Cuando morir es la mejor manera de dejar huella. Además de un arte.
Advertencia: si hasta la fecha tenía usted una buena opinión del autor, ya sea por conocerle personalmente, ya por leerle, nos vemos obligados a rogarle que no continúe leyendo. El autor no se hace responsable de la repugnancia moral que pueda producirle el reírse de la muerte ajena.
1. Eróstrato: el fundador
Eróstrato era un pobre hombre dedicado a llevar el ganado por las rochas allá en el Asia Menor, en la ciudad de Éfeso. Secretamente aspiraba, sin embargo, a pasar a la Historia. Así que, careciendo de ningún talento, pergeñó otra manera de que su nombre quedara para la posteridad.
Tal día como hoy, un 21 de julio del 356 a.C., Eróstrato fue a la ciudad y se dirigió al lugar más famoso, el Templo de Artemisa. A la vista de todo el mundo, prendió fuego al edificio, y se quedó a contemplar como ardía. Ni que decir tiene que fue inmediatamente capturado. Torturado, confesó haber desencadenado el incendio con el único fin de que no se olvidase su nombre.
El emperador persa ordenó su ejecución inmediata. Así, Eróstrato se convertía en el primer suicida vocacional, y en un ejemplo para todo homúnculo deseoso de trascender su propio yo y ganar quince minutos de fama bien merecidos.
Artajerjes ordenó, además, que nadie osara divulgar su nombre, para disuadir a futuros suicidas de intentar hazañas semejantes. Pero ni el más poderoso emperador puede dar la vuelta a la Historia, y su nombre acabó trascendiendo. Eróstrato acababa de plantar una fructífera semilla.
La Antigüedad fue pródiga en grandes suicidas; todo el mundo conoce la historia de cómo Sócrates confundió la bota de vino con la de cicuta, o aquella de Séneca jugando a ser un emo en su bañera. Es más, todos hemos visto a Espartaco relajar su esfínter en la cruz –y eso que todos éramos Espartaco-, muriendo para limpiar nuestros pecados.
España se destacó en este campo, proporcionando saguntinos y numantinos a tutiplén, pero la moda también cundió entre cartagineses y romanos. Los primeros contaron con la inestimable ayuda de Aníbal y su “dejemos a los romanos vivir en paz”, a lo que los segundos sólo pudieron contestar con unos vulgares Marco Antonio y Cleopatra, para que la juventud de los sesenta fantaseara con áspides lamiendo los pechos de Liz Taylor.
Pero dejemos sin miedo estas fructíferas épocas y acerquémonos un poco más al presente.
2. Paul Lafargue y Laura Marx: a la revolución por el suicidio
La segunda hija de Don Carlos, casada con el cubanofrancés autor del El derecho a la pereza, inauguró una nueva época. Ambos eran niños pijos, no se me vayan a pensar –él era hijo de un propietario de plantaciones, y ella vivió del pobre Engels toda su vida, igual que papá-, que sin embargo decidieron dedicarse revolucionar al proletariado.
Marx acabó hasta las narices de su yerno, llegando a afirmar si Lafargue se declaraba marxista entonces él, el propio Carlos, prefería no serlo. Parece ser que pronto los sufridos proletarios también acabaron hasta el gorro de la revolucionaria pareja. En 1908, sintiendo que “ya no podían aportar nada al movimiento obrero”, Paul y Laura firmaron una emotiva carta afirmando que ya no querían ser una carga para nadie.
Se echaron al coleto sendas inyecciones de cianuro en casa de un amigo y murieron. El movimiento socialista internacional se apresuró a deplorar la decisión. Sólo un español, Anselmo Lorenzo, enemigo personal de Lafargue, y anarquista para más señas, tuvo el caballeroso gesto de alabar públicamente su decisión.
3. Lupe Vélez y el arte de bien morir
1944. La actriz mejicana, famosa por su romance con Johnny Weismuller, se encuentra embarazada y soltera. Decide que quiere morir, pero desea dejar un cadáver hermoso.
Se maquilla, se depila a conciencia el pubis en forma de corazón, e invita a varios amigos a cenar. En un momento dado se retira y, en una cama, rodeada de flores, ingiere seconal en cantidades abusivas. Parece que va a conseguir la muerte que deseaba.
Lamentablemente, el alcohol y las pastillas que ha tomado le producen náuseas: tiene que levantarse a vomitar. Le ocurre durante el trayecto al baño. Resbala con sus propios desechos y se golpea contra la taza, desfigurándose la cara. Muere ahogada, y dejando un cadáver muy poco hermoso. Cortesía de Zacarías Zuax
4. Nicos Poulantzas: el estructuralismo y la muerte poética
¿Pero qué se pensaban? ¿Que había algo que el estructuralismo no podía explicar o, al menos, relacionar? ¡Qué equivocados estaban! Pocas corrientes intelectuales han producido tantos potenciales suicidas de una manera tan gratuita. Para ello, no hay más que comprobar cómo se las gastaban sus dos luminarias.
Louis Althusser merecería ya de por sí una novela, no tanto por su infumable obra, sino por su apasionante vida. Desequilibrado mental, se hizo psicoanalizar largo tiempo por el famoso Lacan. Por supuesto, el psicoanálisis, la pseudociencia más en boga en aquellos tiempos, sólo fue una cara y divertida pérdida de tiempo mientras su salud mental empeoraba. En 1980, en una crisis psicótica, estranguló a su mujer con una sábana. Se libró de la cárcel, pero fue internado en un psiquiátrico, donde intentaría quitarse la vida varias veces. Moriría en 1990 sin lograrlo.
Su amigo Nicos Poulantzas sí pudo llegar hasta el final. El insigne estructuralista se ganó su lugar en la Historia, ya que no con su obra, que nadie en su sano juicio leerá a estas alturas, al menos con su muerte. Cierto día de 1979, el señor Poulantzas fue visto subiendo con un ascensor a la torre Montparnasse. Al llegar al piso 22, se bajó y se dirigió hacia la ventana más cercana. Desde allí, saltó al vacío abrazado a varias de sus obras y se desintegró contra el suelo.
