lunes 9 de noviembre de 2009

La última revolución

Cuando ustedes lean estas palabras estaré -si el Dios de las aerolíneas de bajo coste lo permite- pisando de nuevo las amadas aceras de Berlín. Y no será una fecha casual, no; a poco que hojeen periódicos o asomen su nariz al televisor sabrán que hoy, nueve de noviembre, hace veinte años que cambió el mundo.


Para Alemania el 9 de noviembre tiene muchos significados. Tal día en 1918 nació la primera democracia alemana en Weimar; cinco años más tarde -exactamente- se produjo el fallido putsch de la cervecería de Hitler; con el nacionalsocialismo ya en el poder, el nueve de noviembre de 1938 pasó a la historia como la noche de los cristales rotos. Y de pronto, irrumpe el nueve de noviembre de 1989 para romper el maleficio: la última revolución, la revolución silenciosa, incruenta, televisada, espectacular. El último papel heroico de las masas en la vieja Europa finisecular.

Tranquilizo al lector, que conoce ya mi postura sobre el comunismo de sobra. No vamos a hablar de los muertos, las prisiones y las torturas, las vidas destruidas, la sangrante ironía de un "muro de contención antifascista" que sólo contenía a los propios ciudadanos. Ustedes ya conocen todo eso -por algo leen este blog- y si desean la información, saben dónde buscarla. Pero aquí quiero hablar de otra cosa.

Quiero hablar del nueve de noviembre como símbolo; de la noche grande de Berlín como canto de cisne de una etapa, y quiero hablar como miembro de la generación del 88, la que nació al borde del abismo del mundo nuevo.

Cuando yo pise Berlín el nueve de noviembre de 2009 probablemente estará nevado; pero aquél nueve de noviembre en sus calles no hacía frío: lo dicen las fotografías. Al calor de las multitudes no podía hacerlo, mientras atónitas protagonizaban la Historia, incrédulas espectadoras a tiempo real de su destino. Las masas, aparentemente festivas pero agotadas, hacían su última reverencia y desaparecían para siempre de Europa, tras haberla llenado durante dos siglos de esperanza y sangre, ruinas y barricadas.

1789-1989: a pocos se les escapó el paralelismo. Fin de la era de las revoluciones, fin de la Historia... para Europa. El tren se detenía unos instantes en la última parada antes de partir definitivamente de aquí: no corrió la sangre de los tiranos en Berlín -Honecker murió en su cama en un hospital de Santiago de Chile-; tampoco en Praga, Varsovia ni Budapest; pero se hundió el imperio potemkin, el imperio de cartón piedra. Adiós al "Alto Volta con misiles" de Jruschev.


Tardó todavía dos años en caer del todo, muchas veces se olvida; la tarea que empezó la noche del nueve de noviembre -en realidad empezó mucho antes, pero aquél día estalló- tardaría aún algunos años en concluirse; lo haría en forma de tragedia griega en Bucarest -de nuevo un drama televisado-, y para cuando los ecos del seísmo llegaron a Moscú y Belgrado, lo que quedaba del viejo orden cayó definitivamente envuelto en el caos, mientras Europa probaba -por última vez en mucho tiempo, probablemente- el olor de la pólvora y el sabor de la sangre.

¿Se acabó, pues, la Historia en Europa? ¿Fue esta la última revolución? ¿Qué me hace estar tan seguro?

Apuntaría a la demografía en primer lugar -las sociedades revolucionarias son jóvenes, no decrépitas-; en segundo lugar, el centro del mundo se ha desplazado al Pacífico; en tercer lugar, las ideologías que fueron el combustible del hervidero europeo están en franco declive (incluyendo, lamentablemente, al venerable liberalismo clásico). 1979, el año de la ruptura en Irán, podría ser la fecha simbólica del principio del fin de las ideologías universales. Evidentemente todo esto son generalizaciones vagas sujetas a miles de matices, pero el que quiera entender que entienda.

Sigamos, sin embargo, con la celebración. Porque ya la celebración, la manía del aniversario, la veneración estéril del pasado, es un síntoma del cansancio. Se diría que el gran acto del nueve de noviembre de 1989 dejó a Europa exhausta. Un continente envejecido, enclaustrado tras una expansión demasiado rápida, abandonado tras haberse consumido en inmensas llamaradas. De sujetos activos pasamos a sujetos pasivos de la Historia, pasivamente también. Esto no tiene por qué ser malo. Tiene sus luces y sus sombras, como todo.


Así entiendo el marasmo, la aversión a todo riesgo. El estatismo -"de izquierdas" y "de derechas"- que barre el continente... ¿es causa o síntoma? Con la bandera de tranquilizante azul y las doce estrellas nos vamos a dormir el sueño de los justos. Acabó el gran acto, la vida sigue y nuestro tiempo ha pasado. El mundo ha cambiado y Europa vuelve a ser lo que siempre fue: la provincia; ya no la fábrica de sueños. El rincón olvidado de los rezagados, rezumando historia, ahogándose en ella, apoyada en las osamentas de sangrientos titanes fabulosos.



[Esto es un prólogo a una serie de relatos de viajes sobre la otra Europa que se irán publicando a lo largo de la semana: Praga, Budapest y, finalmente, la frontera este: Moscú. Будь здорова!]

domingo 1 de noviembre de 2009

Comienza noviembre

[Fragmentos de Janus, de Karl H. Mustermann]

Estas tierras son nuestras. Eso dice un papel enmohecido, lacrado y sellado, firmado por tres testigos. Estas tierras, donde han muerto tantos de los nuestros, estos muros, edificados con un afán de siglos, nos pertenecen. A nosotros.

