Watson enumera sus hallazgos. Ken ha desaparecido. Hay rastros de botellas rotas por toda la casa; el fabuloso descapotable rosa no está en la mansión Barbie. ¿Alguien vió algo? ¿Los vecinos, tal vez?

-Se niegan a hablar, Lord Vader. Tienen miedo de algo. O de alguien. ¿Quién podría hacer algo así? ¿Acaso no somos todos del mismo poliuretano? ¿No somos todos productos Mattel?

Habremos de enfrentarnos a un supervillano del mal. Lo sé. Percibo una conmoción en la Fuerza. Me aproximo a la ventana y veo cómo dos empleados del sanatorio suben a alguien con camisa de fuerza a una ambulancia. Watson se me aproxima:

-Es el único testigo. Un furby del servicio. Al parecer lo vió todo; sin embargo, no hemos podido sacarle nada. Parece haber perdido la razón. Sólo farfulla incoherencias: ¡Hambrie, hambrie!

Sí, amigo. Yo también tengo hambre. De justicia. Detrás de estos calzones de cuero hay un corazón sensible.

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Ken es el principal sospechoso. Su huida tal vez explique muchas cosas. Pero no es lo único turbio de este asunto, pienso mientras nos dirigimos al Fuerte de Playmobil para recabar ayuda del Ejército. Aquí hay muchas cosas que apestan, y habrá que tirar de la manta.

La primera duda que nos ha asaltado es: la pasta. ¿Cómo podía una mujer florero anoréxica y su compañero -decorador de interiores- mantener ese tren de vida? Todo el mundo conoce las fiestas de la Mansión Barbie, su desenfreno, la cocaína. Dicen que ella es familia de Klaus Barbie y tiene parte del oro de los nazis, pero lo dudo. Watson revisa los documentos mientras conduzco.

-No lo entiendo -levanta por fin su vista miope de los papeles- todas las propiedades del matrimonio están registradas a nombre de una empresa con sede en las Islas Caimán.
-Bingo, querido Watson. Bingo.
-La verdad, prefería lo de elemental...

Mis abrasados lacrimales derraman sendas gotas. Me trae recuerdos de Eton, las noches locas con ketamina y yo al margen, preparándome para Derecho en Oxford entre el desprecio general. La sociedad sobrevalora a sus yonkis. No es justo. No lo es.

-Watson, Holmes está en desintoxicación en Santa Rosita y no volverá. Afróntalo.
-Claro, claro -dice confuso.
-Envía un telefax a la central, que sigan la pista a esas cuentas. Quiero saber quién está detrás de esto.

Aparcamos el Tie Fighter a las puertas del Fuerte de Playmobil donde nos recibe el mayor con desconfianza. Le explico el caso.

-Sinceramente, eso no es de nuestra jurisdicción.
-Hablamos de una mujer. Brutalmente asesinada.
-No es nuestra jurisdicción.
-Deje de sonreír al menos, maldita sea.
-No puedo. Me hicieron así. Una de las desventajas de tener manos prénsiles...

Sí, pero no alcanzas para tocártela, desgraciado.

-Dígame, hemos emitido una orden de búsqueda y captura contra el ciudadano Ken. ¿Podemos contar con su ayuda y la de sus hombres?
-Hm...
-¿Y bien?
-No cuente con ello. Nuestra tarea es mantener la ley y el orden. Tenemos la vital misión de asegurar que los trolls de color oscuro cumplen con el cometido que les ha asignado la sociedad: ¡recoger algodón en nuestras plantaciones a cambio de vivienda y manutención! De ello se nutre nuestra economía.
-Mayor, esto no quedará así. Está rehusando colaborar con la justicia.
-Lord Vader, usted sabe que la justicia nace de la boca de los cañones, y resulta que los cañones los tengo yo.
-Quiero la cabeza de Ken, y que responda por lo que ha hecho.
-No sabe dónde se está metiendo, Vader. Palabra que no lo sabe.
-¿Es su última respuesta, Mayor? ¿Me está pidiendo que abramos diligencias contra usted por obstuir una investigación federal?
-¡Váyase al diablo, Vader!