Como estrategia de marketing me reconocerán que no está nada mal. A ver quién le propone a Ruiz Zafón que haga lo mismo.
5. El héroe anónimo
No todo han de ser grandes personajes. Eróstrato era un hombre sencillo, del pueblo; un humilde pastor. Para cerrar esta breve reflexión, por lo tanto, se impone buscar otro hombre que, sin grandes aspiraciones, muriese honrosamente por una idea.
Larga ha sido nuestra búsqueda; mucho hemos dudado. ¿Por qué no hablar de la moda que arrasa en Japón, el suicidio colectivo por Internet? Al fin y al cabo, la patria del seppukku tiene mucho que decir al respecto. ¿O de aquella modelo kazaja que no aguantó más a los 20 años? Pero no, tenemos visión de futuro. Intuimos por dónde van a ir los tiros (nunca mejor dicho) en el futuro .
El futuro del suicidio como arte está en la religión. Los cristianos hicieron mucho, empezando por su fundador; también los budistas tuvieron su aquél, inventando la inmolación a lo bonzo; pero a juicio de estos analistas, el futuro es el Islam.
Hemos elegido para concluir a aquél joven beirutí de 22 años que, gallardamente, murió para vengar una terrible ofensa. Un periódico danés había osado publicar unas caricaturas de cierto profeta amante de las niñas. Nuestro joven no sabía dónde está Dinamarca, ni probablemente había visto tales caricaturas. Sólo sabía que le habían ofendido, y tenía que estar furioso.
Así que él, a quien llamaremos Álex, y sus drugos, a quienes llamaremos Pete, Georgie y Dim, se presentaron pacíficamente en la embajada danesa. Se trata de una escena superétnica, los turistas se la rifan: turbas incontroladas vandalizando un rato. ¿Por qué vandalizar embajadas y no los palacios de sus corruptos gobernantes? Ah, misterio. Pero silencio, soy un occidental, y por tanto culpable de todos sus males. Continuémos.
Álex, nuestro drugo, y Pete, Georgie y Dim prendieron fuego, como antaño Eróstrato, a la embajada. La rociaron con piedras. Había gente dentro, pero eran perros infieles; merecían morir. Milagrosamente, se salvaron; no le plugo a Alá. En el mismo edificio había otras embajadas, entre ellas la chilena, pero cuando hay que regar con queroseno, pensar es difícil. Cuando hay que rezar, más aún.
Así que nuestro amigo Alex penetró atrevidamente con su bote de queroseno, dispuesto a incendiar la embajada para… bueno, para saciar su justa venganza, suponemos. Con tan mala fortuna que acabó quemándose a sí mismo; afortunadamente, no tuvo tiempo de sufrir, ya que antes murió asfixiado.
He de reconocer que me reí mucho cuando me lo contaron. Vi algo de justicia poética en algo tan sucio como una muerte. Sé que ello me convierte en un perro desalmado, amén de xenófobo, racista e intolerante, pero, ¿qué quieren que les diga? A mí y a Dexter nos educaron así. Toda acción tiene sus consecuencias.
Feliz 2364 aniversario del erostratismo, estimados lectores. Ahora se abre un nuevo concurso: ¿quién es tu suicida favorito? Voten ya.
No hay progreso, no hay revolución de las épocas en las vicisitudes del saber, sino, a lo sumo, permanente y sublime recapitulación.
Umberto Eco, El nombre de la rosa
Hace dos años exactamente, nuestro avión se posaba con escasa delicadeza en el aeropuerto de Manises, rasante sobre su pista agrietada sembrada de hierbas resecas. Se detuvo bruscamente. El pasaje, organizado según lo que en la jerga negrera se llamaban "fajos prietos", empezó a movilizarse con lentitud, con la habitual sinfonía de teléfonos móviles, gritos histéricos y pisotones. Nuestra breve comunidad se había roto incluso antes de bajar las escalerillas.
Hay que rastrear el comienzo de esta historia en el mes de mayo anterior. Mientras el orden establecido colapsaba, un perturbado -pongamos que el que estas lineas escribe- puso en circulación una serie de panfletos invitando al proletariado estudiantil a exponer sus puntos de vista sobre un viaje para culminar duros años de servidumbre.
[...]
Cinco eran los hombres, cinco las mujeres. Entre los primeros, se contaba con la inestimable presencia de Jeroboam, un republicano de fuertes convicciones religiosas y morales, famoso por su costumbre de pasar las largas horas de recreo apoyado en una esquina, con la mirada al frente, rascándose la barbilla y sin hablar con nadie. La razón de su presencia en el viaje nunca se supo a ciencia cierta, mas se intuye que estaba de alguna manera relacionada con la compra de un abrecartas, práctico y afilado, en cierta callejuela de Florencia. En segundo lugar de la jerarquía se hallaba el Cruzado de la Fe, un hombre imponente famoso por sus arengas y alocuciones públicas, con alta voz y mirada de fervoroso éxtasis. Versado en la imperial Historia, su móvil era recuperar el Milanesado para la Corona, o al menos contemplar extasiado el campo de batalla en el que Francisco I fue cruelmente sodomizado por Nuestro Emperador y 17.000 lansquenetes. En tercer lugar estaba el nunca suficientemente loado camarada Mijaíl Pacovich. Hijo de paleógrafo, su móvil era reunirse en cierto subterráneo de la Universidad de Pisa con el mítico Armando Petrucci, autor del celebérrimo "La concepción cristiana del libro entre los siglos VI y VII". Compitiendo por este puesto se hallaba el Arquitecto, ilustre hijo de Godella, esa reserva espiritual de Occidente, y el que estas lineas escribe, iluminado e intocable tras un reciente Nirvana. El sector femenino debería ir encabezado por la Gamba, [...]. Se trataba de la inverosímil compañera del camarada Petrovich y que respondía exactamente al esquema físico que su nombre figurado daba a entender. Y debería encabezar la lista porque fue la única que se abstuvo de la frenética tarea de zapa y apuñalamiento trapero a que el sector femenil se dedicó entre sí a lo largo del viaje. Este conflictivo sector se hallaba polarizado entre aquella rubia, a quien llamaremos Sra. Respekt tras la glosa de su silueta por un entendido de la materia como Carlo Vöst, y aquella morena, cuyo físico llevaría en más de una ocasión a un versado en el arte de la descalificación como H. Núñez a entrar en paroxismos desaforados, a quien piadosamente llamaremos Sra. Puleva. La fuente del conflicto era al parecer tan absurda como que la segunda, nuestra verdadera comisaria política, había planificado el viaje demasiado bien. Entre estos dos polos, oscilaban dos personajes siamésidos, Rokelín y Bollito, siempre unidos, siempre dispuestos al mal. Su actuación y alocuciones no denotaban un entendimiento privilegiado; siempre era un placer, al verlas entrar en acción, retroceder hasta el puesto de Jeroboam, misógino famoso, permanentemente en retaguardia, para escucharle componer las más exquisitas injurias en su honor. [...]