Siento que me acompañan legiones porque ahora, después de tantos años, regreso yo al valle lunar que es mi patria y avanzo por un camino polvoriento que sortea trigales, campos en barbecho y colinas desnudas como senos.

La tierra parcheada y el polvo hablan de una sed secular; el cielo, preñado de tormenta, aguarda eléctrico. El camino sube la sierra pacientemente, se calma y descansa brevemente en un recodo batido por el viento; de golpe se cierne sobre el pueblo encaramado en la colina enfrentada.

Cada tierra tiene su ley, cada enclave su lenguaje. Yo empiezo a balbucir el mío, olvidado, a la vista de las casas de adobe, la iglesia de piedra y un muro coronado. Una llama verde, un elevado ciprés, se cimbrea al viento. El nuestro.

Los álamos blancos vacilan mientras cruzo el arroyo al fondo del valle. El cielo se desboca al subir la cuesta entre las castigadas casas: en el aguacero mi caballo baila encabritado, mientras bebe ansiosa la tierra hasta saciarse; por las comisuras se arrastran oscuros torrentes limpiando una suciedad antigua.

En el umbral me recibe la Anciana.

Cubierta de negro, no sonríe. Pero me dirá más tarde:

-Has tardado veinte años en volver; contigo volvió la lluvia.

Esto no lo he olvidado.

[...]

*************************************************************************************

[...]

Día de muertos.

¿Quién guarda su fortaleza blanca? Una inmóvil armada de cipreses silenciosos, curvándose respetuosamente al compás del sendero. Los altos muros encalados. Y otra fuerza silenciosa.

Es a este lugar que los vivos peregrinamos cada año para renovar un ancestral vasallaje con los muertos. Suenan las campanas al filo de la medianoche; una voz recorre las viejas casas de pedernal y adobe:

-Tu reloj, Jesús mío,
principiar quiero...

Una voz hecha de muchas voces: un místico animal negro; morosa y danzante oruga de cien rostros y cien luces empuñadas por frágiles manos.

-A las siete, la cena;
los pies lavasteis...

Goyescas ancianas en penumbra de noche de sabbath; pareciera que siempre fue así, que siempre los cirios iluminaron estos rostros desdentados cubiertos de arruga y sombra, sombra, envuelto todo en sombríos paños. Y un capellán llevaba la cruz en cabeza, pero ya no hay capellán -tal vez el que hay ya no cree en supersticiones y no escucha la voz entre trago y trago, mientras enclaustrado entre humo y golpes de cartas añora amargo sus días de seminarista.

Y avanza la procesión sin cabeza, conociendo por instinto su destino. En cada cruce se detienen; sus voces traen a la vida una tragedia honda, condenada a repetirse con cada nuevo año y a extinguirse; siempre igual y siempre nueva.

-A las doce te cargan
con el madero;
ya cayó Jesús mío,
por mis tropiezos.

El hombre flaquea. Perece.

-De la cruz a las cinco
te han desclavado.
Tu difunta hermosura
venga a mis brazos.

Se marchita.

-A las cinco te bajan
del Sacro Leño.
Prepara gran Señora
brazos de afecto.

A las seis te sepultan
¡Oh Madre Tierra!
¡Oh Madre de amargura,
mar de tormentos!

Y siempre, al llegar a este punto, se hace el silencio; ante las puertas del cementerio, la promesa de la resurrección parece blasfema. Queda sugerida, se esfuma en el aire. Algunos repetirán los versos para sus adentros, ingenuas palabras de otros aprendidas con esfuerzo y apenas comprendidas; los más alejarán el pensamiento, para no perturbar la dignidad inmóvil de la fortaleza.

Al cruzar la cancela el místico animal se desparrama en puntos de luz; a lo lejos el camposanto es un pálido reflejo del cielo. Con un dolor pagano nunca extinguido depositan las ancianas hogazas de pan sobre la tumba del hijo muerto; flores vivas ante la del marido; ofrendas secretas ante el vecino, el amigo, el amante suspirado a lo lejos, el desconocido del que se siente piedad. Símbolos arcanos para rescatar vidas de la piedra y el musgo durante unos instantes: un par de zapatos, tres espigas y un lazo; cada uno busca su muerto y conversa, hilo de palabras que se retoma de año a año, que sigue como si nunca se hubiese interrumpido y que seguirá, a la luz de la luna, hasta que la paz y la nada acaben con la pálida intimidad y pase uno mismo a habitar la fortaleza.

-¿Cuáles eran las últimas palabras que cantábais antes de cerrar la puerta, cuando amanecía húmedo y gris noviembre?

Sola y triste has quedado,
Reina del Cielo.
Llora sangre la Luna
que el Sol se ha puesto.

El reloj se concluye,
sólo nos falta
que a sus golpes y avisos
despierte el alma.

lunes 26 de octubre de 2009

Dos críticas

1. Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto (1970)

Abajo a la derecha hay una lista cronólogica de lecturas. ¿Sus fines? Diversos. Fardar, sin ir más lejos. También sirve para ayudar a entender la inspiración detrás de lo que aquí se escribe, y así de paso hacer sentirse al influenciable autor algo menos culpable del secreto vicio del plagio. Sin embargo, como no sólo de lecturas vive el hombre -también está el cine- este propósito es necesariamente incompleto. Para descargar temporalmente mi culpa, escribo esto: el texto "Hora de jugar" no existiría sin una magnífica película italiana injustamente olvidada, ganadora del Oscar en 1971: "Investigaciones sobre un ciudadano por encima de toda sospecha".

En una de las calles más bonitas de Roma (Vía del Templo, 1, esa dirección ya nunca se olvida) el jefe de la Sección de Homicidios de la ciudad asesina a su amante el día de su ascenso. ¿El motivo? Se aburre. Quiere poner a prueba el sistema, y para ello empieza a dejar pistas por toda la escena del crimen.

