La guerra de Georgia el verano pasado me pilló en Alemania, y fue una suerte. Imagino que aquí disfrutarían de la poderosa prosa de Maruja Torres o las edificantes peroratas del Buen Federico sobre las hordas criptosoviéticas; gracias a la mayor cercanía de Alemania al conflicto -y no sólo geográfica-, creo que los alemanes pudieron obtener puntos de vista más matizados, elaborados y variados del conflicto que nuestros compatriotas. Uno de ellos me llamó especialmente la atención, aunque no precisamente por su seriedad.
El articulista en cuestión venía a defender que el siglo XXI sería en muchos aspectos una reedición del XIX por lo que respecta a los actores principales -los Estados-nación, frente a los grandes imperios ideológicos del XX- y a los tipos de conflicto, con un retorno a la guerra convencional y centrados una vez más en el acceso a mercados, rutas comerciales, etc.
En aquél momento, como digo, no lo tomé excesivamente en serio. Sin embargo, ahora, amigos de las conspiraciones varias, amantes de los círculos de eterno retorno, hay signos de que algo de razón podría tener: nada menos que el
Gobernador del Banco (del Pueblo) de China y
Arkadi Dvorkevich, asesor económico del Kremlin, han proclamado en la última semana su apoyo a la vuelta a un sistema internacional de divisas basado en el patrón oro.
Acompáñenos por la fascinante historia de este fenómeno:
1. ¿Por qué el oro?
A lo largo de la historia, las más diversas culturas han utilizado los materiales más peregrinos como moneda: conchas, piedras perforadas, semillas... Sin embargo, al ir entrando en contacto las diversas sociedades entre sí, dos materiales fueron imponiéndose como herramienta favorita para facilitar los intercambios internacionales: el oro y la plata.
Teorías hay para todos los gustos. Los partidarios de la moneda fiduciaria suelen argüir que se trataba de una mera convención en origen; los partidarios del patrón oro, por su parte, aluden a la especial adecuación de estos metales por su alto valor por unidad, su escasez y su liquidez, al ser comúnmente valorados en el mercado para todo tipo de transacciones.
Sea como fuere, el hecho indiscutible es que el oro, en lingotes o acuñado, se convirtió en el medio de intercambio por excelencia en la Edad Moderna y parte de la Contemporánea. Conforme aumentaba la importancia del comercio, la estabilidad de la moneda se convirtió en una cuestión vital: si a la enorme incertidumbre a la que ha de enfrentarse el empresario añadimos una moneda volátil, los incentivos para emprender proyectos comerciales flaquean. La relativa estabilidad de las reservas de oro y plata ofrecía un valor añadido; por otra parte, prácticamente todo sistema bimetalista convivía con monedas de menor valor -cobre o papel moneda- para las transacciones de menor entidad -aunque siempre vinculadas a los
metales fuertes- y limitadas al comercio interior.
2. Las fabulosas aventuras de John Law

John Law era un estafador. Su auténtico problema era, sin embargo, que creía en su propia estafa.
Veamos. John Law nació en Escocia en 1671, hijo de un orfebre y banquero. Proverbial bebedor y putero, en 1694 asesinó a un rival en un duelo en Londres y huyó por piernas de país en país, recalando finalmente en Francia. Había dedicado gran parte de su tiempo a dar la brasa con uno de sus panfletos, con el poco comercial nombre de "
Money and Trade Considered, with the proposal for supplying the Nation with money", en la que básicamente venía a sostener la falacia de que a más dinero, más riqueza; por lo tanto, la llave para la riqueza estaba en emitir dinero.
Increíblemente John Law halló un atento oído en la inepta persona de Luis XV, aunque es posible que siglos de endogamia jugasen en su favor. Instalado a mesa y manteles en París, Law montó un tinglado económico sin precedentes que haría palidecer las más osadas aventuras inflacionistas emprendidas por los gloriosos monarcas austroespañoles con la moneda de vellón: pasaría a la historia como "la estafa del Mississipi".
John Law empezó sus pinitos como director de la Banque Génerale, a la que el rey había concedido el monopolio de emisión de papel moneda. Financió la masiva deuda estatal, eliminó la convertibilidad a la plata de sus billetes y se ganó la gratitud del rey; en el camino, inició una divertida escalada inflacionaria. Con todo, lo más gracioso estaba por venir: en 1717 fue nombrado director de la llamada Compañía del Mississipi, comenzando a emitir papel moneda de manera aún más alegre. Esta moneda estaba, sobre el papel, respaldada por "las vastas tierras de la Luisiana", pero claro, ¿quién iba a irse a la Luisiana a reclamarlas? Además, tratándose en su mayoría de pantanos infectos deshabitados, ni siquiera podía esperarse renta futura alguna.
