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viernes, 14 de mayo de 2010

Especuladores, banqueros, conspiraciones...

"La banca" contra "el pueblo", "los mercados" contra "la democracia", "los especuladores" contra "Europa."

En las últimas semanas hemos podido asistir a una progresiva infantilización del discurso, intentado presentarnos lo que está sucediendo en forma de falsos dilemas. Supongo que pensar en términos conspiranoicos facilita las cosas; que ver agravios y personificar en fuerzas hostiles todos los males que nos atañen no hace sino confirmar la actualidad del pensamiento animista. Pero por favor, seamos serios, ¿eh? Esto no es ninguna broma. Así que aquí viene un pequeño resumen demagógico y simplista sobre dos o tres cosas que deberían rumiarse antes de ponerse a soltar los tópicos arriba mentados:

1. Cuando un país entra en déficit, se está endeudando. Cuando un país se endeuda, es porque hay alguien dispuesto a prestarle dinero. Puede ser por buena voluntad, o puede ser por propio interés.

En la vida real, tenemos padres, abuelos, y primos que pueden estar dispuestos a prestarnos el dinero por buena voluntad. En la vida de los Estados, tenemos a Alemania, que es como el primo que pone la billetera, pero que ya se está empezando a cansar de pagar barras libres ajenas -incluyendo la macrofiesta UE MaxiDisco y sus sábados locos de PAC- con la excusa de que perdió una guerra hace 50 años y mejor se estaría callada. Lamentablemente, en ambos casos sus bolsillos -y su buena voluntad- suelen tener ciertos límites.

Luego tenemos a los que prestan por propio interés: en la vida real, bancos e inversores privados. A ellos no les une ninguna afectividad con nosotros, ni tienen ningún deber mientras no firmen un contrato. Simplemente, observan a todos los que se encuentran en la misma situación que nosotros -pobre Estado que desea endeudarse-, y finalmente prestan su dinero a aquél que les ofrece mejores condiciones. Maximizar beneficios es su mantra.

Ahora imaginemos que nosotros, pobre Estado, hemos estado en una mala situación durante mucho tiempo: realmente necesitamos ese dinero, pero llevamos ya tres o cuatro años pidiendo préstamos; como tenemos cada vez menos crédito, nos vemos obligados a ofrecer condiciones cada vez más costosas, porque no somos los únicos en el mercado. En algún momento, las condiciones que ofrecemos son tan, tan ventajosas para nuestro prestamista que se sienta en su mesa, hace cálculos simples y ve que, aunque de aquí a dos años vista heredase de mi tío millonario desconocido hasta ayer y me tocase la lotería, sería incapaz de hacer frente a las obligaciones que he adquirido. Entonces, queridos niños, se dice de mí que soy insolvente.

2. Endeudarse puede ser una inversión. Tal vez queremos acometer un proyecto que nos reportará beneficios pero no contamos con el capital suficiente. Entonces, ofrecemos al que posee el capital una contrapartida -inferior a los beneficios que esperamos adquirir- y acometemos la empresa, que puede tener buena fortuna o adversa, y enriquecernos a los dos o empobrecernos a los dos.

Pero endeudarse puede ser también una cosa que hacemos porque estamos gastando más de lo que ingresamos; es decir, porque estamos disponiendo de lo que no tenemos; es decir, porque estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades. Las contrapartidas que ofrecemos al prestamista no están basadas en una previsible ganancia futura, sino en consumir lo que ya poseemos. Pero lo que ya poseemos se acabará algún día, lamentablemente, lo que significa que no podremos continuar con esta estrategia indefinidamente. En algún momento tendremos que empezar a aumentar nuestros ingresos o, si esto no es posible, reducir nuestros gastos.

3. Ahora hagamos un ejercicio de imaginación. Usted es -Dios no lo quiera- un porcino. Fuma un habano mientras crece la tripa bajo su sombrero de copa en su lujoso rascacielos de la City -famosa cueva de piratas, como todo español de bien sabe. Posee 10 guineas que ha obtenido mediante la plusvalía que ha robado a los niños de su fábrica de carbón en Lancashire, y quiere invertirlas. A quiere usar ese dinero para construir un ferrocarril, y le ofrece intereses de 1 guinea anual durante diez años, momento en que le devolverá además el dinero prestado. B le ofrece el doble, pero dedicará su dinero a pagarse un viaje en las Bahamas, o tal vez para ayudar a las ancianitas, y usted tiene serias dudas sobre su capacidad de cumplir con la palabra dada.