Sin embargo, el comisario descubre para su desesperación que está por encima de toda sospecha. Cuanto más se empeña en recibir su justo castigo por el crimen, más se aleja de conseguirlo. Su experimento, que había comenzado como un juego fruto del aburrimiento y la frustración, pasa a convertirse en algo más serio, existencial. El comisario quiere o bien su castigo, para demostrarse que el sistema funciona y siempre ha servido al bien... o bien demostrarse que efectivamente está por encima de toda sospecha, pues es un hombre superior. Del bufón al héroe hay un paso que nuestro protagonista cruza incansablemente, de un extremo a otro.

Olvidé mencionar otro hecho clave: su ascenso es al departamento de asuntos políticos. El máximo subversor se convierte en el encargado de la lucha contra la subversión. Aparte de ofrecer escenas deliciosamente delirantes -la contabilización de los eslóganes políticos de la ciudad de Roma, en la que de pronto aparecen unos misteriosos vivas a "un tal Sade". Es precisamente esta profesión la que le lleva a convencerse de su naturaleza de hombre providencial, a esfumar sus dudas.

Hasta que... se enfrenta a su némesis. Durante una magistral escena, el interrogador pasa a ser el interrogado en cuestión de instantes. Sólo un joven revolucionario "anarchico-individualista", Antonio Pace, ha sido testigo del crimen; el comisario lo detiene ilegítimamente (torturando a uno de sus compañeros en otra de las escenas más celebradas de la película, al grito de: "¡Tu non sei un cavallo, tu sei un cittadino democratico!") para tener la oportunidad de hablar con él. Sin embargo, el joven Pace le castiga de la forma más cruel: negándole la posibilidad de castigo. Sale victorioso del enfrentamiento con el comisario.


Escena de la tortura. Comienza con la inolvidable observación: "Divide y vencerás. Llevan sólo dos horas encerrados pero ya se han escindido en cuatro facciones. Es como una reacción en cadena."

La única vía restante es... la confesión. Abierta y explícita, ya que nadie se atreve a cuestionarle. El Ministro y sus jerarcas vienen paternalmente a su villa a reprender al corderillo desviado; todo queda olvidado tras tres suaves tirones de orejas; el mundo girará. Al borde de la cama, el comisario despierta de esta ensoñación y queda abierto su verdadero destino a la interpretación del espectador y su fe en las instituciones.

Investigaciones... es muchas cosas; un thriller tragicómico, un drama existencialista y también un ejemplar del cine trasnochado por excelencia: el cine político. Pero dos cosas diferencian a esta película de tantas de sus coetáneas: su sentido del humor y el hecho de que uno pueda llegar a estar del lado del encantador villano, pobre criatura en busca de un castigo que no le puede ser concedido.


Defectos: un metraje excesivo. Ventajas: algunas de las escenas más lúcidas que el cine político ha podido ofrecer jamás. Punto para Italia; en un momento en el que el laberinto italiano parece más enrevesado que nunca, no está de más recordar que, en realidad, la política italiana siempre, desde los tiempos de los Césares, ha sido un lodazal. Tal vez los italianos, cansados, ya no hagan películas como estas. Pero mucho de lo que dijeron en en 1970 vale para hoy.

Para concluir: mi escena favorita. Magistral actuación de Gian Maria Volonté, sólo frente a la cámara; "REPRESSIONE É CIVILTÁ". La represión es civilización. En un tiempo en que la palabra "fascismo" se ha banalizado, es hora de volver a recordar lo que auténticamente fue, y andarse con pies de plomo a la hora de usarlo a la ligera. Bienvenidos al laberinto italiano:




PD: la idea de lanzar detenidos por la ventana de nuevo no es original; aparece en el cortometraje que se emitía junto a la película: "Tre ipotesi sulla morte di Pinelli", olvidable recreación de las tres versiones de la muerte en comisaría de un anarquista emitidas por la policía (y, como demuestra la recreación, manifiestamente incongruentes). No pasará a la historia, ciertamente.

2. La cena (2009)

La segunda crítica será breve; no sabía realmente dónde ubicarla. Hablamos de "La cena", la última de Albert Boadella y sus muchachos que todavía están a tiempo de ver en el Teatro Principal de Valencia. A favor: Els Joglars son probablemente la mejor compañía de teatro de este país. Albert Boadella tendrá todos los defectos que se quiera pero es uno de los dramaturgos más interesantes del panorama español actual. Dicho esto... la obra me decepcionó.

No por los actores y la puesta en escena, que como he dicho son impecables como siempre, sino exclusiva y estrictamente por el guión. Boadella dispara perdigones de calibre grueso contra la ecoprogresía tartufil y se echa en falta un poco más de sutileza -hacer bromas a costa de Rigoberta Menchú está al alcance de cualquiera. Todo muy deslavazado, muy poco coherente, o llevando la acusación demasiado lejos -no destriparé la trama, pues pese a todos sus defectos recomiendo verla- pero el "secreto" del cocinero-gurú de la sostenibilidad... en fin, se ve venir, y no acaba de hacer justicia a nuestros estimados amigos los socialdemócratas.

