lunes 9 de noviembre de 2009

La última revolución

Cuando ustedes lean estas palabras estaré -si el Dios de las aerolíneas de bajo coste lo permite- pisando de nuevo las amadas aceras de Berlín. Y no será una fecha casual, no; a poco que hojeen periódicos o asomen su nariz al televisor sabrán que hoy, nueve de noviembre, hace veinte años que cambió el mundo.


Para Alemania el 9 de noviembre tiene muchos significados. Tal día en 1918 nació la primera democracia alemana en Weimar; cinco años más tarde -exactamente- se produjo el fallido putsch de la cervecería de Hitler; con el nacionalsocialismo ya en el poder, el nueve de noviembre de 1938 pasó a la historia como la noche de los cristales rotos. Y de pronto, irrumpe el nueve de noviembre de 1989 para romper el maleficio: la última revolución, la revolución silenciosa, incruenta, televisada, espectacular. El último papel heroico de las masas en la vieja Europa finisecular.

Tranquilizo al lector, que conoce ya mi postura sobre el comunismo de sobra. No vamos a hablar de los muertos, las prisiones y las torturas, las vidas destruidas, la sangrante ironía de un "muro de contención antifascista" que sólo contenía a los propios ciudadanos. Ustedes ya conocen todo eso -por algo leen este blog- y si desean la información, saben dónde buscarla. Pero aquí quiero hablar de otra cosa.

Quiero hablar del nueve de noviembre como símbolo; de la noche grande de Berlín como canto de cisne de una etapa, y quiero hablar como miembro de la generación del 88, la que nació al borde del abismo del mundo nuevo.

Cuando yo pise Berlín el nueve de noviembre de 2009 probablemente estará nevado; pero aquél nueve de noviembre en sus calles no hacía frío: lo dicen las fotografías. Al calor de las multitudes no podía hacerlo, mientras atónitas protagonizaban la Historia, incrédulas espectadoras a tiempo real de su destino. Las masas, aparentemente festivas pero agotadas, hacían su última reverencia y desaparecían para siempre de Europa, tras haberla llenado durante dos siglos de esperanza y sangre, ruinas y barricadas.

1789-1989: a pocos se les escapó el paralelismo. Fin de la era de las revoluciones, fin de la Historia... para Europa. El tren se detenía unos instantes en la última parada antes de partir definitivamente de aquí: no corrió la sangre de los tiranos en Berlín -Honecker murió en su cama en un hospital de Santiago de Chile-; tampoco en Praga, Varsovia ni Budapest; pero se hundió el imperio potemkin, el imperio de cartón piedra. Adiós al "Alto Volta con misiles" de Jruschev.


Tardó todavía dos años en caer del todo, muchas veces se olvida; la tarea que empezó la noche del nueve de noviembre -en realidad empezó mucho antes, pero aquél día estalló- tardaría aún algunos años en concluirse; lo haría en forma de tragedia griega en Bucarest -de nuevo un drama televisado-, y para cuando los ecos del seísmo llegaron a Moscú y Belgrado, lo que quedaba del viejo orden cayó definitivamente envuelto en el caos, mientras Europa probaba -por última vez en mucho tiempo, probablemente- el olor de la pólvora y el sabor de la sangre.

¿Se acabó, pues, la Historia en Europa? ¿Fue esta la última revolución? ¿Qué me hace estar tan seguro?

Apuntaría a la demografía en primer lugar -las sociedades revolucionarias son jóvenes, no decrépitas-; en segundo lugar, el centro del mundo se ha desplazado al Pacífico; en tercer lugar, las ideologías que fueron el combustible del hervidero europeo están en franco declive (incluyendo, lamentablemente, al venerable liberalismo clásico). 1979, el año de la ruptura en Irán, podría ser la fecha simbólica del principio del fin de las ideologías universales. Evidentemente todo esto son generalizaciones vagas sujetas a miles de matices, pero el que quiera entender que entienda.

Sigamos, sin embargo, con la celebración. Porque ya la celebración, la manía del aniversario, la veneración estéril del pasado, es un síntoma del cansancio. Se diría que el gran acto del nueve de noviembre de 1989 dejó a Europa exhausta. Un continente envejecido, enclaustrado tras una expansión demasiado rápida, abandonado tras haberse consumido en inmensas llamaradas. De sujetos activos pasamos a sujetos pasivos de la Historia, pasivamente también. Esto no tiene por qué ser malo. Tiene sus luces y sus sombras, como todo.