¿Qué haría? ¿Maximizar riesgos y minimizar beneficios? Bueno, parte del problema de la crisis es que muchos créditos acabaron en manos de deudores como B. Entonces, querido porcino, dado que todos hemos aprendido la lección de la burbuja, sería yo quien no le confiaría mi dinero. Viajar a las Bahamas y ayudar a las ancianitas son tareas muy loables y enriquecedoras -a nivel espiritual-, pero mejor si se hacen con el dinero de uno, porque podríamos encontrarnos con la desagradable sorpresa de que los demás no quieran financiar nuestra generosidad.

4. Bueno, ahora sustituyan A por Alemania, B por Grecia, viaje a las Bahamas y ayudar ancianitas por las diversas modalidades de lo que hace un Estado: puede ser necesario, pero no siempre una inversión. Efectivamente, amigos míos, que la cosa es más complicada. Pero que haya agencias de rating, hedge funds, credit-default-swaps y todas esas fabulosas palabras en inglés, no invalida las explicaciones básicas expuestas arriba sobre cómo se financia un Estado y por qué en un momento dado los inversores dejan de comprar su deuda pública o de invertir en sus bolsas.

Me estoy refiriendo, particularmente, a este artículo, un batiburrillo en que se dan bastonazos simplones a los banqueros, causantes de la crisis ellos solitos, of course, se establece una interesante teoría de la conspiración, y se ofrece como receta más de lo mismo -o sea, más déficit-, pero nacionalizando la banca para alocar recursos mejor, en la esperanza de que un crecimiento similar al experimentado en la posguerra seguirá y enjuagará el déficit. Pero eso, amigo Vicenç, no está en el radar ni del más optimista soñador ni para Grecia, ni para España, ni para sociedades progresivamente envejecidas como las europeas que, para colmo, tienen que hacer frente competidores que no existían en la posguerra, de Sao Paulo a Pekín. Porque, simplemente, 2010 no es 1960, y los problemas de nuestra economía no se limitan a la crisis financiera, sino a una notoria falta de competitividad.

Precisamente -y eso es lo que se pasa por alto en el artículo- eso es lo que diferencia a Grecia, Portugal o España de otros países: que no hay recuperación a la vista, estímulo o no estímulo, baje una letra la agencia de rating o la suba. Había otros países con mayores ratios de deuda-PIB: cierto. Pero todos, por un motivo u otro, tenían alguna ventaja comparativa: el Estado italiano o el japonés están mayoritariamente endeudados con sus propios ciudadanos, que no van a salir corriendo en estampida si hay malas noticias; otros países tienen monedas que o bien son divisas de referencia, o bien pueden devaluar para salir de la recesión exportando; otros, en el Atlántico o en el Báltico, adoptaron impresionantes medidas de austeridad fiscal nada más empezar la crisis... pero en nuestros PIGS la deuda pública es mayoritariamente extranjera, tenemos el euro, y nos pusimos a dar tumbos con una goyesca venda en los ojos: unos, con las estadísticas amañadas; otros, cruzándose de brazos y negando al mundo, esperando que todo se solucionaría mágicamente. Ayer, por fin, nuestro Gobierno se rindió a lo evidente.

La solidaridad está muy bien, pero cuesta dinero. Si no hay dinero, no hay solidaridad. Uno puede proclamar muchos derechos en papeles; pero, además, tiene que garantizarlos. ¿Me explico? El Estado de Bienestar es fabuloso, pero ya no podemos tener la tarta completa, porque no somos tan ricos como hace cinco años: ¿queremos médicos o cheques bebé? ¿Universidades o geriátricos? ¿Laboratorios punteros o carreteras que den empleo barato a mucha gente? ¿Mantequilla o cañones? Son dilemas reales, no impuestos por una malvada banca que nos escamotea el dinero. Los recursos son escasos: siempre lo han sido. En el boom podíamos permitirnos ignorarlo. Ahora no.

Lo único que suscribiría es lo referente a la economía sumergida. Pero le daría la vuelta: el alto porcentaje de economía sumergida en España, Grecia o Italia, ¿nos habla sólo de debilidad estatal? ¿No tendrían nuestros Estados que ir entonando algún mea culpa? Al fin y al cabo, si en España, con un 20% de paro, no ha habido disturbios, es porque todo el mundo sabe que aquí no hay un 20% de paro. Para sacarlo a la luz, ¿palo o zanahoria? Por cierto, ¿hemos tenido ya quince años desde la última recesión para hacer esto, no?

