domingo 26 de abril de 2009

Chaquetas al Congo

Anécdota / Grosera parábola sobre el humanitarismo

Una vez conocí a un gallego, nacido en Munich. Pongamos que se llamaba Alexander V.

Alexander V era el mejor tipo que he conocido nunca. Probablemente estaba dentro de lo que se conoce como el espectro del autismo, queriendo decir que tenía un rico mundo interior que rara vez salía al exterior. O galego, le llamábamos, o simplemente empanado, pero tras una breve rabieta sin consecuencias, volvía siempre a su verdadero ser. Lo que viene a demostrar que, para ser bueno, hay que estar en otro planeta.

Entre las muchas anécdotas que jalonan su vida, probablemente la más jugosa sea esta: el colegio organizaba una campaña de recogida de ropa. Sucede que el luteranismo no ha abandonado Alemania: se ha transformado en ecologismo y altermundismo; donde antes había que purgar el pecado original, leer la Biblia y tener fe, ahora hay que purgar el calentamiento global, el consumismo, el neocolonialismo, las epidemias, los terremotos y el mal de Chagas, vigilar nuestra huella de carbono y... tener fe. Mucha fe.

Empezaba la campaña de recogida de ropa, y todo el mundo fue cediendo sus camisetas viejas, pantalones agujereados, etc, a cambio de la absolución. El saco avanzaba hacia la fila donde se encontraba Alexander V, que se revolvía inquieto en su silla. Le vimos enrojecer. ¡No llevaba ninguna prenda!

Llegó el saco. Alexander V quedó en suspenso, rumiando sus culpas, ansiando salvar su alma, como todos nosotros. ¿Qué hacer? Había que actuar deprisa. El semblante irónico de la profesora pronto adquiriría insoportables tintes de superioridad moral. Así que, como último recurso, le vimos coger su fabulosa chaqueta invernal, con doble forro y capucha para climas polares, y meterla en el saco, con un suspiro de alivio.

El saco estaba dirigido al Congo.

Cada vez que oigo hablar de solidaridad, tengo una fugaz visión de un congoleño arropado en su chaqueta invernal mientras recorre su paraje ecuatorial. El rostro de un orondo europeo, pasando frío pero satisfecho de su generosidad, y el rostro de un congoleño al que nadie preguntó si necesitaba una chaqueta al borde del colapso por hipertermia. Dos males y un dudoso bien: para la conciencia del primero.

Sr Maquiavelo, le amo.

viernes 24 de abril de 2009

Bomarzo


Bomarzo fue una gran novela argentina que tuvo la desgracia -o la suerte- de aparecer en 1962, un año antes de la publicación de la novela argentina que lo cambiaría todo: Rayuela. Dos novelas separadas por apenas un año, publicadas en Argentina, premiadas en el extranjero y muy apreciadas por público y crítica: y sin embargo, parece difícil encontrar dos novelas tan diferentes a primera vista.

El memorable inicio de Bomarzo se abre con una casualidad inquietantemente similar: Pier Francesco Orsini, duque de Bomarzo, nace el 6 de marzo de 1512, el mismo día que Miguel Ángel Buonarotti, pero 37 años más tarde. Una diferencia con importantes consecuencias: promesa de fama y gloria para el segundo, y para el primero, un incomprensible prodigio: la inmortalidad.

Pero, ¿qué es Bomarzo? ¿Es una novela histórica? ¿Fantástica? ¿Existencialista? ¿Una autobiografía en clave?

Un poco de cada. Pero nada de ello por entero: eso es lo que hace que, bajo una apariencia conservadora, sea una novela tan diferente a todas las demás.

Bomarzo, en primer lugar, es un pueblo del Lazio con uno de los más curiosos monumentos del Renacimiento: el Jardín de los Monstruos, un parque con grotescas estatuas talladas sobre la piedra. En torno a este misterioso parque Manuel Mujica Lainez decide fabular una historia para encontrar un por qué a algo que se ha perdido; si El doctor Zhivago era la justificación de un poemario, Bomarzo es -entre otras cosas- un intento de cartografiar una obra indescifrable.