Milán-Venecia
[...] Sólo el imperial semblante de la estación de ferrocarril, coronada con águilas y fascios, pudo alegrar un poco al abatido Cruzado de la Fe, que veía amargamente convertida aquella otrora magnífica ciudad en un pozo de abominable perversión. No se lamentó cuando el tren comenzó a alejarnos por la llanura padana hacia la mítica ciudad de Venecia. Pronto descubriríamos cuánto tenía la ciudad de mito y cuanto de realidad.
Enclavada en una laguna estancada, hogar del paludismo y la malaria, no se diferenciaba tanto de Valencia en sus condiciones iniciales. Pero mientras aquí se procedió a desecar masivamente, todo convenientemente espolvoreado con DDT -gracias, Caudillo, los corazones hablan más que las palabras-, Venecia prosiguió su envidiable decadencia hasta nuestras fechas. Lo que significa que sigue enclavada en una ciénaga infecta con mosquitos sólo comparables a los que inundan el bosque ruso en verano.
[...]
Así pues, el cámping en el que nos hallábamos, con sus cuchitriles, sus penosas condiciones higiénicas, y sus mosquitos -a toda hora, en todo lugar- no debían diferenciarse mucho de la experiencia cotidiana en un Gulag. Ahora bien, los avezados italianos, famoso pueblo de comerciantes -y ladrones- lo había dispuesto todo de tal manera que el alcohol fluyese, abundase, y aniquilase la sensibilidad, hasta hacer tolerable la adversidad.
Así acabamos prontamente jugando a un estúpido juego; luego, más tarde, enzarzados el Cruzado y yo en un apasionante debate sobre el pasado y el devenir del Imperio, al que se unió cierto mexicano de Sonora por alguna extraña razón. Pronto se vio que una de nuestras siamesas, concretamente Rokelín, trataba infructuosamente de echarle el lazo, mas nuestro deber de caballeros, que al punto pusimos en práctica, nos llevó a disuadir al pobre hombre de cometer un error irreparable bajo la influencia del alcohol. En aquél punto nos dejó Mijaíl Pacóvich, quien compartía barraca con la Gamba en privanza. Recibió la misión de volver convertido en hombre; nunca la cumplió.
Regresé tardíamente a la barraca que compartía con Jeroboam, quien seguía en posición yacente desde que llegamos. Sin embargo, apenas dormí, excepto por una breve visión-sueño, en el que volví a recapitular mi reciente iluminación, y tuve otras muchas revelaciones, que no es este el punto ni lugar de desvelarlas.
Al fin, cansado de espantar mosquitos y del aire enrarecido, salí al aire y me tonifiqué con agua purificadora y un breve paseo por un cementerio de barcos. Cansado de esperar, tomé la súbita resolución de coger el barco hasta la ciudad. Dejando una nota explicativa algo confusa, armado únicamente con una cámara y un ejemplar de Thomas Mann para evangelizar a los paganos, llegué a la ciudad aquella espléndida mañana completamente solo, mirando desde cubierta.
Busqué instintivamente la soledad en callejuelas insólitas, que aún existen; en lo demás, lo famoso, los grandes lugares, Venecia es una parque de atracciones vulgar (y caro); los que hablan de su magia o bien la visitaron en el pasado, o bien pueden permitirse visitarla en invierno, cuando supongo que recupera parte de su majestad con las lluvias, el silencio y los grandes espacios vacíos.
[...]
Florencia
La vida en comunidad es divertida durante las primeras 48 horas; si se prolonga la exposición, se corre el peligro de ir dejándose arrastrar por resentimientos absurdos y acabar con la escena repleta de cadáveres. Por ello, me alegré al saber que los billetes de tren hacia Florencia dejaban un asiento suelto, que me apresuré a reclamar.
Junto a la ventana podía ver el tantas veces alabado paisaje toscano, con la ventaja del aire acondicionado. Frente a mí, dos jovencitas americanas, hablando de Domenico Ghirlandaio o la situación política de Oriente Medio. Del tipo concienciado que se siente obligado a visitar Europa y dejarse impresionar por sus maravillas. Sin correr la cortina y mirar la mugre que hay detrás, claro. En cualquier caso, la posibilidad de una agradable conversación y, ¿quién sabe?, tal vez algo más.
Sin embargo, aún no se había puesto en marcha el tren cuando llegó Jeroboam y, sin sonreír, aseguró a una de las americanas que estaba ocupando su sitio.
-But we’re two, and there’s no room, ¿couldn’t we stay together?
La americana parpadeaba encantadoramente. Jeroboam se encogió de hombros, y finalizó la conversación repitiendo palabra por palabra que estaba ocupando su sitio. Las dos chicas se levantaron, y se sentaron en el hueco que les cedió un poco atractivo madurito, con el que entablaron una conversación que duró todo el viaje.