5. Concluyamos con la alternativa. La panacea de la regulación bancaria. ¿Qué otro sistema de financiación se propone? ¿Uno "regulado" en que los actores no busquen maximizar su beneficio, sino tareas como "la solidaridad", el "bien común", etc.? El problema que aparecerá inmediatamente es simple: ¿qué significan estas palabras en cada caso concreto? En otras palabras, ¿qué sentido tiene hablar seriamente de "democratizar la economía" o de "someterla a un gobierno"?

Podría significar, en primer lugar, una tecnocracia, en la que prevalecieran los intereses de los Estados sobre la "fría" lógica económica y la "avaricia" individual. Sucede que eso ya existe. Tenemos el FMI, parcialmente independiente pero en que los Estados tienen votos -y, sobre todo, aportan los fondos. Y, en Europa, tenemos el BCE, que es un órgano de teórica independencia pero clara filiación, y tenemos subsidios y tenemos Comisiones Europeas de Competencia, y tenemos Consejos de Ministros en que nuestros Estados se conceden préstamos entre sí. Y si, como para nuestro amigo Vicenç, estas instancias están corrompidas por los malvados banqueros, tendrá que explicarse más claramente qué tipo de alternativa se propone, y como se evitará, a su vez, que estas se sometan a los espurios intereses de la banca -o los suyos propios- y defiendan a capa y espada esos Intereses Superiores que, como ideas de Platón, descendieron un día a este mundo para iluminarnos.

La alternativa, claro es "nacionalizar", sive "democratizar". Si se quiere "democratizar", diría simplemente: ¿para qué? Oigan, es un ideal muy bonito, pero espero que a nadie se le escape la realidad de las democracias modernas como oligarquías electivas, y lo que eso significaría para la asignación eficiente de recursos financieros, que dependería del arbitrario encaje de los intereses políticos del momento. Y no digo esto como descalificación; a Michels y su ley de hierro de la oligarquía me remito. Esto no es una casualidad pasajera ni una conspiración, sino la estrategia óptima para articular los grupos de intereses en sistemas tan amplios y complejos como nuestros Estados-nación; por cierto, problema añadido: aún no existe un Estado-nación mundial, luego la implementación de un "Gobierno Económico Democrático Mundial" descansaría todavía más en elites no electas y se aleja así un poco más en el reino de la Utopía. O la distopía, vaya usted a saber.

domingo, 18 de abril de 2010

Este no es otro estúpido post sobre el juez Garzón

"En el borde del mundo" es el título de las memorias del juez Juan Guzmán Tapia, también conocido como "Juan sin Miedo" o, más simplemente, "el juez que procesó a Pinochet". Como lectura obligatoria que era, empecé el libro con escaso entusiasmo, temiéndome lo peor; las primeras páginas, con su estilo sentimental y algo relamido, tampoco ayudaron; de todos es sabido que el Derecho es refugio de literatos fracasados, y sólo más raramente la Literatura de juristas hastiados. Sin embargo, hacia la mitad el libro empieza a ganar en complejidad, a plantear ciertas cuestiones con una honestidad poco acostumbrada; cuestiones, por otra parte, que no podrían estar más de actualidad en España.


Nacido en El Salvador, hijo de diplomático, la primera parte de la biografía de Juan Guzmán es la de un arquetipo de cierto tipo de intelectual sudamericano de la época: miembro de una vieja burguesía endogámica en trance de desaparecer, viajero cosmopolita con veleidades artísticas, bohemio ocasional en el París del 68... Cómo acaba en la carrera judicial es cuestión prácticamente de azar: con la omnipotente ayuda de ciertos enchufes, pero sin verdadera vocación, como mero oficio de ganapán.

Empieza a ejercer en provincias en los años del beatificado mártir Allende: años de plomo, de escasez generalizada y con todos los indicadores económicos en caída libre, descritos con la sinceridad de quien puede pronunciarlos sin ser acusado de fascista. Tal vez sea esta la parte más curiosa para el lector europeo, acostumbrado a ensalzar acríticamente la figura de Allende -el golpe, desde luego, no estaba justificado, pero esta primera "transición democrática al socialismo" supuestamente truncada fue un periodo de gran inestabilidad, que no sólo puede achacarse a la voluntad malévola de los Estados Unidos en el exterior y de los saboteadores reaccionarios en el interior.