Bomarzo es la historia de Pier Francesco (Vicino) Orsini, duque de Bomarzo, que revive su historia desde algún momento del presente por alguna razón que no se nos explica nunca claramente. Está basado en un personaje histórico, pero no es el personaje histórico: este Pier Francesco Orsini tiene una peculiaridad -ser jorobado- que le aparta desde el principio de los caminos trillados y le obliga a buscarse al margen, a penetrar más profundo que los demás. Consciente de ser un ser excepcional, para lo bueno y para lo malo, la vida de Pier Francesco Orsini pasa en justificar su excepción, su destino extraordinario, para descubrir amargamente que su destino era completamente ordinario. O no.


Retrato de joven anónimo, por Lorenzo Lotto. Mujica Lainez trata de resolver el misterio del anonimato asegurando que se trata un retrato del jorobado Vicino Orsini. A lo largo de toda la novela aprovecha una y otra vez episodios y obras reales para situar a sus personajes en ellos y crear una insólita perspectiva.

Rodea al Orsini un extraordinario elenco de personajes históricos e inventados, todos ellos fictivos; en el recorrido, sin prisas, se teje un tapiz abigarrado por momentos, pero que brilla tan alto en otros -la Florencia de juventud, y la extraordinaria histeria colectiva de Lepanto- que hace perdonables todos los excesos.

Y aunque está ambientada en el Renacimiento -y recreada con extraordinaria paciencia- no es correcto llamarla novela histórica sin más. Bomarzo vuelve una y otra vez a dos temas claves: en primer lugar, el orden cósmico, la manera de leerlo, apoderarse de él. La alquimia y la astrología aparecen a lo largo de la novela como vanos intentos del hombre de apoderarse de esos secretos; Orsini nos habla desde el presente, pero no renuncia nunca a un pensamiento mágico del que resulta imposible, al fin y al cabo, desprenderse enteramente.

El segundo tema clave es la sensualidad. Circunda a todo un hedonismo, pero un hedonismo malsano, porque todo lo que toca Vicino Orsini en su desesperada búsqueda de la inmortalidad se convierte en podredumbre. Sorprenderá a algunos que en una novela tan aparentemente conservadora se hable tan abiertamente y con tanta naturalidad de homosexualidad: en ambos casos el Renacimiento sirve de coartada a Mujica Lainez para explorar sus fantasmas.

Es una novela para leer con tiempo, reposadamente; el estilo de Mujica Lainez es moroso, clásico, lleno de un gusto manierista por el símbolo y pedanterías sin par que, con todo, acaban resultando simpáticas. Y es que Mujica Lainez era el único y auténtico Repelente Niño Vicente, como puede apreciarse en la fotografía, pero sabía hacer su trabajo a la perfección.

Es curioso comprobar el destino que han tenido las dos novelas a cuarenta años vista. Rayuela sigue siendo esa novela iniciática para chicas especiales y jóvenes con ínfulas de escritor: supo captar bien el espíritu del tiempo y los fantasmas de la adolescencia. Su novedoso planteamiento formal le otorga por sí solo un lugar en la historia de la literatura; triste consuelo, algo así como el Ulises de James Joyce, al que todo el mundo alaba pero pocos leen. Rayuela, sin embargo, no sufrirá ese problema, porque se deja leer fácilmente.

¿Y Bomarzo? Bomarzo, irónicamente, no ha sabido resistir tan bien el paso del tiempo. Irónicamente porque es una novela mucho más intemporal, ensimismada: si quitamos el tapiz histórico, Vicino Orsini podría ser cualquiera de nosotros -de ahí la sospecha autobiográfica que siempre planea sobre lo que estamos leyendo.

PD: nada de lo dicho anteriormente es muy concluyente. Juzgue el lector mismo si el estilo de Mujica Lainez le aburre -lo cual es muy posible- o no. Como muestra, una de mis citas favoritas de la novela:

-La vida
de Su Excelencia es tan hermosa... tan rica.., que pienso que en lugar de mandar que pintemos la historia de sus antepasados, debería ordenarnos que pintásemos su propia historia, en el castillo.