En definitiva, sr Boadella, usted es capaz de algo mejor, ya lo ha demostrado antes, y esperamos mejores cosas de su próxima producción. Cálmese, tome los vientos de la Meseta, y póngase manos a la obra.

domingo 25 de octubre de 2009

Hora de jugar

(En el capítulo anterior: tras el espectacular asesinato de Barbie en su mansión, el comisario Vader y su inseparable Watson inician una investigación que desvela los oscuros manejos que oculta la respetable fachada de la casa Barbie; al tiempo que comienza una trepidante persecución del ciudadano Ken, principal sospechoso del crimen, al que consiguen atrapar en el último momento)



II. El mismo poliuretano

Aquella noche recibí una llamada de Gloria. Debes dejarlo, me dijo. Es demasiado para ti. No puedo, Gloria. Por ti, por mi. Debo acabar lo que he empezado. Le hablé de la justicia y del deber. De cómo a veces tenía la sensación de vivir en una mala parodia del cine negro. Los peces grandes no deben escapar por las redes que atrapan a los chicos. No es sólo por eso, me dijo; es tu trabajo, no te veo en mucho tiempo, ya casi nunca lo hacemos. Lo sé, Gloria, lo sé, debías haberlo sabido cuando empezaste a salir con un tullido contrahecho. No, no es por eso, dijo ella de nuevo, es que ya no me encuentras atractiva. No, no Gloria, eso nunca. Pero, dijo ella, es que nunca me has encontrado atractiva, ¡tú no eres un hombre!

Soy un hombre, Gloria. Algún día te sorprenderás de hasta qué punto lo soy, le dije. Te llevarás una sorpresa. Hubo un silencio al borde de la cama y colgué.

Llegué al trabajo con una nube sobre la cabeza. Los interrogadores deberían haber estado toda la noche trabajando al detenido, que a estas horas estaría a punto de caramelo. Al entrar en la sala insonorizada, me sorprendo de verle sentado frente a mí en el taburete de plástico sin respaldo, con la cara amoratada pero todavía erguido.

-Buenosz díasz comisadrio...
-¿Algo que declarar, Ken? ¿Algo que quiera contarnos?
-Huhuhuy, doctor, ¡una barbaridad de cosas! ¡Ni se imagina! Rock Hudson: ¿gay o hetero?
-Por Diosss...

Desesperado, me llevo las manos al casco. Nunca había visto a alguien resistir tan bien un interrogatorio. En el cuerpo tenemos un lema: los pajaritos dicen pío pío... cuando tienen hambre, cuando tienen frío. Vale, puedo que no sea lo último en cuanto a lemas. Pero funciona. Y vaya si cantarás, muchacho. Me levanto de la silla, abandono la sala y se inicia una sesión de waterboarding en el retrete hasta que pida clemencia. La justicia prevalecerá.

Cuando vuelvo a las dos horas sigue negándolo todo. Es un tipo duro.

-Desnúdenlo.
-¡Uy, comisario, es usted un encanto! ¡Lobaaa!
-La manguera.
-¿Temperatura, señor?
-Helada.

Los gritos de demente resuenan dolorosos en la habitación. Noto la presión deslizarse por la manguera entre mis dedos, el poder... sí... es casi erótico.

Watson, a mi lado, traga saliva y dice con su voz de eunuco.

-Señor... ¿no cree que ya basta?
-No.
-Señor... creo que no ha sido él.
-¿?
-Mire su minúsculo pene.
-...
-¡Mire, mire!
-Es una reacción natural al agua fría, querido Watson. Se encoge. De todas formas ya tenemos a este canalla. Ahora confesará...
-¡Señor! ¡Créame! ¡Es inocente!

Me zafo de su mano que me agarra.

-Es usted repugnante, Watson. Repugnante.

Ordeno apagar la manguera. Sobre el pavimento mojado se acurruca Ken, moviéndose rítmicamente. Me complazco. Su voluntad ha sido destruida.

Ya no llora. ¡Ahora se ríe!

Me siento en la mesa frente a él y tamborileo impaciente mientras los guardias le incorporan en el asiento. Quedamos frente a frente.

-Ken. Esto me duele a mí más que a ti. Tú puedes hacer que todo esto acabe. Sólo tienes que firmar aquí.

Me mira estúpidamente sin comprender.

-Deja de hacer el canelo, Ken. Esto es serio. Tú y yo lo sabemos. Es tu vida lo que está en juego. Sólo tienes que decírnoslo todo. La mataste, ¿verdad? Porque no eras lo bastante hombre para ella. Ella quería más, y más, y tú no podías dárselo. Dilo, Ken, dilo. Dilo y todo acabará. El castigo es bueno, Ken.

Me mira lúcido de pronto. Se ríe.

-Tú.
-Traed la plancha.

Watson llora y se tapa los ojos mientas la plancha ardiente se aproxima a la cabeza del prisionero. El chisporroteo se confunde con su grito agonizante mientras su cara se va cubriendo de burbujas y sus hermosos cabellos rubios se inflaman. La mitad del rostro se derrite y el olor a plástico quemado va inundando la sala.

El cuerpo queda inmóvil. Sólo se escucha a Watson llorar ya.

-¿Te daba por el culo, Watson? ¿O eras tú el que le dabas a él?
-¡Calla!
-Lo he sabido desde el principio, gusano. Tu doble juego.

Me acerco amenazante.

Entra el doctor Risitas con papeles en la mano.

-Señor -dice- el resultado del informe forense. Barbie fue violada con un sable láser.

Watson retrocede furioso.

-¡Tú! -histérico- ¡Tú!

Le doy una bofetada.

-Cálmate, memo, y escucha.
-¡No! ¡Tú! ¡Tú! Él... -rompe a llorar.
-Doctor Risitas, 250 gramos de diacepán por intravenosa. Cálmelo.

La dosis que le inyecta el risueño médico-payaso hace entrar a Watson en estado de trance.