Con una inflación desbocada (con récords del ¡606%!) reduciendo el poder adquisitivo de los chilenos a ojos vista; con una caída del PIB sin precedentes -del 9% al -5-6% en apenas dos años, la inseguridad, las ocupaciones de tierras, las huelgas, las manifestaciones e incluso la violencia política no se hicieron esperar.

Más allá de que sus políticas económicas fuesen manifiestamente subnormales -y lo pagasen todos los chilenos, no sólo las multinacionales-, la escala del apoyo a Allende no justificaba su radicalidad. Los resultados electorales hablan claro; el Gobierno Allende distaba mucho de una mayoría estable: 36,3% para Allende, 34,9% para Alessandri -democristiano- y 27,8% para Tomic -derecha. Endeble base, salta a la vista, para una transformación social hacia el socialismo.

En otras palabras: lo que no sorprendió fue el golpe, fue su brutalidad. Lo sucedido viene a confirmar que ninguna dictadura se mantiene sólo por las armas; la de Pinochet no fue una excepción. El juez Guzmán Tapia, recién llegado de Francia, estaba entre los que suspiraron de alivio aquél 11 de septiembre, y no fueron pocos. Estaba entre los que sacaron champán escondido y celebraron el golpe, mientras en la radio sonaban marchas militares y Allende lanzaba su último mensaje al vacío antes de su famosa última resistencia en el Palacio de la Moneda.

Las noticias de su muerte llegaron al día siguiente; avergonzados, guardaron el champán. No se había previsto eso: durante las primeras horas del golpe, varios militantes de la UP se entregaron voluntariamente al ejército fiándose de sus promesas de benevolencia, esperando ser depuestos de sus cargos y, como mucho, el exilio. No era lo que la Junta tenía en mente.

La siguiente parte de las memorias es una radiografía certera de lo que lleva a un ciudadano a aceptar una dictadura y sancionar su legitimidad con sus actos. Cuando se restablece el orden en las calles, nadie pregunta por la factura; cuando se restablece el abastecimiento en las tiendas, nadie pregunta dónde quedan los sindicalistas; las denuncias de la prensa extranjera son fácilmente tachadas de "propaganda", ya sea de exiliados resentidos o "agitadores europeos intoxicados por Moscú".

En 1974 Guzmán Tapia es llamado a sustituir a jueces de lo penal: es su primer contacto con la realidad de los desaparecidos. Sin embargo, todavía no está preparado para asumir la escala de lo que está sucediendo: opta por creer que son grupos aislados del ejército, descontrolados. Sin embargo, ha empezado a dudar. En sus círculos, sin embargo, nadie quiere oír hablar del tema; se cambia más o menos educadamente de conversación, la vida sigue. Los casos de desaparecidos son sumariamente despachados, rechazados con un formulario estándar.

Obtiene un ascenso tras autorizar una redada policial contra una destilería ilegal de alcohol -en realidad, la detención y ejecución sin juicio de varios izquierdistas; continúa en su puesto, progresivamente asqueado del servilismo de la Justicia -y de sí mismo-, progresivamente avergonzado de la colaboración que supone su mero silencio.

La tercera parte del libro es una descripción pormenorizada del paso de una Caravana de la Muerte (o del Buen Humor, como eran conocidas entonces) que recorre Chile de Sur a Norte; el principio del caso que acabará por llevarle a Pinochet. Se trata de un comando especial de las Fuerzas Armadas, con órdenes expresas del general de perseguir izquierdistas; para ello se inventan grupos subversivos, formaciones guerrilleras o cualquier otra fantasía que permita justificar la represión. Se señala quién colabora y quién no: porque hay mandos del Ejército que se oponen, protestan o llegan a dimitir; y hay civiles que se prestan.

Cuando se le presenta una demanda el 12 de enero de 1998 a nombre de la secretaria general del PCCh por la desaparición de su marido y otros altos cargos comunistas, nadie espera que prospere. Sin embargo, el juez Guzmán no está dispuesto a dejarla pasar; tras estudiar la ley de Amnistía dictada por el Régimen durante la transición democrática, descubre un hueco: el delito de secuestro no está incluido, y los hechos cometidos encajan en el tipo. Se ha abierto la vía que permitirá el procesamiento.

Se le acusa de reabrir heridas y de poner en peligro la paz civil mientras instruye el sumario y van ascendiendo las responsabilidades en la escala militar; se le somete a un escrutinio rigidísimo por parte del Tribunal Supremo, atento a la más mínima infracción, y se le ataca en gran parte de la prensa. Como al juez Garzón, se le acusa de halagar su narcisismo exponiéndose a la luz pública; con más habilidad que el juez Garzón, sabe no patinar con los procedimientos legales.