Permanecí en suspenso, como quien acaba de ser testigo de una revelación. Al muchacho se le había ocurrido lo obvio. Quizás porque era demasiado obvio, porque lo tenía excesivamente cerca y me faltaba la perspectiva para apreciarlo, necesité que otro me lo dijera. Eso, que me había rondado en vano, esforzándose para que lo comprendiera, salía de pronto a la trans­parencia de la tarde. Me puse de pie, como si me cegara la brusca claridad, y me apoyé en un tronco. Veía por fin lo que debía hacer. Mi tema y yo nos habíamos encontrado y formábamos desde ese segundo una indestructible unidad. Mi vida... mi vida transfigurada en símbolos.., salvada para las centurias.., eterna... imperecedera... He ahí lo que debía relatar en Bomarzo, pero, no a través de los frescos efímeros de Jacopo del Duca, cuya posibilidad quedaría abandonada para siempre en el entrecruza­miento de los andamios, en una desierta galería del castillo, sino utilizando las rocas perennes del bosque. El bosque sería el Sacro Bosque de Bomarzo, el bosque de las alegorías, de los monstruos. Cada piedra encerraría un símbolo y, juntas, escalonadas en las elevaciones donde las habían arrojado y afirmado milenarios cataclismos, formarían el inmenso monumento arcano de Pier Francesco Orsini. Nadie, ningún pontífice, ningún emperador, tendría un monumento semejante. Mi pobre existencia se redimiría así, y yo la redimiría a ella, mudado en un ejemplo de gloria. Hasta los acontecimientos más pequeños cobrarían la trascendencia de testimonios inmortales, cuando los descifrasen las generaciones por venir. El amor, el arte, la guerra, la amistad, las esperanzas y desesperanzas... todo brotaría de esas rocas en las que mis antecesores, por siglos y siglos, no habían visto más que desórdenes de la naturaleza. Rodeado por ellas, no podría morir, no moriría. Habría escrito un libro de piedra y yo sería la materia de ese libro impar.

jueves 23 de abril de 2009

7: Portrait of the artist as a young man

1. Nieve

Hay algo desolador en esta fotografía. Una duda real como la duda misma.

Aquél 23 de abril, mi diez cumpleaños, ¿estuve en la playa nevada o no?

¿Quién me creería? Yo mismo he dudado muchas veces de esta imagen. ¿Estuve allí realmente, o sólo en sueños?

Y si no fuese por esta maldita fotografía, podría descansar tranquilo, pensando que, cierto o no, todo fue soñado. Pero aquí está. Planteando oscuras cuestiones.

¿Y si...? ¿Y si...? La duda radical. Si no tengo más pruebas que esta fotografía y una imaginación generosa... ¿qué impide que todo sea falso? ¿Que seamos pobres replicantes bañados en una memoria falsa de cosas que no fueron nunca, agarrándonos a estas traicioneras tablas salvadoras, que nos hacen creer que flotamos cuando, en realidad, nos hunden más profundo?


Hay manos mecánicas para el manco, y piernas ortopédicas para el tullido... ¿y para la memoria? Hay fotografías y un sucedáneo: la imaginación.

2. La visión
Si usted nunca ha sentido que el mundo giraba en torno suyo, apéese aquí. No entenderá los desvaríos que vienen a continuación, y su tiempo es valioso. Si, por el contrario, lo ha sentido, acérquese, amigo solipsista: puede que en este alma gemela usted encuentre una irónica confirmación de sus temores.

Aquí está el famoso retrato del artista como un hombre joven. Por supuesto, lo han reconocido: tiene ese rostro arrogante, de indolente desprecio, y no sonríe. Nunca lo hace.

¿Qué le da esa absurda seguridad en sí mismo, tan poco justificada? Es que él, señoras y señores, no vive en este mundo. Su mundo se nutre de esas pequeñas supersticiones cotidianas que nos ayudan a sobrellevar la magnitud de nuestra cósmica ignorancia. Ha elegido como brújula para trazar sus senderos esas manías a las que todos, de vez en cuando, recurrimos. Cualquier cosa es susceptible de ser un símbolo: un nombre. Una fecha. Cifras, colores, notas musicales. La manera en que los hechos se entrelazaban entre sí. Etc.

Nacer en 23 de abril, por tanto, supone ya toda una carga: no un accidente, sino una señal. A todos nos ha sucedido descubrir de repente en libros, en comentarios perdidos, un fragmento que parece hablar por nosotros. Levantarnos, excitados, y gritar: ¡esto lo dije yo!