Jeroboam no volvió a abrir la boca, ni a mirar por la ventana. Su semblante adusto, mirando al frente, me inquietaba no poco, impidiéndome disfrutar del paisaje. Su estiramiento (stiffness) era desagradablemente contagioso; me hallé pronto reprimiendo mis deseos de revolverme en el sofá. Así que, aburrido, abrí La montaña mágica e intenté leer algo. Se trataba de aquél capítulo en que, en lo alto de la montaña, atrapado por una ventisca, Hans Castorp se guarece en un refugio, donde tiene sueños y visiones.
También yo, y con más razón que el Sr. Castorp, acabé por rendirme. Noté la baba correr por mi boca entreabierta y mi cabeza dar bandazos con cada curva, acompañando a las manos inmóviles sobre el libro. Y yo mismo, allí, a pesar del calor y los ruidos de la gente, soñaba los sueños de Hans Castorp, y que era el mismo, y veía a una de las americanas como Claudia Chauchat, y…
De manera que cuando mi cabeza golpeó fuertemente contra algo, despertándome del todo, por un momento no supe si estaba camino de Florencia o del sanatorio alpino. El algo, que resultó ser mi vecino, aumentó mi confusión al hablarme en alemán. Con los ojos como platos, vino a mi mente una única y estúpida pregunta:
-Aber, ¿sind Sie Deutsch?
Resultó que no, que era un italiano también interesado en el Sr. Mann. La casualidad había querido que en aquél momento estuviese leyendo Tonio Kröger y, al golpear mi cabeza contra él y caer mi libro al suelo, hubiese visto el título en la portada. No pudimos menos que comentar lo curioso de la situación, y sumergirnos en una densa, apasionante conversación. Siempre bajo la desasosegante mirada de Jeroboam.
[...]
Como habrá experimentado el lector avezado, el viaje, al menos en sus comienzos, no se salió de las trilladas pero inevitables rutas habituales. El viaje iniciático por excelencia desde el siglo XVIII, tal vez antes. Y tras Venecia tocaba Florencia, con sus aledaños Pisa -a instancias de Pacóvich- y Siena -a petición de mi persona. No sería yo, con cierta tendencia a sufrir el síndrome de Stendhal, un juez justo de la ciudad, por lo que pediremos prestados sus ojos al Cruzado de la Fe para ver a través de ellos. Su inapelable juicio la encontró sucia, fea, y necesitada de una buena reparación.
Jeroboam no cesó de sorprendernos; nadie habría sospechado sus afanes fetichistas, que le habían conducido a la bancarrota al cuarto día, tras comprar una carísima máscara veneciana. Gastó sus últimos ahorros en un abrecartas, y mientras esperaba a que sus padres, nada adinerados, pudiesen poner más a su disposición, adoptó una dieta a base de un estricto régimen de avellanas. Más sorprendente aún fue verle, vestido con calzoncillos, zapatillas de cuero y un cinturón, marchar con parsimonia por la habitación comunal y el pasillo camino del baño. La lasciva Sra. Respekt murmuró al respecto que “no iba mal equipado”. O tal vez algo menos elegante.
Ravenna
[...] Fue también ante mi insistencia que se accedió a visitar la capital del Hexarcado. La ciudad, fuera de las rutas habituales y, por qué no decirlo, algo ordinaria, contiene tesoros. El primero, la falsa sensación de ordinariez. Pasear por sus tranquilas calles arboladas, sus casas modernas del extrarradio, todo cuidado, silencioso... Y entonces caemos. ¡Pero si estamos en Italia, no en Alemania! ¿Qué especie de injerto extranjero es este?
La segunda, por supuesto, los restos de San Vital, San Apolinar in Classe, el mausoleo de Gala Placidia, únicos incluso en un país rico en ruinas y monumentos como Italia.
[...]
Durante la cena, degustamos algunos de los caldos que habíamos comprado en Florencia. El pomposo estilo no hace pomposas realidades, pero éramos jóvenes e inexpertos y la etiqueta Chianti significaba mucho para nosotros. Nos daba un aire de sofisticación. Sin embargo, Don Dinero mandaba, y dado que no queríamos alimentarnos de avellanas en lo subsiguiente, como nuestro compadre Jeroboam, decidimos comprar la última botella de vino local, Marsala, si no falla mi memoria.
Justo cuando estábamos en la fase eufórica, un personaje barbudo, que había llamado nuestra atención anteriormente, nos dirigió la palabra. O tal vez se la dirigiéramos nosotros a él. No hagamos de ello una cuestión de honor. Las primeras palabras, siempre tan vitales, fueron más o menos las siguientes:
-Na, also, ich bin Franz...
-¡Wie Kafka!
-Tjo...
-Und ich Mijaíl...
-¡Wie Cervantes!
Franz era un poeta austríaco, que se había levantado aquella mañana algo confuso y había cogido un tren a Ravenna a visitar la tumba de Dante. No traía maletas, pero aquello no parecía importarle. Podía hablar con igual conocimiento de causa de las cualidades del vino italiano que de la campaña de Santa Anna contra los tejanos -para regocijo del Cruzado de la Fe.
Sin embargo, su lenta dicción y lo elevado de los temas tratados pronto agotó a todos aquellos que no habían consumido alcohol en suficientes cantidades, o que simplemente pensaban que Dante era el autor de Tiene nombres mil.
Perugia
Cuando llegamos a esta ciudad, nadie sabía muy bien a qué habíamos ido allí. Una ciudad medieval, sobre una colina, como tantas otras en Italia. Cargados de fardos, buscamos durante horas el número inexistente de nuestro hotel; como suele suceder en estos casos, dado que podría ser peor, pudo llover. Fue necesario buscar un taxi. Pero, como siempre en tales situaciones, las mujeres requirieron cuatro horas para convencer a los cazadores-recolectores de que habían fallado en su tarea y se imponía buscar ayuda.