Llega el momento de la famosa detención de Pinochet en Londres, solicitada precisamente por Garzón; finalmente, se le permite volver a Chile por razones humanitarias. Recién aterrizado, Pinochet, a la vista de las cámaras, se levanta de la silla de ruedas en que supuestamente estaba postrado y saluda a los dignatarios que acuden a recibirle. Es el momento simbólico que va a desencadenar un creciente cuestionamiento de la inmunidad de que goza como senador vitalicio.

Finalmente, a Pinochet se le retira la inmunidad. Sus abogados pasan a alegar demencia; el Tribunal Supremo declara el sobreseimiento "hasta que se produzca su recuperación completa", en otras palabras, hasta nunca. Y hasta aquí, con este anticlímax, llega la vía jurídica; luego como sabemos, el General moriría en paz; Juan Guzmán Tapia decide acabar el libro con un breve paseo por Villa Grimaldi, el centro de detención por excelencia de la dictadura.

Y ahora se dirá usted, lector, si ha seguido hasta aquí: ¿qué me importa a mí lo de Chile? Pues hagan cuentas.

Los parecidos con el caso español son grandes; también las diferencias. La primera y más notoria, el tiempo: Guzmán Tapia empieza su proceso en 1998, a tan sólo ocho años del final de la dictadura; Garzón, en 2009, casi 35 años después de la dictadura y casi 70 desde la época más brutal del primer franquismo. La mayoría de los delitos ya han prescrito; cierto, hay algunos que no prescriben -de lesa humanidad, genocidio, etc.-, pero la pregunta que cabe hacerse es: ¿queda alguien vivo a quien enjuiciar? Hubiese sido interesante, con todo, ver hasta dónde se llegaba. Y, por supuesto, si el juez Garzón se ha excedido en sus atribuciones, tiene que responder, como todos los demás jueces, por muy loables que fuesen sus fines. Antes de apresurarse a tachar de franquistas a los tribunales, un poco de respeto y lectura crítica no estaría mal.

Sin embargo, me temo que en España la cuestión de cómo tratar con el pasado va a quedar en el aire. Los pasos más fáciles -retirada de símbolos, investigación histórica- ya están siendo tomados, y no sin resistencias. La Historia nunca es material de anticuario; se estudia porque -para que- diga cosas sobre el presente: ahí está el peligro de dejar la recuperación de la "Memoria Histórica" en manos del Estado. Lo deseable sería que la demanda surgiese de la propia sociedad civil, pero lograr una gran narrativa común sobre lo que sucedió entre 1936 y 1975 va a ser casi imposible: y no es sólo cosa de la derecha revisionista y facciosa; el republicanismo kitsch, con sus sabios profesores, sus niños pelados con orejas de soplillo y su buenrollismo antagonizado por el Mal Absoluto personificado en curas viciosos y militares con bigotillo también ha ayudado a banalizar el debate.

sábado, 10 de abril de 2010

Respuesta / Propuesta

(Respuesta a este interesante post)

Héctor,

limitar las funciones del voto a la elección de un programa es limitar su alcance real y dar la espalda a la realidad política (entiendo que lo planteas desde el "deber ser", pero tampoco estoy seguro de que sea un "deber ser" muy acertado).

En un sistema como el español, en que los diputados no cuentan con mandato imperativo y se elige mediante listas cerradas, la responsabilidad ha de ser por fuerza solidaria, y ha de extenderse a toda la lista en que está el individuo responsable. No hay otra que castigar al conjunto por las acciones de sus miembros (especialmente si el partido en cuestión insiste en conservarlos en sus filas). El voto actúa también como mecanismo corrector, y no creo que se deba minusvalorar este papel.

Fías demasiada fe en la justicia y el valor de una sentencia, en mi opinión. Los casos de corrupción no siempre van a poder ser juzgados y condenados ante los tribunales, ya sea por los privilegios parlamentarios, que retrasan el proceso; por nuestro sistema de garantías, al que no queremos renunciar, o simplemente porque lo que el político ha cometido no es delito -al no estar todavía tipificado como tal-, sino percibido como "inmoral" por sus votantes. Recalco lo de "percibido" porque creo que, en los casos de corrupción, tan importante como el delito cometido es la imagen que se transmite: "la mujer del César no sólo tiene que ser honrada, sino parecerlo".