Y hallar hechos asombrosamente coincidentes separados por el espacio y el tiempo, que parecen hablarnos directamente a nosotros. O descubrir imágenes con inquietantes auras de déjà vu. A todos nos ha pasado, insisto.

Pero lo que pocos han hecho hasta ahora es elevar esas quimeras a sistema.

Así es como nuestro artista comenzó a esbozar una diabólica teoría, medio en broma, medio en serio: en el futuro, inventaba una máquina del tiempo. Con ella, viajaba al pasado y escribía las palabras que acababa de leer, con el único fin de leerlas él mismo en el futuro. Con el divino don de la ubicuidad, se convertía por unos instantes en Cervantes -sus más inspirados instantes. Escribía las palabras que le hablarían y volvía a saltar en el tiempo; y entonces era Tiziano y pintaba el retrato de Carlos V y volvía a desaparecer, y acto seguido era el propio Carlos V cabalgando sobre Mühlberg, o un héroe del Descubrimiento viendo por primera vez la tierra misteriosa que emergía en el Occidente; y también héroes oscuros, particulares, como el que levantó la arquitectura donde se encontró por primera vez con unos brumosos ojos tristes que le perseguirían. Su yo era la chispa que prendía personalidades por lo demás ignotas y les otorgaba la gloria eterna, el espíritu del genio.

El mundo estaba trazado a su imagen y semejanza y sólo él, con su don, podía entrever sus futuras trazas, por dónde le llevarían, a través de una paradójica lectura del pasado.

Un carrusel de vidas en su momento culminante: esa era su visión del paraíso. Y bien, ¿qué quedaba entonces de su vida? ¿Quién sería él, si su deseo se cumpliese, sino un montón de remiendos con vocación de tela? Descubrió demasiado tarde que eso también importaba.

3. El joven artista
He dicho artista porque nunca concebí ser otra cosa. Pero, ¿qué tipo de artista?

Primero me atrajo la Arquitectura. Me fascinaban -y me fascinan- las construcciones. Tal vez no en el sentido en que las entiende un arquitecto, sino un albañil: construir, elevar, levantar. Apilar materiales sin otro fin que poner a prueba los límites de lo posible. Ah, pero: ¡un arquitecto debe hacer cosas útiles! ¡También un albañil! ¡Casas para el necesitado! ¡Óperas, museos! Mira esto que acabas de hacer; ¿para qué sirve? Y dije: lo entiendo, lo respeto. Esto no es lo mío. Colgué escuadra y cartabón: aún duermen en el fondo de armario.

La Música y yo tuvimos un romance muy breve. Ni voz ni oído ni talento. Sin embargo, lo cierto es que pude alcanzar el virtuosismo con la flauta dulce; al menos, en lo que a su uso como arma blanca se refiere. A falta de otras virtudes, mi esencia aristocrática trascendía en mi talento como espadachín. En uno de los duelos a capa y espada que se producían en el pasillo ofrecí una fabulosa lección de esgrima: ¡Zas! ¡Zas! Los flautazos iban y venían, y rasgaban el aire. Me excedí en mi entusiasmo y cuando quise darme cuenta, la flauta de mi enemigo flotaba por el aire, presta a darse contra una pared y quebrarse por la mitad. Conforme a las reglas de la caballería, cedí mi flauta al vencido y quedé para siempre relegado al ámbito de los triángulos y las castañuelas.

La Pintura y yo acabamos muy malamente. Siempre disfruté emborronando papeles; aun hoy es el antidepresivo más potente que conozco. En tanto no se me pusieron delante más retos que los marcados por mi propia imaginación fui un buen estudiante. Pero llegó el fatídico día en que una voz me dijo: "Pinta este puerro". Por supuesto, señora. Y pinté el puerro. ¿Pero qué chapuza es esta? ¿Dónde ves tú un puerro? Vuelve a hacerlo. Volví a mi mesa y rehice el puerro con esmero. Helo aquí, Frau Ring. Lo contempló dos segundos, lo partió en cuatro trozos y lo arrojó a la papelera. Me expulsó de la sala, recomendándome encarecidamente que, de aquél momento en adelante, me dedicara a algo que se me diera mejor. Por ejemplo, la Música.