[...]
El interés de Mijaíl por visitar la cercana Asís, que se explicaba fácilmente por sus vagas tesis teológico-liberadoras, era lo que nos había llevado allí. Pero al principio le maldecimos. No tardaríamos en ver lo errados que estábamos.
La ciudad, preciosa, auténtica, no infestada de turistas, ofrecía un mirador al Oeste donde afables vendedores ofrecían el paraíso al grito de ¡Il Panino e la Birra, tre euri! Nuestras noches coincidieron con un festival de jazz -off topic, mis oídos poco tienen que envidiar al corcho, pero no hago ascos a según qué clase de ruidos. En principio, iba a quedarme solo; sin embargo, en cierto momento, vi emergir de un subterráneo a Rokelín y Bollito, y también al Arquitecto y a Mijaíl.
-¿Pero cómo?
Entre las maravillas de la ciudad, se cuenta una complejísima red de túneles, con escaleras mecánicas, que los perusinos utilizan como medio de salvar el desnivel de la ladera. Así habían decidido, en última instancia, presentarse allí.
[...]
Volvimos caminando -cerca de una hora-, y hallamos a Jeroboam en su ya clásica posición, cruzado de brazos y vista al techo, y al Cruzado de la Fe ocupado en algún extraño menester. Ocultó rápidamente lo que estaba haciendo al vernos entrar. Así descubrimos que el Cruzado escribía -se trataba de una pequeña elegía a Ayn Rand.
Roma
Nos alojábamos en Roma en un complejo religioso, donde se prohibia la cohabitación inter homines et mulieres. De esta guisa, Mijaíl, privado unas horas de compañera, entró en una espiral destructiva. Espoleado por una serie de deplorables provocaciones, acabó extrayendo su navaja de Boy Scout y atemorizando a todo una pasillo entre gritos de extremada rabia. Con el tiempo, sin embargo, sus compañeros de habitación lograron reducirle.
[...]
Eran los días del Mundial de Fútbol. Eran los días de la final del Mundial de Fútbol. Eran los días de la final del Mundial de Fútbol que Italia, último representante europeo, iba a jugar contra ese equipo africano erróneamente llamado Francia. Y nos hallábamos en el epicentro de la tormenta.
Vimos a orillas del Tíber el histórico cabezazo de Zidane contra Materazzi. Vimos estallar minutos después la ciudad en rojos, blancos y verdes. Las calles se llenaron de una marea incontenible. Se desató el caos; todo el mundo estaba en la calle, gritando.
El tráfico dejó de funcionar virtualmente. Aguardamos algunas horas en una parada de autobús. Algunos afirmaban que vendría alguno; otros simplemente silbaban Seven nation army, el himno oficioso italiano de aquella noche. Finalmente, se extendió otro rumor. Los conductores de autobuses, arrastrados por la turba, habían abandonado sus puestos, dejando los vehículos en mitad de la calzada, y se habían unido a la fiesta.
Finalmente, decidimos volver caminando. Sabía que debíamos seguir la ruta hacia Cinnecittà. No sabía que estábamos a ocho kilómetros de nuestro albergue. Llegamos a las cinco de la mañana, completamente consumidos -tras un día caminando, habíamos recibido una sesión intensiva de regalo. Por si fuera poco, la audiencia privada con el Papa que Jeroboam, hombre de insondables contactos, nos había prometido, no se había producido. ¿Tal vez para este fin guardaba cuidadosamente su cortaplumas?
Italia es una república bananera; bien lo sabemos. El tráfico se restableció parcialmente al día siguiente. El transporte público, no. Aprovechando estas circunstancias, mientras esperábamos el paso de nuevos autobuses inexistentes junto a las termas de Caracalla, creamos en la carátula de un CD la versión inicial del Apasionante Juego de la Popularidad.
[...]
Y así, ojerosos, consumidos por un odio a aquél mostrenco país sólo comparable a nuestro amor por él, aguardábamos en Fiumicino en silencio, un 13 de julio, sin mirarnos, a que saliera el avión. Y así permanecimos todo el vuelo; y así llegamos a Manises. Al salir, equipaje en mano, bajo la puerta de Arrival/Arribada, vi sorprendido que estaba esperando allí alguien a quien conocía.
Ella estaba allí por otros motivos; tal vez debería haber ido a saludarla. Pero no lo hice. Aún era un hombre iluminado, desligado de lazos terrenales. Fingí no haberla visto y, con decisión, enfilé hacia las puertas correderas sin despedirme de nadie.
Íbamos a asistir al nacimiento de algo nuevo1. En la ciudad de la catedral inacabada2, entre esquinas de esbozada fantasmagoría, esperábamos, envueltos en nuestros mantos. Las señoras portaban elegantes sombreros que cubrían sus cabellos, excepto los flequillos ondulados que nimbaban sus rostros, con los voluminosos labios pintados de carmín. Los caballeros, fieles iniciados de una orden mendicante, llevábamos raídos sombreros, botas agujereadas y abrigos manchados por el sebo de las velas. Lacios cabellos cubrían nuestro rostro; en vez de carmín, aros violados rodeaban nuestros ojos, y ralas barbas nuestros labios. Esa era, de momento, la realidad visible.
Y entonces, cuando se disipaba la niebla, se abrió la puerta, que daba, como quien dice, a otra dimensión. Ahora, cuando lo recuerdo, veo aquellas imágenes en blanco y negro, como en las fotografías: esta es la trampa de la memoria; recuerdo lo que no viví. Entramos, pues, a la nueva dimensión, y paladeamos el néctar que abre las vías de la autoconciencia3. Los labios rosados devinieron óvalos, ópalos, nubes espesas y cambiantes; las lámparas ensombrecidas, diamantes ambarinos que refulgían. El nacimiento aguardaba el momento oportuno, pero aún no llegaba, y sentíamos el amargo placer de la espera corroernos por dentro, dejando temblores y resoplidos de insatisfacción no resuelta.