Así entiendo el marasmo, la aversión a todo riesgo. El estatismo -"de izquierdas" y "de derechas"- que barre el continente... ¿es causa o síntoma? Con la bandera de tranquilizante azul y las doce estrellas nos vamos a dormir el sueño de los justos. Acabó el gran acto, la vida sigue y nuestro tiempo ha pasado. El mundo ha cambiado y Europa vuelve a ser lo que siempre fue: la provincia; ya no la fábrica de sueños. El rincón olvidado de los rezagados, rezumando historia, ahogándose en ella, apoyada en las osamentas de sangrientos titanes fabulosos.



[Esto es un prólogo a una serie de relatos de viajes sobre la otra Europa que se irán publicando a lo largo de la semana: Praga, Budapest y, finalmente, la frontera este: Moscú. Будь здорова!]

13 comentarios:

Sierra dijo...

Estaba esperando esta entrada. Lamentablemente, la leí después de publicar la mía a propósito de este día, y es lamentable porque nuestras conclusiones de cosas completamente distintas no son, sin embargo, diferentes. Aspectos de una misma cosa.

No puedo dejar de pensar, sin embargo, que es un artículo pesimista. Siempre me he sentido más europeo que la mayoría de los europeos que conozco, y siempre ha sido una característica europea querer hacer la historia, con todo lo terrible que hay en ello. Dejar pasar al mundo por un costado, ¿no es señal de que Europa, lo que realmente es Europa, muere? La muerte de Europa sería también para mí un golpe mortal. Y si bien en general predomina, en mi carácter, el pesimismo, es este el único punto en que a pesar de todas las evidencias entrevistas prefiero ser optimista y pensar que simplemente se toma un respiro, que aún tiene tanto que dar de sí.

Por lo demás, ¿no le he contado? En mis delirios píticos he previsto para Europa, y para el mundo, una gran guerra durante nuestro tiempo de vida. Ahora sí es Lautreamont el optimista que cree en el fin de las guerras para Europa; yo creo en la naturaleza humana, que tiene profundamente inscrita la guerra. Sobre todo la naturaleza del hombre europeo. Si no hay mi guerra será, ciertamente, que ha muerto.

El optimismo y el pesimismo no son, después de todo, tan fáciles de desenredar.

Y lo felicito por su tour. Acuérdese de mí en Praga: es una de mis ciudades favoritas.

Héctor Meda dijo...

No sé qué decir, porque un analfabeto en historia soy, a esta frase:
1979, el año de la ruptura en Irán, podría ser la fecha simbólica del principio del fin de las ideologías universales.

Sí, sé que me muestro poco renuente a encontrar Grandes Momentos de la Historia que siempre es muy gradual y donde vemos llamativos y repentinos frutos seguramente no será porque hayan aparecido de la nada o de un salto sino de una paulatina y furtiva sedimentación venida de profundas raíces.

Creo que eso es lo que pasó con el muro de Berlín y el reducirlo a una imagen es escoger un fotograma de una historia que ha de ser vista en todo su rollo.

Cuidado no acuso de nada a nadie.

Por lo demás me gustó en el post el característico tono, diría que melancólico pero sería impreciso y por eso no lo diré, de este blog.

Eme dijo...

Lo único que queda de Europa son montones de errores, de recuerdos de lo más vergonzosos y de una autodestrucción rayana en el suicidio.

Saludos y disfruta mucho por allí.

Sierra dijo...

Eso es lo único que te queda de Europa, me permito distinguir.

Lautréamont dijo...

No, no, Sierra, el "tour" no es tal, visité cada ciudad en su momento en el pasado, ahora reciclo viejos textos con el aniversario como excusa. Sólo he estado en Berlín esta semana.

Tesis superficial: las guerras son propias de sociedades dinámicas (y jóvenes) en rápido crecimiento/desequilibrio con su medio. De ahí que Europa no entre en la lotería de probables protagonistas. Siempre puede haber sorpresas, claro. ¿He comentado que tengo el feo vicio de apostar?