-¿Por qué? ¿Por qué tú? ¡Tú!
-¡Yo! ¡Yo! ¡Por supuesto! ¿Qué esperabas? ¿El mayordomo? ¡No! ¡Mejor aún, el tullido! Original, ¿no? Se reía de mí, como se reía de todos. Pero yo demostré que era mejor. ¿Quién sino yo podría haber perpetrado este crimen y salir impune? ¿Quién sino yo, el justiciero, puede romper la justicia?
-Estás podrido, Vader. Se te ha subido a la cabeza el poder.
-No lo entiendes, necio. Estás cegado por esta conversación estándar en torno a tópicos sobre la naturaleza del poder. Han de prevalecer la ley y el orden; y en esta ecuaciuón, el pronombre YO es equivalente a los sustantivos LEY y ORDEN. YO soy la LEY. Lo que YO creo es ORDEN. Así, ¡zas!

Chasqueo los dedos.

-Doctor Risitas, usted...
-¡Él se la tiró conmigo, tontaina! ¿No lo ves? ¿Qué más necesitas? Tendrías que haber escuchado sus gritos mientras la penetraba con su nariz de payaso.

Risitas se pellizca dos veces la nariz, que emite dos graciosas onomatopeyas: "¡Twitu, twitu!"

-Sí, Risitas es un payaso listo, sabe qué lado le conviene. ¿Y tú, Watson? ¿Lo sabes?
-¿Lo sabes?
-Lo sé.

Se levanta, me estrecha la mano, mira el cadáver del que fue su amante y dice:

-¿Acaso no estamos hechos todos del mismo poliuretano? ¿Acaso no somos todos productos Mattel?
-Lo somos. Lo somos, Watson.
-Tenemos un cadáver que ocultar. Lo tiraremos por la ventana. Diremos que fue un accidente. Un suicidio, tal vez.
-¿Las quemaduras?
-Si el cadáver no está lo suficientemente desfigurado al llegar al suelo, lo metemos en la trituradora de carne y Risitas redactará un nuevo informe forense.
-Elemental, querido Watson. Elemental.

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A marido y mujer los enterramos el mismo día, ante todo el pueblo. La familia Pinipón fue acusada del crimen; a lo largo del juicio se desveló que eran inmigrantes ilegales y se suicidaron en prisión antes de ser deportados. El crimen fue esclarecido, pues, y el mundo siguió girando.

Pero aquella tarde, entre los cipreses, mientras las paletadas de tierra sumergían a nuestros amantes y sofocaban esa risa ácida que se mofaba de mi tullidez... con cada una de ellas se hundía nuestra inocencia, nuestras ilusiones, nuestro amor; Watson y yo éramos ahora los oscuros amantes: volvíamos de entre los nichos a nuestro particular inframundo y nuestras podridas lealtades, deseando el uno la muerte del otro, de la unión por esa hiedra de acero que nos había convertido en inseparables.

viernes 23 de octubre de 2009

Hora de jugar

I. Ciudadano Ken

Barbie ha sido brutalmente asesinada. Su cocina de diseño está en el más absoluto desorden. Sepultado en algún lugar entre sus complementos se oculta su cuerpo: cruelmente mutilada y violada antes y después de morir, su agonía debió de ser larga y dolorosa. Sí, me digo. El culpable de este crimen habrá de pagarlo duramente. Lo lamentará durante mucho tiempo, nena. Te lo prometo.

Watson vuelve conmigo a la escena del crimen después de haber vomitado en el baño. Recuerdo el día que lo compraron: figuritas de acción Grandes Maestros de la Literatura, en el quiosco a plazos con Planeta de Agostini. Madame Bovary en la segunda entrega, pero la segunda entrega nunca llegó. Habríamos podido hacer grandes cosas tú y yo, Emma. Grandes cosas. Pero no pudo ser. En su lugar tengo a Watson, el orondo sodomita. No es lo mismo. No es lo mismo.

Oigo mi respiración pesada tras la máscara mientras Watson enumera sus hallazgos. Ken ha desaparecido. Hay rastros de botellas rotas por toda la casa; el fabuloso descapotable rosa no está en la mansión Barbie. ¿Alguien vió algo? ¿Los vecinos, tal vez?

-Se niegan a hablar, Lord Vader. Tienen miedo de algo. O de alguien. ¿Quién podría hacer algo así? ¿Acaso no somos todos del mismo poliuretano? ¿No somos todos productos Mattel?

Habremos de enfrentarnos a un supervillano del mal. Lo sé. Percibo una conmoción en la Fuerza. Me aproximo a la ventana y veo cómo dos empleados del sanatorio suben a alguien con camisa de fuerza a una ambulancia. Watson se me aproxima:

-Es el único testigo. Un furby del servicio. Al parecer lo vió todo; sin embargo, no hemos podido sacarle nada. Parece haber perdido la razón. Sólo farfulla incoherencias: ¡Hambrie, hambrie!

Sí, amigo. Yo también tengo hambre. De justicia. Detrás de estos calzones de cuero hay un corazón sensible.

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Ken es el principal sospechoso. Su huida tal vez explique muchas cosas. Pero no es lo único turbio de este asunto, pienso mientras nos dirigimos al Fuerte de Playmobil para recabar ayuda del Ejército. Aquí hay muchas cosas que apestan, y habrá que tirar de la manta.

La primera duda que nos ha asaltado es: la pasta. ¿Cómo podía una mujer florero anoréxica y su compañero -decorador de interiores- mantener ese tren de vida? Todo el mundo conoce las fiestas de la Mansión Barbie, su desenfreno, la cocaína. Dicen que ella es familia de Klaus Barbie y tiene parte del oro de los nazis, pero lo dudo. Watson revisa los documentos mientras conduzco.

-No lo entiendo -levanta por fin su vista miope de los papeles- todas las propiedades del matrimonio están registradas a nombre de una empresa con sede en las Islas Caimán.
-Bingo, querido Watson. Bingo.
-La verdad, prefería lo de elemental...