Y hete aquí que, cuando en el paroxismo ya cantábamos ¡orgía-porfía!, cuando éramos doce en uno en la noche sideral, una fuerza nos condujo a través de un oscuro túnel. ¡Y en verdad, cada paso era amargo! Y llegó a pasar que el nacimiento esperado, de pronto, estando ahora al alcance de la mano, nos daba temor, y anduvimos a tientas por la oscuridad, buscando los pechos de las damas y los bastones de los señores. Al fondo, la luz que manaba fagocitó nuestro miedo, y entramos en un gigantesco urinario4; qué digo urinario, una hermosa plaza pública repleta de fuentecillas y surtidores que corrían alegremente.
Allí estaba el gran mamotreto sacro, el Fluidoskeptryk5. Apenas habíamos comenzado a admirarlo, a contemplar las numerosas sutilezas que lo conformaban, cuando una nínfula vestida de blanco, con una cofia y un rosario, comenzó a recitar mientras se acariciaba su larga trenza6. Oh, qué bellos versos místicos: la boa, el falo, y la boca, comienzo y centro del mundo, y las numerosas cavidades platónicas, unidos por el poder de la palabra. Cuando las letras paladeadas alcanzaban la cumbre, comenzó a agitar rápidamente los brazos, a danzar y orbitar en sí misma. El Fluidoskeptryk saltó por los aires, se desintegró en el suelo en mil pedazos, que se reintegraron formando una bella constelación de plata y sangre7. ¡Plata y sangre, sí! El líquido rojo lo cubría todo, la mano de madera, la larga cabellera, el receptáculo de tiempo. Gotas habían caído sobre los iconos sagrados que cubrían las paredes, realidades remotas y tangibles que nosotros debíamos venerar. ¡Así se produjo el nacimiento, y tuvo un nombre, un nombre bello y sencillo, que venía de tiempos inmortales y era guía y estela para el futuro!
Entraron los policías en nuestro templo y cargaron8. Cargaron con furia. La belleza del Fluidoskeptryk caído sucumbió bajo las botas de gruesa suela. Los fragmentos saltaron, tremolaron, inmortales meteoros, en todas las direcciones. Corrió la sangre, la sangre de verdad, y se unió al líquido que alfombraba el suelo. Los iconos fueron tumbados, borrados con cal viva, con el agua de las fuentes que le daban sustento espiritual. Y en el centro, el hombre, la mujer, desnudos, mostrando su crimen, sobrevivieron, esperando tiempos mejores, dando testimonio alado del nacimiento.
1Zentrale W/3 Stupidia era el nombre de la sucursal de Dadá en Colonia, dirigida por Max Ernst, Hans Arp y JT Baargeld (en realidad, Alfred Grünewald); tras el escándalo en Berlín el año anterior de la revista de Georg Grosz y Wieland Herzfeld Jedermann sein eigner Fussball, confiscada por la policía, le llegó el turno a esta célula de activarse. Bajo el título de Preprimavera Dada (Dada Vorfrühling), se preparó la exposición en la Winter Hofbräu que aquí se narra.
Hans Arp Max Ernst JT Baargeld
2Colonia.
3La Winter Hofbräu era, como su nombre indica, una cervecería.
4Le exposición tuvo lugar dentro del servicio de caballeros, al que se accedía por un pasillo oscuro.
5El Fluidoskeptryk, verdadera obra cumbre de la exposición, era una pecera de cristal en forma de urna, llena de un líquido rojo fluorescente en el que flotaban una mano postiza y una trenza.
6La exposición constaba también de la actuación de una mujer, vestida de primera comunión, mientras recitaba poemas pornográficos subida a la tapa de un váter, culminando con un baile.
7Como parte de la exposición se animaba a los asistentes a destruir los objetos expuestos, empezando por el propio icono dadaísta. Para ello, Ernst había puesto a disposición de los espectadores un hacha, clavada en un leño de "creación" suya (o séase, firmado por él).
8La policía, alertada por los vecinos, acudió a clausurarla de manera violenta, alegando que fomentaba la pornografía, y destrozando varias obras en el camino -esta vez sin ser invitados por los artistas a hacerlo. Más tarde se descubrió que la acusación se debía a la presencia de una copia de Adán y Eva de Durero -obviamente desnudos- y se permitió su reapertura. Para la ocasión se compuso el fotomontaje "Dada vence!" (Dada siegt!)
(En agradecimiento a la revista Rockdelux, por destrozar mi adolescencia)
Sigmund & the Freudians, ese grupo seminal del proto-punk noruego, renovador de la ópera rock con Hysteria!, ha sacado nuevo disco. Desde que aparecieron en 1966, revolucionaron la escena underground noruega con una fórmula simple: ritmos sincopados y mestizaje musical. Y ahora, Father I want to kill you, mother I want to..., el evento musical de la década, probablemente del siglo y aún del milenio, ha aparecido. Cierto que ha pasado desapercibido para las masas de ignorantes, pero no para sus devotos fans, que hemos aguardado nada menos que 26 años para volver a escucharlos. Sus discos dejaron de editarse con su disolución en el 82, y hoy son carne de coleccionista extremo; los que aún poseemos los vinilos originales podemos jactarnos de pertenecer a una elite superior. Sus canciones no se encueentran en el Emulador ni demás redes de pornografía global.
Pero, ¿quiénes son Sigmund & the Freudians? Se preguntará usted, lector, mostrando así su ignorancia mientras se revuelve en su mostrenca cochiquera. Pues vamos a reparar una injusticia de décadas y a hablar del mejor grupo que conoció el siglo XX al norte de las islas Órcadas.