Héctor; estoy hablando siempre de la noche del nueve de noviembre como símbolo, pero también desde una perspectiva gradualista; de hecho autocito textualmente:

"[L]a tarea que empezó la noche del nueve de noviembre -en realidad empezó mucho antes, pero aquel día estalló- tardaría aún algunos años en concluirse."

"1979" - "Revolución Iraní". Lo he elegido como símbolo también: una ideología no europea (matizable) y no universalista (matizable también) rompe de hecho el esquema bipolar y demuestra su viabilidad y poder de atracción hasta la fecha.

Doy todos los matices -chíismo/sunnismo, carácter auténticamente ideológico del movimiento, etc.- por implícitos, pero es que no era el tema central, sino un mero comentario para fardar de erudición que veo, puede descolocar a los lectores.

Eme: es que la Historia, como las noticias, suele nutrirse de lo "malo"; los crímenes, las atrocidades, cuanto más morbosas mejor. Eso no significa que la Historia se reduzca a eso: la medalla tiene dos caras, y tan arbitrario es ver sólo una parte como su revés.

El siglo XX ha sido el "siglo europeo" y el siglo más mortífero: simple cuestión de técnica y demografía. Técnica, porque el hombre es el mismo: Gengis Khan con ametralladoras, o el pintor de Atapuerca con pintura acrílica.

Y demografía porque no hace falta eficiencia alemana para matar en grandes números; sólo machetes. Ruanda es testigo. Pero si vive más gente, también morirá más gente.

El legado europeo, precisamente, es tan especial porque lo tiene todo en tamaño megalómano: grandes victorias, grandes fracasos, grandes errores. Y no considero errar algo malo cuando de ello se aprende.

Saludos a todos y gracias.

Eme dijo...

Es verdad que la memoria recuperada de todos esos errores y horrores se ha convertido en la propia definición y garantía de la humanidad -en intento de recuperación- de Europa. ¿Pero en serio se aprende de ese tipo de errores? ¿Y cuánto se tarda?

Hasta mediados de los noventa dos de cada cinco austriacos pensaba que su país había sido víctima y no cómplice de Hitler. Y qué decir de cómo intentaron escurrir el bulto los suizos o los holandeses. Pero no es necesario remontarse años ha, porque continúa pasando, en otros aspectos, claro, pero. Mientras no volvamos a matarnos entre nosotros, todo bien. Que arrastremos y generemos amnesias, síndromes de Vichy de hoy, respecto a nuestras actuales actuaciones europeas en, por ejemplo, el más claro, Oriente Próximo, no importa demasiado.

De todos modos, tienes razón, siempre se aprende algo. Y en este caso, desde mi punto de vista -le evito a Sierra la distinción-, la lección ha consistido en blindar Europa y en volverla autista profunda.

Más saludos

Cucaracha homicida dijo...

Y qué decir del aniversaro del 9 de noviembre del 1519?

O del muro melillense?? O Amélie y Foucault


¡¡¡Desperta ferro!!!

Sierra dijo...

Ah, qué lástima por su tour. Y yo que lo envidiaba.

Confunde usted las cosas, como buen apostador. Las probabilidades están a su favor, claramente, porque como la vemos hoy, a la vieja Europa, no parece terreno de ninguna guerra próxima. Sin embargo, considere que también parecía improbable que Edipo matara a su padre y se casara con su madre: el mío es un delirio adivinatorio sin fundamento en los hechos, a no ser que se quiera tomar como hecho que suelo acertar cuando me las doy de adivino.

No tomo su apuesta, sin embargo, porque ello podría llevarme a desear una guerra. Ya sabe como son las cosas: profesías autocumplidas, ruletas arregladas...

Ahora bien, me molesta profundamente que se culpe a Europa del montón de atrocidades que sin duda ha presenciado, dejando de lado 3000 años de la cultura más extraordinaria. Bien sale aquí nombrado Gengis, que no tiene nada que envidiar a Hitler, y bien se nombra Ruanda, y no se nombra a tantos sátrapas y tiranos megalómanos de oriente. Pero se olvida a Beethoven, a Schubert, a Proust, a Modigliani, a Kant, a Wittgenstein, a tantos...