Mis abrasados lacrimales derraman sendas gotas. Me trae recuerdos de Eton, las noches locas con ketamina y yo al margen, preparándome para Derecho en Oxford entre el desprecio general. La sociedad sobrevalora a sus yonkis. No es justo. No lo es.

-Watson, Holmes está en desintoxicación en Santa Rosita y no volverá. Afróntalo.
-Claro, claro -dice confuso.
-Envía un telefax a la central, que sigan la pista a esas cuentas. Quiero saber quién está detrás de esto.

Aparcamos el Tie Fighter a las puertas del Fuerte de Playmobil donde nos recibe el mayor con desconfianza. Le explico el caso.

-Sinceramente, eso no es de nuestra jurisdicción.
-Hablamos de una mujer. Brutalmente asesinada.
-No es nuestra jurisdicción.
-Deje de sonreír al menos, maldita sea.
-No puedo. Me hicieron así. Una de las desventajas de tener manos prénsiles...

Sí, pero no alcanzas para tocártela, desgraciado.

-Dígame, hemos emitido una orden de búsqueda y captura contra el ciudadano Ken. ¿Podemos contar con su ayuda y la de sus hombres?
-Hm...
-¿Y bien?
-No cuente con ello. Nuestra tarea es mantener la ley y el orden. Tenemos la vital misión de asegurar que los trolls de color oscuro cumplen con el cometido que les ha asignado la sociedad: ¡recoger algodón en nuestras plantaciones a cambio de vivienda y manutención! De ello se nutre nuestra economía.
-Mayor, esto no quedará así. Está rehusando colaborar con la justicia.
-Lord Vader, usted sabe que la justicia nace de la boca de los cañones, y resulta que los cañones los tengo yo.
-Quiero la cabeza de Ken, y que responda por lo que ha hecho.
-No sabe dónde se está metiendo, Vader. Palabra que no lo sabe.
-¿Es su última respuesta, Mayor? ¿Me está pidiendo que abramos diligencias contra usted por obstuir una investigación federal?
-¡Váyase al diablo, Vader!

Se aleja furioso.

-¡Se lo advierto! No se entrometa en mis asuntos... ni en los del ciudadano Ken. Hay gente demasiado influyente. Demasiado.

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Según fue pasando la semana empezaron a emerger jugosas informaciones. Contratos ilegales para reciclar los deshechos de Play Doh. Cheques a nombre de armadores panameños que resultaron fletar barcos piratas avistados en la costa somalí. Todo muy, muy sospechoso. De pronto empezó a quedar claro que los cimientos de la Mansión Barbie estaban edificados sobre basura. Recibimos varias pistas sobre el paradero del ciudadano Ken, pero siempre lograba escapar en el último momento. Había un topo entre nosotros. Tenía que desconfiar.

Mi informante anónimo me citó en la casita del té a las seis. Resultó ser un poni unicornio rosa. Mientras me hablaba contemplaba su imponente cuerno y pensaba: con algo así debieron violar a Barbie. Un objeto contundente.

El chivatazo del poni rosa resultó acertado. Ordené a Watson que se reuniese conmigo en la granja de Pinipón sin revelarle el motivo de nuestra misión. Al llegar allí, ya me esperaba nervioso; las cerillas quemadas en el suelo eran una exclamación de impaciencia.

-¿De qué se trata?

Le ordené callar con una seña; aparcamos en las afueras y entramos en la descuidada granja. Se nos acercaron el señor y la señora Pinipón llorando.

-¡Ay, por favor, señorito, no tenemos nada!
-Buscamos a un hombre...

Watson temblaba de excitación.

-Señorito, somos pobres. Los soldados vienen y se llevan lo que quieren. Y si no tenemos con qué pagarles, cogen a Fernanda y...

Me vino a la mente la imagen del mayor, más odiosa que nunca.

-Buscamos al ciudadano Ken. Traemos una orden de registro.
-¡Pero el ciudadano Ken fue siempre un buen amito! ¡Nos permitía pagar el arrendamiento a finales del mes siguiente si tardábamos! ¡Es el padrino de mis dos hijas, mírelas qué lindas nomás!
-El ciudadano Ken es sospechoso de asesinato; tendrá un juicio justo y responderá de sus cargos, como todos los demás.
-¡No! ¡No! ¡Ándale, no, no, nunca!
-¡Deprisa, Ken, vienen los federales!

Extraje mi sable laser reglamentario y prendí fuego a un montón de avena seca en el soportal. La granja de Pinipón empezó a arder furiosamente.

-Quedan ustedes detenidos por cooperar con un sospechoso fugado... Watson, espóselos.

Pero mientras corrían despavoridos, Watson tuvo que abandonar su tarea, porque del sótano en llamas emergió entre la humareda el criminal, con la camiseta hawaiana rasgada y sus tonificados pectorales bañados en sudor confundiendo mi percepción de la Fuerza.

-Hola, reinas. Pero qué pillo es usted, comisario...
-Ciudadano Ken, decorador de interiores, edad desconocida, fabricado por Mattel, número de serie 45436230, queda usted detenido acusado de asesinato.
-Lo que tú digas, reina. A mandar. Me ponen taaanto los uniformes...
-Tiene usted derecho a guardar silencio y a la asistencia de un abogado. Ahora recibirá los bastonazos de porra reglamentarios; grite "¡No!" si acepta...
-¡No! ¡No! ¡Pare!
-Tome nota, Watson. La detención se realizó conforme a reglamento.

Y mientras le reprimíamos para introducirle en la nave patrulla, suspiré con la satisfacción del deber cumplido. Ahora quedaba lo más difícil: hacer que confesara su horrible crimen.