Y así es como, por eliminación, acabé escribiendo. Cada vez, he reconocerlo, es un poco más cansado. Solía escribir por necesidad, movido por acontecimientos intensos: mi estilo era chispeante, ingenioso y certero. O al menos eso creía yo. No me atrevo ni a mirar los viejos escritos. No me gustaría que cayese mi mito nonnato ante su único admirador: yo.

No hará falta, lector, que te recuerde que Hitler fue un pintor fracasado; Nerón, una incomprendida voz Lírica; que Mussolini pudo ser histrión o galán melodramático y Lenin hubiese sido un comediante prodigioso; Mao, un reflexivo poetastro. Vocación política, como sabrás, no me falta. Por tanto, apiádate no tanto de mí como de la Humanidad, y piensa que no pierdes nada alabando moderadamente a un escritor mediocre, y mucho empujándome a la vía del Mal.
Así que ahí está. El artista como hombre joven. Si alguien me preguntara hoy si soy un artista, me gustaría responderle, reclinado a la sombra de un olivo, con las piernas cruzadas y el aura de la meditación, para dar un resabio de profundidad al manido topos:

-Sí, lo soy. Y cada hombre, a su manera, lo es.

¿Sientes la fuerza del tópico, que me aplasta? Me gustaría que buscases en tu memoria una imagen fugaz y luminosa, tan banal y única como la capturada arriba: un instante cualquiera de tu vida, visto desde fuera. Verías que lo cierto es que el tópico se libra de sus ajados mantos cuando experimentamos de nuevo la verdad que hubo en él.

4. Epílogo: los bárbaros, o insólita metáfora visual.


Los bárbaros eran los hombres. Los civilizados, los salvajes. Y los hijos de los primeros jugamos sobre la ruina de los segundos.

Buenas noches, Occidente.

sábado 18 de abril de 2009

6: Mirage / Espejismo

Tentativa de esquela1. Ascensión a la cima

Teníamos veintidós años cuando llegamos a Necrópolis. Compramos un nicho ancho, espacioso, desde donde se divisaba toda la ciudad, y nos sentamos a esperar.

Abajo todo fluía, como un río bien encauzado, o como el flujo y el reflujo de las mareas. Nosotros esperábamos. A veces nos bañábamos en él.
La mujer los niños el perro y el coche unos domingos en familia y otros en casa leyendo el periódico rellenando crucigramas jugando al juego del ahorcado sintiendo un escozor en el cuello o una losa sobre la sien. Siempre tenía prisas por tachar la última casilla.
Y el mundo desde el nicho aparentaba cambiar -no cambiaba- y cada uno de los días era más indistinguible de sí mismo. No hubo histeria, pánico ni gritos: estábamos atrapados en una trampa matemática de Escher.

2. Lucidez y muerte

El momento más lúcido de mi existencia fue en una sala oscura me miraba un rostro gigante del viejo Clint y decía:

-I fix things.

Y cuánto hubiese dado por creerle pero de alguna manera sonaba más convincente cuando empuñaba una Magnum 44.

Los oráculos no hablan dos veces pero yo ya había entendido y creo que todos lo entendimos un poco, cada uno a su manera. Los hombres del pasado dibujaban zodiacos místicos y los hombres modernos tenemos los nuestros hay una zona de las bodas y luego viene la de los bautizos y ahora al final nos acercamos peligrosamente a la de los funerales y no es tan divertido como esperábamos, no hay champán ni viudas cachondas.

Ahí es cuando los lazos de la rutina empiezan a ceder. Después de toda una vida quejándonos por su asfixia, jurando romperlos, cuando por fin se aflojan por su propia voluntad nos vemos desnudos, huérfanos, tratando de recomponerlos.

Y si siempre imaginamos que sería como una batalla, algo terrible y glorioso, trágico y épico, no hay nada de eso. Es una sucia guerra de desgaste donde no se atisba la victoria; una larga guardia en la trinchera a la espera de ejércitos que no se presentan.