Man of the rats (1969), con su furioso tempo de darbuka y sus explícitas letras, es el que convierte a los Freudians en precursores del punk
La historia de Sigmund & the Freudians empieza con la llegada a Trondheim en el verano de 1965 de Jeremy Spifkin, cazador de focas y vocalista aficionado en el coro de los hare krishnas locales. Allí conoce a Ananda Chandra Huteesingh, virtuoso del sitar, quien le presenta durante una manifestación nudista contra la guerra de Vietnam a Fátima Choukair, percusionista de darbuka, y Jimmy Chao, su compañero de entonces y prodigioso guitarrista, famoso en su Sichuán natal por su repertorio bluegrass como tañedor de guzheng.
El grupo toca en baretos de mala muerte (suponiendo que haya tal cosa en Noruega) y clubs de striptease, donde en diciembre de 1966 conocen a su manager y ocasional camello, Olaf Horgnsbjörn. La formación adopta su nombre definitivo con el regreso de Chao a Noruega desde un campo de reeducación en Chengdu. La experiencia de Chao les inspira su primer álbum de estudio: President Mao says: do you envy my penis?
El álbum es un éxito inmediato: logra colocarse en el número 42 de las listas durante dos semanas. El potentísimo single Sing with me, Anna O. es la canción más radiada aquél año en la región lapona por su única emisora –RLL, 93.8 FM, con un público potencial de 500.000 oyentes, entre humanos y animales de la familia de los rénidos.
Portada de su primer disco President Mao says: do you envy my penis? (1966), con portada de Andoni Warhol, el primo vasco de Andy
Le sigue una meteórica carrera: A photo of Dr. Otto (1968) –primer álbum conceptual del grupo; Syd Barrett recibió un ejemplar firmado de manos de Spifkin-, considerado por la revista Trapped como el decimoctavo más influyente de la Historia; le sigue la densa incursión en la psicodelia de Man of the rats (1969), calificado por algunos como proto-punk en sus últimos cortes, y finalmente el potente Berggasse, 19 (1970), en el que abandonan las sendas anteriores en busca de un sonido más folk y estilizado.
A photo of Dr Otto (1968), su arriesgado disco conceptual, y cuya portada dio pie a las habladurías sobre la oscura infancia de Spifkin
Abrumados por el éxito, se dan un breve respiro antes de afrontar su proyecto más ambicioso. Chao y Choukair pasan un año en Tánger; Chandra se retira a una comunidad menonita, donde contrae matrimonio y se siente atraído por sus himnos religiosos. Spifkin se va a las Alpujarras, visita la tumba de Manolete y descubre la inusitada sonoridad de la dolçaina durante una escapada por el Levante. Su adicción al Jumilla data de esta época.
Berggasse 19 (1970), su retorno al folk, es el único disco en el que los integrantes figuran en la portada. Arriba, con barba, Spifkin; en la viñeta central, Chao; en la inferior, Choukair y Chandra.
En 1974 se reúnen de nuevo: los tiempos han cambiado, y Sigmund & the Freudians se deja contagiar por los cantos de sirena del rock épico. El resultado es Hysteria!, la ópera rock de la década en Noruega.
Hysteria! está dividida en tres actos: He, Me, Superme. En ella se narra el viaje del protagonista, Sigmund, hasta el epicentro de su neurosis. Tras vencerla, se baña en su sangre, lo que le convierte en invulnerable, excepto por un punto en su talón en el que olvida aplicarse jabón. El héroe Sigmund, cabalgando sobre un diván, seduce a la doncella Katharina, contra los designios de los dioses. El invulnerable Sigmund se enfrenta a la furia del Walhalla, pero es traicionado por su escudero Karl Jung, que revela su único punto débil, y fenece.
Hysteria! (1974) rompió todas las barreras, confirmando a los Freudians como la banda más influyente desde los tiempos de Giovanni da Palestrina
Hysteria! destacó como un grito de rebeldía único en la adocenada década de los 70. Su sorprendente partitura, suma de todas las influencias del grupo, sigue siendo hasta la fecha un hito inigualable en la historia de la música. La escena primera del segundo acto, que consiste en un larguísimo solo de darbuka, es citado desde entonces como ejemplo de las posibilidades expresivas del instrumento y colocó a Fátima Choukair en la constelación de grandes virtuosas de la percusión. Desde 1974 hasta la fecha, Hysteria! se representa ininterrumpidamente en el teatro Norrboten de Narvik, con gran éxito de público.
Avanzada la década, la situación empeoró para los integrantes de la banda. La música disco y los sintetizadores empezaban a hacer estragos, mientras las visitas de Spifkin a las bodegas murcianas se eternizaban y las convicciones religiosas de Chandra, rebautizado como Hermano Sofonías, hacían cuestionable su salud mental.
En 1977 Olaf Hornsgbjörg fue juzgado y encarcelado por tenencia y comercio de sustancias ilícitas, y se suicidó de manera misteriosa en la prisión de Trondheim. A falta de nuevo manager, Spifkin volvió de Jumilla para hacerse con las riendas del grupo.
Sin embargo, sus pretensiones de convertir a la banda en un referente del glam rock sin abandonar sus raíces proto-punk toparon con la dura resistencia de la banda. Como advirtió Jimmy Chao antes de dejar la banda en 1978, “no puedes hablar de nihilismo con mallas ajustadas”.
Sigmund & the Freudians walk again (1979), el último disco con el nombre del grupo, del que ya sólo quedaban Spifkin y Choukair
En enero de 1979, sólo Spifkin y Choukair permanecían de la formación oficial. Su disco en directo Sigmund & the Freudians walk again, grabado durante la gira del año anterior por Oriente Próximo, y que incluía una arenga espontánea de Jomeini, que incluso subió al estrado y se lanzó al público durante su memorable concierto en Qom, supuso el canto de cisne para el grupo.
El giro hacia el glam no cuajó, y la banda se disolvió en 1982 entre disputas legales, escándalos sexuales y vino Pantocrátor sin denominación de origen. Spifkin pasaría a ser manager de otros grupos, y demostraría en 1986 que había sido un visionario cuando aupó a Europe al éxito. Choukair tomó a una joven discípula, Meg White, y le adiestró en los arcanos de la percusión. Chandra, o Sofonías, se retiró definitivamente a Winsconsin a criar a sus 13 vástagos en los principios de la austeridad y la pobreza, mientras que Chao volvía voluntariamente maniatado y vendado a China en el maletero de una limusina de su embajada para, según las autoridades, “hacelse leeducal de nuevo de su desviacionismo y levisionismo pequeñobulgués”.