(Continuará)

martes 13 de octubre de 2009

El poder de los Zetas

III. Tecún Umán

Un sol húmedo emerge sobre la selva y los tejados de zinc. Va disipando la niebla matinal y empiezan a perfilarse imposibles siluetas recortadas avanzando río arriba. Una interminable procesión de gondoleros desafía a la corriente sobre balsas de neumáticos, la línea de flotación sumergida bajo el peso de innumerables fardos.

El hombre alto bañado de sudor observa la insólita escena a la sombra de las ruinas calcinadas de un edificio. A su lado, el inspector de aduanas dormita en una mecedora en el improvisado muelle.

-Y... ¿esto, señor Aguilar?
-Vienen de la frontera norte, desde Chiapas, hasta el mercado de Tecún Umán. Todo el camino desde Tapachula, o hasta de Puerto Madero...

Hace una señal a un barquero taciturno, que responde sin inmutarse mientras salta a tierra y empieza a descargar la balsa.

-...con el peso bajo, les sale más rentable que ir hasta el mercado de Ciudad Hidalgo.

Con desgana, se levanta y se acerca al barquero, que le alcanza unos papeles estrujados. El aduanero, sin dejar de hablar, sigue su camino; mete la mano aleatoriamente en algunos sacos, la hunde hasta el codo y saca, acariciándolos, los dorados cereales, que se derraman por entre sus dedos.

-Es ilegal, pero es un trabajo para esta gente.

Se acerca a otro barquero, cruzado de brazos, pero este niega firmemente con la cabeza, sin mirar a los ojos. Aguilar no pregunta, y vuelve junto al gringo, que rumia algo intentado pensar en el calor.

-¿Pero usted no debería...?

Aguilar le mira, afable bajo el ancho sombrero, y rompe a reír.

-¿Quiere que le cuente la historia del último hombre que trajo la ley y el orden a Tecún Umán, señor periodista?

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Eran los días de la guerra civil y llegó en una camioneta militar oxidada con matrícula de ciudad de Guatemala, sentado entre seis soldados con ametralladoras. Tal vez no fuese imponente y tratase de disimular este defecto tras unas gafas de sol a las que rara vez renunciaba. Tal vez fuese otro el motivo.

Entró a la comisaría y reapareció tras unos instantes con sus hombres escoltando a tres oficiales de policía a los que públicamente arrancó sus armas, sus insignias y golpeó y humilló ante la multitud que se había formado. Mientras, el río corría apaciblemente.

Aunque distaba de estar clara su auténtica graduación, y probablemente no pasaría de teniente, le llamaban Comandante González, que es el nombre honorífico que de Tierra del Fuego hasta el Río Grande el pueblo agradecido da a caudillos y hombres providenciales. Era uno de aquellos Kaibiles, tropas de élite mandadas a limpiar el monte de insurgentes y los barrios de bandas. Labró su fama dirigiendo personalmente a sus muchachos de gatillo fácil en las cacerías entre arrabales o en el monte, hasta la frontera; fue allí donde trabó amistad con algunos federales, que tan útiles le serían en el futuro.

Bajo su mando, nunca un juez de instrucción tuvo menos trabajo, ni estuvieron tan vacías las celdas. Solía decir, señalando con vaguedad la selva: ahí hay tribunal suficiente. O: Dios es testigo, y con eso basta. O también: no hacemos errores, los hacen ellos, le gustaba decir.

A veces aparecían cuerpos en las afueras, entre bandadas de zopilotes; a veces a un ladrón le rompían las manos a bastonazos, para que aprendiera. El pueblo lo amaba. No necesitaba guardaespaldas. Le gustaba fotografiarse en los mercados, rodearse de niños en los colegios. En sus gafas y en su fraternal bigote el pueblo podía ver a un Padre del que enorgullecerse.

Llegó la paz. Su lema pasó a ser: silenciosamente. Las maras podían seguir existiendo: pero sin disparos a la luz del día; silenciosamente. En Tecún Umán podías delinquir, robar, prostituir, estafar, matar: pero silenciosamente. El pueblo lo amaba.

Llegó el día en que, al otro lado de la frontera, en Tapachula, apareció un cadáver en un tubo de cemento. El hombre muerto había sido director de inmigración antes de morir acribillado. Hubo furor al otro lado de la frontera: rodaron cabezas, se encarceló a gobernadores y el Ejército federal empezó a patrullar las calles. Hubo detenciones, se requisaron arsenales. Los periódicos del Estado de Chiapas proclamaron la victoria.

Los Zetas cruzaron la frontera por la noche. Dicen que el encuentro entre los viejos veteranos de la guerra de guerrillas tuvo lugar en un claro no lejos del río. El Comandante González llegó en la misma camioneta que le llevara a Tecún Umán hacía años; el viejo Comandante Arriaga, a pie desde Ciudad Hidalgo. La reunión entre los comandantes fue breve y productiva; se selló el acuerdo. Los Zetas respetarían la ley y el orden; y a cambio podían seguir con su negocio. Silenciosamente.

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-¿La cocaína?

Divertido, Aguilar se volvió al periodista.

-¿La coc...? ¡No, hombre, aquí no! ¡Aquí no se dedican a eso, son coyotes!
-¿Entonces? -El europeo le miraba, sin comprender.
-¿Usted quiere cruzar la frontera? Le ayudan. De Tecún Umán a Tapachula, de allí al ferrocarril de Arriaga y luego... quién sabe. ¡La vida espera al otro lado!
-Pero... ¿qué negocio es ese? ¿Y si buscan otro guía, o lo intentan solos?

Aguilar se reía.