Privar del voto es un mecanismo útil y legítimo para "castigar" lo que el Derecho no puede castigar. En Derecho tenemos la presunción de inocencia; en política, la de culpabilidad, y me parece correcto establecer unos estándares morales más altos para el que nos representa que para nosotros mismos. No por idealismo, sino como pragmatismo, para hacer más efectivo el mecanismo corrector: en democracia los líderes políticos no van a ser más honestos, benevolentes y desinteresados que en dictadura, pero deben temer por la opinión pública. Una ventaja decisiva de un sistema a veces tan ineficiente como la democracia.

Un programa de partido sin un desarrollo político es letra muerta; por eso no estoy de acuerdo en desvincular el Programa -ideal rara vez alcanzable y menos aún leído por el votante, y no digo que sin razón- de aquellos que efectivamente han de llevarlo a cabo, y su actuación. Todo acto de corrupción deja al descubierto un fallo sistémico; de acuerdo. Pero ante la improbabilidad de que cualquier partido con opciones reales de gobernar desarrolle un programa con el fin de ir solucionando estos fallos según vayan emergiendo, la democracia ofrece un atajo al ciudadano, un parche: expulsar al corrupto de su cargo, al margen de la vía penal.

¿Por qué es improbable que los partidos desarrollen programas de obligado cumplimiento y carácter más ideológico o preciso? En primer lugar, sería contrario a sus intereses el atarse las manos de esa manera, y los partidos son -sorpresa- actores racionales que buscan maximizar su beneficio. Pueden equivocarse, qué duda cabe, pero no de una manera tan flagrante sobre cuáles son sus auténticos intereses. Si existiese una amplia demanda ciudadana en ese sentido, tal vez... Creo, sin embargo, que no costará conceder que no, que no son ese tipo de exigencias las que movilizan al grueso electorado.

En segundo lugar porque, como dice José Luis (y tú mismo admites al ironizar sobre ese "conservadurismo socialdemócrata"), los grandes partidos se mueven en torno al centro político, y, guste o no, los programas coinciden en lo esencial; el voto, por tanto, rara vez es decididamente ideológico, y los matices cobran relevancia; no es insensato un voto pragmático y personalista, ni es tan realista un voto meramente ideológico, desapegado de terrenales pasiones como la afinidad o la apariencia -no sólo física; de honradez, de profesionalidad, de seriedad.

Las democracias europeas de postguerra se han fundado sobre ese "consenso socialdemócrata"; las posiciones apenas se han modificado tras las crisis de los 70, y una vez pasada la breve erupción ideologizadora que supusieron la ofensiva ¿neo?liberal y el experimento de la Tercera Vía: ambos fueron más una retórica que una práctica auténticamente rompedora, dejando claro cuáles eran los límites que no se iban a traspasar. Esta desideologización tiene un sentido histórico claro -evitar la conflictividad política del periodo de entreguerras-, pero tiene difícil vuelta atrás.

Segundo, quiero romper una lanza por el forofismo sin ser malinterpretado. Creo que es un lugar común posmoderno, pero hasta cierto punto acertado, aquello del "homo videns" de Sartori, y creo que a nadie se le habrá escapado que, en prácticamente cualquier democracia occidental actual, el Programa ha sido progresivamente sustituido por la imagen, la Marca (del Líder, de valores difusos o retóricos como el Cambio, etc.). No digo que haya desaparecido; digo que ha pasado a un plano algo más secundario.

Claro que es forofismo el que la prensa de izquierdas llame a no votar al partido de la derecha y a recalcar los escándalos del partido ajeno; el problema (para ellos) es que también funciona al revés, y me remito al sainete de los "100 años de honradez" con que nos deleitaron a principios de los 90. Basta ya también de excepcionalismo cainita; la democracia es también ese forofismo; eso es lo que mueve al votante convencido y hace que el simpatizante se quede en casa el día de las elecciones, y es parte legítima, aunque ruidosa y admisiblemente sucia, del juego político.

La imagen de la democracia como paradigmas en competición es correcta, pero simplificadora, como toda teoría a escala macro; estamos obviando el juego de percepciones, afinidades e identificación que mueve la política diaria y a escala micro. Móvamonos en el "ser"(ya de por sí bastante discutido y discutible), planteando "deber ser" menos ambiciosos; en mi opinión, tu propuesta de ciudadano ideal, tomada al pie de la letra, es algo adanista; la de reideologizar la política, aunque interesante, también tiene riesgos que convendría analizar más cuidadosamente antes de ponerse manos a la obra.

Saludos,