En todo el mundo se han cometido atrocidades, pero sólo las de Europa cuentan. Eso ha de ser porque en Europa se ha desarrollado una profunda consciencia de ellas, y el deseo de que no vuelvan a ocurrir. En todo el mundo se han cometido atrocidades, eso me hace pensar que es la naturaleza humana la atroz, no Europa.

Pero no todo el mundo a producido a Beethoven.

El odio a Europa... No sé sus causas; pero su efecto es un olvido de la cultura. Odiar a Eurpa, para los que pertenecemos a su cultura, es odiar nuestra cultura. Y eso no me lo explico sino como ignorancia.

Y que tenga que ser yo, sudaca, quien salga como adalid de vuestro continente...

Lautréamont dijo...

Camarada homicida: ¡¡¡Todos a correr a las jornadas "Calvinismo y modernidad" organizadas por nuestra Universidad!!!

Sierra: si no entiende la clara superioridad de la cultura mapuche es que necesita pasar tres meses en una tienda sin higienizar cavando letrinas y cazando morsas. He dicho.

Sierra dijo...

No es para menos. El mismísimo Hitler ensalsaba al pueblo mapuche en 'Sein Kampf'.

Cucaracha homicida dijo...

Probablemente vaya el martes a las 16h para ver a señores emperifollados hablando de Max Weber. Es por ver si consigo evitar tener que leer el librete de marras.

Eso sí, yo tengo mis propias jornadas cool: "La oscuridad al final del túnel: el 1939". ¡Al fin la universidad española saca del silencio ese olvidado episodio de la Historia nacional que fue la Guerra Civil y el franquismo!¡Al fin aire fresco!

De todas formas, el anárquico comentario anterior era más bien referente al 9 de Noviembre Cortesiano (de Hernán Cortés, vaya...).

Marta Salazar dijo...

:)

Esther dijo...

Qué buena entrada.

No sé si te molestará lo que diré a continuación: pero me hizo recordar fuertemente a Tolkien, específicamente al abandono de los elfos de la Tierra Media.

No haré pronósticos, ¿de dónde sacaría con qué soportarlos? Pero sí me gustaría agregar un par de cosas a la entrada y a lo que se ha dicho en los comentarios. Cosas a agregar por una sudaca, que, en cada área que ha tenido que ver, siempre —necesariamente— termina estudiando a autores de EEUU o de Europa; en algún caso se puede hacer escala en, por ejemplo, México o Cuba o Brasil. Pero siempre se termina en alguno de los dos “grandes”. Y en todos los casos he visto que los europeos ganan. Y por goleada. Lo que encuentro hoy, ahora, hace una década, es que el pensamiento europeo sigue teniendo una profundidad intelectual y una originalidad que supera con creces al otro. No diría, entonces, que Europa está agotada. Quizás todavía está —no lo sé, para afirmarlo se requeriría conocimientos que no poseo— creando revoluciones, solo que de otra forma.

Y esto me lleva a un punto que me parece central: ¿cuál es el criterio que se toma para hacer esta clase de análisis? ¿La historia? No sé. ¿Puede la propia historia decretar su muerte? No lo sé. No lo creo: se basa en lo que conoce, y si lo que conoce está cambiando fuertemente… pues se puede quedar sin parámetros de análisis válidos.

Por cierto, los europeos no son más sanguinarios que otros. Claro que no. El problema es que han tenido demasiado poder por demasiado tiempo, y lo han usado no para colonizar, sino para colonializar (violentamente) buena parte del resto del mundo. Los campos de concentración de la última dictadura militar argentina no han tenido nada que envidiarles a los nazis; pero los primeros afectaron a un país, los segundos, al mundo entero. Cuestión de poder, nada más, no de otra cosa. No me animo a postular, como Sierra, que la naturaleza humana es atroz; pero sí lo es la que ha terminado siendo hegemónica, tanto en occidente como en oriente.

Por eso dudo, también que haya una gran guerra en Europa en los próximos tiempos. Simplemente porque implicaría, teniendo el poder que tiene, un riesgo demasiado grande; ya no estamos en las felices épocas en las que era posible incendiar un continente sin riesgo de reventar el planeta entero. Mejor guerras acotadas, en países desconocidos.

Abrazos,
Esther