Hay rocío en la terraza de mi nicho. Cuando el espejismo de la noche se disuelve, Necrópolis vuelve a ser lo que siempre fue.

martes 7 de abril de 2009

5: Donnafugata





Gravità

La vecchia Italia non cambia mai

Passano i giorni ed niente si altera
Le greggi guardano sotto il cipresso
aqua pascolo il giovane pastore
statue pomeridiane. Aspettano.
Eserciti ballano fanno il corso
del tempo, uomini muorono
Eppur niente si muove.

Sulle terre d'Italia;
Soltanto la terra

trema.

Mattia Colombraro, Poesia scelta

La tierra se sacude mansamente esas molestas criaturas que acarician su superficie. De pronto, todo es un amasijo de rocas, todo es desorden y confusión.

Y nadie acierta a ver el orden que hay debajo.

Un hombre concibió una idea. Una idea nítida de algo que no existía; comenzó a apilar piedras. Vio la hora de su muerte llegada: mandó llamar a su hijo. Ven, hijo mío, y apila piedras. Y le enseñó la visión.

Hombre tras hombre moría, y la tarea recomenzaba. Generación tras generación, los hombres acumulaban piedras, aunque ya la visión aparecía más borrosa. Apiladas las piedras, comenzaron a ser talladas: se elevaron columnas, finas estatuas. Magníficos edificios se levantaron, y la visión de aquél primer hombre se fue realizando: trazados geométricos, el poder de la lógica y la línea doblegaron a la curva y al azar. Sin embargo, mientras la legendaria visión se realizaba, se perdía memoria de la misma. Levantar, construir, pasó a ser el verdadero fin. La legendaria fuerza que pusiera en marcha los resortes y diera un orden al mundo, un sentido a la historia, fue olvidada.

Llegó el día en que la visión fue completada, y nadie lo supo. Entonces la tierra bostezó y se movió; la visión se desmoronó sobre sus constructores. Su obra les sirvió de mausoleo. Las líneas rectamente trazadas se curvaron; los sillares se agrietaron hasta no ser más que rocas. Por entre las rocas creció el pasto, y sobre ellas apareció el ganado. Siglos enteros, el tiempo que tardó la visión en realizarse: un paréntesis.

Cayó la noche sobre Donnafugata. El último pastor, sobre la roca que antes fuera sillar en orgullosa puerta, dormitaba al calor del fuego. Entre las sombras oscilantes el brillo del mármol: los rasgos de un rostro de estatua, dulcificados por las lluvias de siglos.

Aquella noche tuvo una visión. Se levantó a la primera luz de la mañana, y comenzó a apilar piedras.

miércoles 1 de abril de 2009

¿Regreso al futuro?

La guerra de Georgia el verano pasado me pilló en Alemania, y fue una suerte. Imagino que aquí disfrutarían de la poderosa prosa de Maruja Torres o las edificantes peroratas del Buen Federico sobre las hordas criptosoviéticas; gracias a la mayor cercanía de Alemania al conflicto -y no sólo geográfica-, creo que los alemanes pudieron obtener puntos de vista más matizados, elaborados y variados del conflicto que nuestros compatriotas. Uno de ellos me llamó especialmente la atención, aunque no precisamente por su seriedad.

El articulista en cuestión venía a defender que el siglo XXI sería en muchos aspectos una reedición del XIX por lo que respecta a los actores principales -los Estados-nación, frente a los grandes imperios ideológicos del XX- y a los tipos de conflicto, con un retorno a la guerra convencional y centrados una vez más en el acceso a mercados, rutas comerciales, etc.

En aquél momento, como digo, no lo tomé excesivamente en serio. Sin embargo, ahora, amigos de las conspiraciones varias, amantes de los círculos de eterno retorno, hay signos de que algo de razón podría tener: nada menos que el Gobernador del Banco (del Pueblo) de China y Arkadi Dvorkevich, asesor económico del Kremlin, han proclamado en la última semana su apoyo a la vuelta a un sistema internacional de divisas basado en el patrón oro.

Acompáñenos por la fascinante historia de este fenómeno:

1. ¿Por qué el oro?