Se aleja furioso.

-¡Se lo advierto! No se entrometa en mis asuntos... ni en los del ciudadano Ken. Hay gente demasiado influyente. Demasiado.

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Según fue pasando la semana empezaron a emerger jugosas informaciones. Contratos ilegales para reciclar los deshechos de Play Doh. Cheques a nombre de armadores panameños que resultaron fletar barcos piratas avistados en la costa somalí. Todo muy, muy sospechoso. De pronto empezó a quedar claro que los cimientos de la Mansión Barbie estaban edificados sobre basura. Recibimos varias pistas sobre el paradero del ciudadano Ken, pero siempre lograba escapar en el último momento. Había un topo entre nosotros. Tenía que desconfiar.

Mi informante anónimo me citó en la casita del té a las seis. Resultó ser un poni unicornio rosa. Mientras me hablaba contemplaba su imponente cuerno y pensaba: con algo así debieron violar a Barbie. Un objeto contundente.

El chivatazo del poni rosa resultó acertado. Ordené a Watson que se reuniese conmigo en la granja de Pinipón sin revelarle el motivo de nuestra misión. Al llegar allí, ya me esperaba nervioso; las cerillas quemadas en el suelo eran una exclamación de impaciencia.

-¿De qué se trata?

Le ordené callar con una seña; aparcamos en las afueras y entramos en la descuidada granja. Se nos acercaron el señor y la señora Pinipón llorando.

-¡Ay, por favor, señorito, no tenemos nada!
-Buscamos a un hombre...

Watson temblaba de excitación.

-Señorito, somos pobres. Los soldados vienen y se llevan lo que quieren. Y si no tenemos con qué pagarles, cogen a Fernanda y...

Me vino a la mente la imagen del mayor, más odiosa que nunca.

-Buscamos al ciudadano Ken. Traemos una orden de registro.
-¡Pero el ciudadano Ken fue siempre un buen amito! ¡Nos permitía pagar el arrendamiento a finales del mes siguiente si tardábamos! ¡Es el padrino de mis dos hijas, mírelas qué lindas nomás!
-El ciudadano Ken es sospechoso de asesinato; tendrá un juicio justo y responderá de sus cargos, como todos los demás.
-¡No! ¡No! ¡Ándale, no, no, nunca!
-¡Deprisa, Ken, vienen los federales!

Extraje mi sable laser reglamentario y prendí fuego a un montón de avena seca en el soportal. La granja de Pinipón empezó a arder furiosamente.

-Quedan ustedes detenidos por cooperar con un sospechoso fugado... Watson, espóselos.

Pero mientras corrían despavoridos, Watson tuvo que abandonar su tarea, porque del sótano en llamas emergió entre la humareda el criminal, con la camiseta hawaiana rasgada y sus tonificados pectorales bañados en sudor confundiendo mi percepción de la Fuerza.

-Hola, reinas. Pero qué pillo es usted, comisario...
-Ciudadano Ken, decorador de interiores, edad desconocida, fabricado por Mattel, número de serie 45436230, queda usted detenido acusado de asesinato.
-Lo que tú digas, reina. A mandar. Me ponen taaanto los uniformes...
-Tiene usted derecho a guardar silencio y a la asistencia de un abogado. Ahora recibirá los bastonazos de porra reglamentarios; grite "¡No!" si acepta...
-¡No! ¡No! ¡Pare!
-Tome nota, Watson. La detención se realizó conforme a reglamento.

Y mientras le reprimíamos para introducirle en la nave patrulla, suspiré con la satisfacción del deber cumplido. Ahora quedaba lo más difícil: hacer que confesara su horrible crimen.

(Continuará)

2 comentarios:

Cucaracha homicida dijo...

Inmensísimo, inmensísimo, camarada. Ha creado un nuevo género. Entra en el top 5 de genialidades que he podido leer aquí, sí señor.

blackholesinmymind dijo...

BRUTAL!

Que genialidad.