Con su separación, una legión de fans quedó huérfana; la mayoría nunca perdonaría a Jeremy Spifkin su desastrosa decisión que condujo a la disolución prematura de la formación. Sin embargo, con la muerte de Spifkin en 2004 en su chalet de Marbella a manos de un perturbado albanokosovar que le confundió con el creador de Doña Rogelia y sus muñecos, el camino quedó expedito para la reunificación de la banda.
Jimmy Chao dejó su nuevo cargo como subdirector del Feliz Comité de Transplantes Voluntarios de Órganos, sección 12 -Prisión Estatal de Quanxi-, y volvió al estudio de la banda en Narvik, donde le esperaban Choukair y Chandra, que había abandonado el menonismo por las prácticas neopaganas de las Islas Feroe y cierta tendencia a pintar esvásticas. Durante 2005 y 2006 hicieron su gran gira europea, donde contaron con el apoyo de celebridades como Michael Stipe, Enya, el Nuevo Mester de Juglaría -otro grupo olvidado al que habrá que dedicar un monográfico-, Olvido Gara, y por supuesto Bono, que no había escuchado en su puta vida un disco de Sigmund & the Freudians, pero se sentía obligado a figurar. Scorsese se mostró interesado en rodar un documental, actualmente en fase de preproducción.
Father I want to kill you, mother I want to... (2008), dedicado a la eterna memoria del asesino de Spifkin
Fruto del reencuentro es este gran disco, versión/revisitación/cuasi plagio del primer disco de The Doors, llamado Father I want to kill you, mother I want to…Escucharlo es entrar en ese estado de frondosa ebullición que siente uno cuando escucha la habitual furiosidad de los Freudians, ahora ya no proto- sino post-punk. Y qué decir de los increíbles riffs de guzheng de Chao, ahora también vocalista; de la virtuosidad de Choukair, engrandecida aún más si cabe tras su encuentro con Meg White… Chandra derrocha savoir faire en su acelerada interpretación de The other side, tema en el que demuestra la influencia que ha venido ejerciendo sobre él tanto el dubstep como la batukada.
En suma, uno de los retornos más esperados del mundo de la música, y uno de los mejores discos del joven siglo, difícilmente superable.
Discografía de los Freudians:
President Mao says: do you envy my penis? (1966)
A photo of Dr. Otto (1967)
Man of the rats (1969)
Berggasse, 19 (1970)
Hysteria! (1974)
Sigmund & the Freudians walk again (1979)*
Father I want to kill you, mother I want to… (2008)
*Live at the Qom Stadium, home of the world famous Firing Squad: we served the Shah, now we serve Allah
Interesados en los Freudians, que puedan aportar más información o que quieran unirse a su club de fans -de regalo, carné para la logia masónica Q3 de rito escocés- o adquirir el disco pueden postular en comentarios.
Efectivamente, respondimos a la petición de un amable lector, y nos sumergimos una tarde más en ese curioso submundo poblado por abuelas buscando dos horas de sombra y aire acondicionado, jóvenes alternativos mal infomados sobre lo que su posición social requiere de ellos, y solterones de oro con peluquín y tendencia a roncar sonoramente. Hablamos de la Filmoteca de Valencia.
Ayer, dentro de su ciclo Can[nes]celled, se proyectaron dos de aquellas joyas que no vieron la luz en 1968 gracias a la loable obsesión de Goddard por soplar gaitas.
Fenyes Szelek / La confrontación
Se trataba del segundo film de Miklós Jancsó que me disponía a contemplar. El primero fue "Csillagosok, katonák" (Los rojos y los blancos, 1967), un episodio de la guerra civil rusa rodado en un cinemascope tan elegante que ni los fusilamientos ni las violaciones de campesinas lograban causar demasiada emoción, sólo un ligero hastío. La ausencia de protagonistas me pareció un fallido homenaje a Eisenstein, y el deficiente hilo narrativo simplemente imposible de seguir. Sólo hubo una sorpresa: había bolcheviques malos que fusilaban campesinos, y cosacos del Don buenos que no permitían ultrajar a la población civil. ¿Y si al fin y al cabo la URSS no fuese tan, tan totalitaria?
Los buenos cosacos miran, pero no tocan. Csillagosok Katonák
De tal manera llegué confuso a "Fenyes szelek" (La confrontación, 1968). Esperaba ver una obra de propaganda, y la verdad es que la primera parte reforzó mi teoría: nos hallábamos ante un ejemplo del musical marxista. Este novedoso género revolucionario consiste en ofrecer una trama tan vacía de contenido como el musical burgués, sólo que no hay instrumentos, sino viriles coros, y en vez de burguesas con antiestéticos trajes de lentejuelas, aparecen valientes obreras y campesinas con antieróticos sostenes siguiendo la moda Pacto de Varsovia, 1958 (le tomo prestado el chiste, sr. Kapuscinsky).
El repertorio musical era variado, pero no muy novedoso: Avanti o popolo, A las barricadas en su versión original polaca, e incluso una canción sobre la defensa de Madrid.
Jets contra Sharks en las calles de Budapest Este. Fenyes szelek
La segunda mitad, sin embargo, empezó a sorprenderme. Un grupillo de estudiantes universitarios toma al asalto un monasterio con el fin de reeducar a los contrarrevolucionarios seminaristas. La táctica primera es bailarles y mostrarles la única verdad incontrovertible de la doctrina marxista: que los marxistas siempre ligan más. Así, bailando con las mozas, esperan recoger sus frutos, pues ya lo dijo Lenin: "El marxismo es todopoderoso porque es verdadero". Así q