La estafa duró tres años: de la noche a la mañana, aparecieron millonarios de debajo de las piedras, incluyendo a Richard Cantillon, emigrado irlandés considerado por algunos el primer economista moderno y experto en negocios turbios. Sin embargo, mientras el fino ingenio de Cantillon le hizo catarse de la burbuja y amasar una enorme fortuna, huyendo a Italia con las alforjas llenas tres días antes de que estallara, Law siguió en sus trece: todo apunta a que era completamente inconsciente de la macroestafa que él mismo había levantado. Cuando en 1720 la burbuja estalló, entre los centenares de arruinados se encontraba el propio Law, que tuvo que huir una vez más para salvar su cuello y murió en Nápoles, todavía dando la brasa con su famosa teoría.
El artículo de
Wikipedia presenta una versión de los hechos muy
sui géneris, tratando de exculpar al buen amigo Law y culpando a las malas gestiones de Luis XV. Sin negar la veracidad de la historia -si bien es cierto que Rothbard recoge una versión muy diferente-, no puede negarse que el sistema de Law era, de principio a fin, insostenible.
El fracaso de este primer intento de crear una divisa nacional fiduciaria en el verdadero sentido del término -basada en la pura fe de los usuarios, y en poco más- supondría todo un espaldarazo para el patrón oro, haciendo que las recién nacidas bancas centrales abandonaran estas veleidades por el momento. El apogeo del patrón oro se considera el establecido precisamente durante el siglo XIX.
3. ¿La nueva era de John Law?
La posguerra europea llevó al progresivo abandono del patrón oro por parte de unos Estados gravemente endeudados. John Maynard Keynes proporcionó poderosos argumentos ideológicos, y Bretton Woods fue el colofón. El dólar quedaba como única divisa vinculada al dólar. A
Tricky Dicky, alias Richard Nixon, le tocó bailar con la más fea: abandonar Vietnam y pagar la fiesta. Sin vacilar, desvinculó al dólar del oro en 1971 para financiarla.
El cambio de paradigma que produjo la
revolución conservadora de 1980 arrumbó con el keynesianismo hasta la fecha; sin embargo, el nuevo paradigma neoclásico reformó extensamente el sistema monetario, pero no restauró el patrón oro. Una de las reformas más importantes fue la que llevó a la independencia de los bancos centrales: pasaron de depender del poder político a ser teóricamente independientes.
¿Funciona el sistema? ¿Sobre qué se basa realmente la moneda que emiten estos bancos? Es difícil saber a ciencia cierta en qué se diferencian el billete del dólar del billete de John Law. El potencial desestabilizador de este sistema ha sido puesto de manifiesto en numerosas ocasiones; la crisis asiática del 97, la posterior devaluación del rublo, la crisis argentina del 2001 tras la insostenible decisión de mantener la paridad peso-dólar y... ¿ahora?
Uno de los factores detrás de la crisis está, con pocas dudas, en la política monetaria seguida, con un abaratamiento del crédito y aquella "exuberancia irracional" que tanto sorprendiera a Greenspan. De todas formas, este sistema es aún demasiado joven en tiempo histórico -treinta y ocho años-, y no es probable que sea un simple paréntesis, al menos mientras no se hayan agotado todas sus posibilidades. Los defectos que presentaba el sistema de patrón oro tampoco eran pocos, pero tal vez más adecuados para el modelo actual de división internacional del trabajo y comercio global.
Así que, recapitulando, ¿veremos un regreso al futuro, con una progresiva recuperación del patrón oro?
Resulta dudoso. La razón por la que los Estados optaron por este sistema monetario es simple: les es muy beneficioso a corto plazo. Es una herramienta básica de toda "política económica", permite "monetizar deuda", etc. ¿Aman los estatistas gobernantes de China y Rusia tanto la estabilidad económica que prefieren sacrificar un elemento tan poderoso en su altar?
Pues resulta aún más dudoso. Probablemente estas declaraciones sólo sean una medida de presión sobre el Gobierno estadounidense. La Reserva Federal ha optado por
estimular la demanda bajando los tipos de interés prácticamente a cero. Esto, que probablemente no funcione en clave interna, tiene importantes consecuencias para las reservas en dólares de ambos gobiernos; reservas que se devalúan rápidamente a cada minuto que la Fed mantenga los bajos tipos de interés. Mediante este tirón de orejas, tal vez pretendan llamar la atención a Washington, haciendóle saber que ya no le consideran insustituible. Otra cosa es que tengan razón.
No conozco el proyecto ruso más que por el titular, pero Rusia por sí sola poca capacidad auténtica tiene para reformar el sistema. El proyecto chino, por su parte, aboga por recuperar algo parecido a un viejo invento de Keynes, el Bancor, una divisa internacional vinculada al oro, que tropieza con importantes problemas técnicos, no el menor de ellos el hecho de que una entidad como el FMI no tiene la capacidad en estos momentos para respaldar una divisa de esa importancia, ni es probable que la tenga en el futuro; de hecho, ya dispone de algo similar, sin mucho éxito hasta la fecha.
Yo espero sinceramente que esta no sea la era de John Law. Más que nada, porque John Law fue el peor tipo de estafador: el que cae en su propia estafa.