A lo largo de la historia, las más diversas culturas han utilizado los materiales más peregrinos como moneda: conchas, piedras perforadas, semillas... Sin embargo, al ir entrando en contacto las diversas sociedades entre sí, dos materiales fueron imponiéndose como herramienta favorita para facilitar los intercambios internacionales: el oro y la plata.

Teorías hay para todos los gustos. Los partidarios de la moneda fiduciaria suelen argüir que se trataba de una mera convención en origen; los partidarios del patrón oro, por su parte, aluden a la especial adecuación de estos metales por su alto valor por unidad, su escasez y su liquidez, al ser comúnmente valorados en el mercado para todo tipo de transacciones.

Sea como fuere, el hecho indiscutible es que el oro, en lingotes o acuñado, se convirtió en el medio de intercambio por excelencia en la Edad Moderna y parte de la Contemporánea. Conforme aumentaba la importancia del comercio, la estabilidad de la moneda se convirtió en una cuestión vital: si a la enorme incertidumbre a la que ha de enfrentarse el empresario añadimos una moneda volátil, los incentivos para emprender proyectos comerciales flaquean. La relativa estabilidad de las reservas de oro y plata ofrecía un valor añadido; por otra parte, prácticamente todo sistema bimetalista convivía con monedas de menor valor -cobre o papel moneda- para las transacciones de menor entidad -aunque siempre vinculadas a los metales fuertes- y limitadas al comercio interior.

2. Las fabulosas aventuras de John Law

John Law era un estafador. Su auténtico problema era, sin embargo, que creía en su propia estafa.

Veamos. John Law nació en Escocia en 1671, hijo de un orfebre y banquero. Proverbial bebedor y putero, en 1694 asesinó a un rival en un duelo en Londres y huyó por piernas de país en país, recalando finalmente en Francia. Había dedicado gran parte de su tiempo a dar la brasa con uno de sus panfletos, con el poco comercial nombre de "Money and Trade Considered, with the proposal for supplying the Nation with money", en la que básicamente venía a sostener la falacia de que a más dinero, más riqueza; por lo tanto, la llave para la riqueza estaba en emitir dinero.

Increíblemente John Law halló un atento oído en la inepta persona de Luis XV, aunque es posible que siglos de endogamia jugasen en su favor. Instalado a mesa y manteles en París, Law montó un tinglado económico sin precedentes que haría palidecer las más osadas aventuras inflacionistas emprendidas por los gloriosos monarcas austroespañoles con la moneda de vellón: pasaría a la historia como "la estafa del Mississipi".

John Law empezó sus pinitos como director de la Banque Génerale, a la que el rey había concedido el monopolio de emisión de papel moneda. Financió la masiva deuda estatal, eliminó la convertibilidad a la plata de sus billetes y se ganó la gratitud del rey; en el camino, inició una divertida escalada inflacionaria. Con todo, lo más gracioso estaba por venir: en 1717 fue nombrado director de la llamada Compañía del Mississipi, comenzando a emitir papel moneda de manera aún más alegre. Esta moneda estaba, sobre el papel, respaldada por "las vastas tierras de la Luisiana", pero claro, ¿quién iba a irse a la Luisiana a reclamarlas? Además, tratándose en su mayoría de pantanos infectos deshabitados, ni siquiera podía esperarse renta futura alguna.

La estafa duró tres años: de la noche a la mañana, aparecieron millonarios de debajo de las piedras, incluyendo a Richard Cantillon, emigrado irlandés considerado por algunos el primer economista moderno y experto en negocios turbios. Sin embargo, mientras el fino ingenio de Cantillon le hizo catarse de la burbuja y amasar una enorme fortuna, huyendo a Italia con las alforjas llenas tres días antes de que estallara, Law siguió en sus trece: todo apunta a que era completamente inconsciente de la macroestafa que él mismo había levantado. Cuando en 1720 la burbuja estalló, entre los centenares de arruinados se encontraba el propio Law, que tuvo que huir una vez más para salvar su cuello y murió en Nápoles, todavía dando la brasa con su famosa teoría.

El artículo de Wikipedia presenta una versión de los hechos muy sui géneris, tratando de exculpar al buen amigo Law y culpando a las malas gestiones de Luis XV. Sin negar la veracidad de la historia -si bien es cierto que Rothbard recoge una versión muy diferente-, no puede negarse que el sistema de Law era, de principio a fin, insostenible.