-No, no, no lo ha entendido. Si ellos no le ayudan... usted nunca llega. ¿Eh?

Los últimos sacos habían sido descargados y la improvisada flotilla se alejaba ya por donde había venido. Aguilar tomó asiento.

-Todavía no me ha contado qué sucedió con el Comandante...
-Pasaron dos cosas. Una, en la capital desmovilizaron al Ejército y tuvo que despedir a muchos de sus muchachos. Y dos, las cosas se normalizaron allá arriba, y Tecún Umán dejó de ser importante. El Comandante dejó de de percibir sus ingresos. Luego, otros dicen que anduvo por ahí liada una de sus queridas, que quiso ir al norte y la atraparon los coyotes, que hicieron lo que suelen hacer en estos casos con las mujeres lindas, o no tan lindas; pero no crea a los que dicen que las guerras se empiezan por una mujer...
-...aunque sea una estatua y vaya vendada, y empuñe una espada y una balanza. -pensó el extranjero, meditabundo.
-El caso: el Comandante puso precio a la cabeza de Arriaga. Arriaga, a la suya. Triplicó la oferta. González, aquí en el muelle, requisó un día una mercancía que no debía. ¿Ve aquello?

Señaló los restos calcinados a sus espaldas.

-Era la comisaría. Dentro estaba González cuando la multitud vino a buscarle, el pueblo que le idolatraba. Lo colgaron de un poste antes de bañarlo en gasolina.

Aguilar lió un cigarro y, pacientemente, siguió mirando el río fluir.

domingo 11 de octubre de 2009

Bajo la influencia

[Tres delirios rescatados]

1. Un sueño

Una casa entre dos canales infinitos. Suelo de ladrillo rojo; dos paredes blancas desconchadas y, en el lugar de las dos que faltan, mirando a los canales, barrotes negros.

Llegaba por la mañana, con un sol brillante reflejándose en el mar y en los charcos. Los barrotes chirriaban al abrirse y entraba a una sala interior que no había podido apreciar desde fuera: la luz de una ventana alta, una cama mullida y unos estantes sobre ella, repletos de libros y música. Los miraba, los admiraba: en el sueño creía conocerlos, pero nunca han existido. Pasaba al salón, donde ahora había una mesa con lujuriosas frutas. Había llegado la noche. Una noche en penumbras, entre amigos, a la luz amarillenta de unas velas, que velaban amplias zonas de sombra. El color, el color y la luz eran muy importantes en el sueño.

¿Quiénes eran, quiénes eran los que cenaban conmigo en la sala de los barrotes a la luz de las velas? No lo sé. Íbamos y veníamos, de la habitación interior al comedor; una de ellos era Julia; me daba dos besos en las mejillas antes de irse.

Porque al final todos desaparecían. La marea empezaba a subir silenciosamente entre los canales y ya no había más luz que la de la luna sobre el agua que anegaba el pavimento.

Luego era otra vez de día. Renovado, fresco y en calma, los charcos de la inundación reflejando otro sol brillante: todo volvía a tener su colorido distinto y único.

2. Otro sueño

Era otra ciudad con canales; había estallado la peste. Surcábamos la ciudad en una barcaza los supervivientes; veíamos ratas por las aceras, manos que emergían, y un terror soterrado impregnaba el sueño. Todo era de un color ocre.

Frente a una casa anegada oíamos una voz; la barcaza entraba por la amplia puerta, a una habitación azul y blanca, con reflejos del agua en la pared. Una escalera de madera aparecía en la penumbra, hundiéndose en las aguas hasta un suelo intuido. Dejando atrás la barca, subía los escalones con pesadez; llegaba a un pasillo, con tres habitaciones de donde venían las voces de mujer. Las dos primeras estaban vacías; al entrar en la tercera... un rumor de agua me hacía volver. La barcaza zarpaba sin mí. Desde la barandilla de madera miraba la gran sala de la entrada, inundada como una piscina, y la barca huyendo lentamente por la gran puerta.

Ahogado por un sentimiento de impotencia, nadaba con dificultad por entre los canales y las altas casas decadentes; finalmente, llegaba a una manzana con grandes escalinatas hasta el agua; el canal, en forma de L, se detenía ante un paseo. Hombres y mujeres togados paseaban por él.

Ascendía los escalones, uno a uno, y aparecía un muro. El canal se secaba, apareciendo en su fondo una calle empedrada. Desde el paseo, apoyados sobre las barandillas, mirábamos el sol caer entre los clásicos edificios. Había bañistas, gritos y ecos como si el mundo estuviera en paz.

3. Delirio bajo la influencia

Hay algo terrible. Los hombres deberían morir en su casa. O tal vez solos, al borde de un precipicio ante las nubes tormentosas: el desafío, el poder, el delirio frente al Universo.

Y sueño con bosques primigenios y armoniosa soledad. La vía luminosa que aguarda como un estallido entre ramificaciones que abrazan.

Amad a los suaves hijos de la Naturaleza; despreciad a los pedantes que escriben como este: buscad lo inefable, lo nunca dicho, las manos y las pieles, las mujeres bellas -no existen otras- y los divinales licores, padres de una sabiduría eterna, inacabable.

Contentados por este sanguinoso líquido vital, o por el néctar dorado, buscad la nueva poesía, la que se hace con la vida, la que ignora los minutos y las jaulas, mortales prisiones del hombre mientras vive, su sueño para apaciguar la negra eternidad.

¡El Éxtasis! ¡El Éxtasis! Vendrá al que quiera tomarlo. A lomos de una tormenta eléctrica, maternales vibraciones del Espacio y el Tiempo...

¡Ah, hombres libres, sois los más envidiables de todos, porque no existís!