El fracaso de este primer intento de crear una divisa nacional fiduciaria en el verdadero sentido del término -basada en la pura fe de los usuarios, y en poco más- supondría todo un espaldarazo para el patrón oro, haciendo que las recién nacidas bancas centrales abandonaran estas veleidades por el momento. El apogeo del patrón oro se considera el establecido precisamente durante el siglo XIX.

3. ¿La nueva era de John Law?

La posguerra europea llevó al progresivo abandono del patrón oro por parte de unos Estados gravemente endeudados. John Maynard Keynes proporcionó poderosos argumentos ideológicos, y Bretton Woods fue el colofón. El dólar quedaba como única divisa vinculada al dólar. A Tricky Dicky, alias Richard Nixon, le tocó bailar con la más fea: abandonar Vietnam y pagar la fiesta. Sin vacilar, desvinculó al dólar del oro en 1971 para financiarla.

El cambio de paradigma que produjo la revolución conservadora de 1980 arrumbó con el keynesianismo hasta la fecha; sin embargo, el nuevo paradigma neoclásico reformó extensamente el sistema monetario, pero no restauró el patrón oro. Una de las reformas más importantes fue la que llevó a la independencia de los bancos centrales: pasaron de depender del poder político a ser teóricamente independientes.

¿Funciona el sistema? ¿Sobre qué se basa realmente la moneda que emiten estos bancos? Es difícil saber a ciencia cierta en qué se diferencian el billete del dólar del billete de John Law. El potencial desestabilizador de este sistema ha sido puesto de manifiesto en numerosas ocasiones; la crisis asiática del 97, la posterior devaluación del rublo, la crisis argentina del 2001 tras la insostenible decisión de mantener la paridad peso-dólar y... ¿ahora?

Uno de los factores detrás de la crisis está, con pocas dudas, en la política monetaria seguida, con un abaratamiento del crédito y aquella "exuberancia irracional" que tanto sorprendiera a Greenspan. De todas formas, este sistema es aún demasiado joven en tiempo histórico -treinta y ocho años-, y no es probable que sea un simple paréntesis, al menos mientras no se hayan agotado todas sus posibilidades. Los defectos que presentaba el sistema de patrón oro tampoco eran pocos, pero tal vez más adecuados para el modelo actual de división internacional del trabajo y comercio global.

Así que, recapitulando, ¿veremos un regreso al futuro, con una progresiva recuperación del patrón oro?

Resulta dudoso. La razón por la que los Estados optaron por este sistema monetario es simple: les es muy beneficioso a corto plazo. Es una herramienta básica de toda "política económica", permite "monetizar deuda", etc. ¿Aman los estatistas gobernantes de China y Rusia tanto la estabilidad económica que prefieren sacrificar un elemento tan poderoso en su altar?

Pues resulta aún más dudoso. Probablemente estas declaraciones sólo sean una medida de presión sobre el Gobierno estadounidense. La Reserva Federal ha optado por estimular la demanda bajando los tipos de interés prácticamente a cero. Esto, que probablemente no funcione en clave interna, tiene importantes consecuencias para las reservas en dólares de ambos gobiernos; reservas que se devalúan rápidamente a cada minuto que la Fed mantenga los bajos tipos de interés. Mediante este tirón de orejas, tal vez pretendan llamar la atención a Washington, haciendóle saber que ya no le consideran insustituible. Otra cosa es que tengan razón.

No conozco el proyecto ruso más que por el titular, pero Rusia por sí sola poca capacidad auténtica tiene para reformar el sistema. El proyecto chino, por su parte, aboga por recuperar algo parecido a un viejo invento de Keynes, el Bancor, una divisa internacional vinculada al oro, que tropieza con importantes problemas técnicos, no el menor de ellos el hecho de que una entidad como el FMI no tiene la capacidad en estos momentos para respaldar una divisa de esa importancia, ni es probable que la tenga en el futuro; de hecho, ya dispone de algo similar, sin mucho éxito hasta la fecha.

Yo espero sinceramente que esta no sea la era de John Law. Más que nada, porque John Law fue el peor tipo de estafador: el que cae en su propia estafa.