Cuando ustedes lean estas palabras estaré -si el Dios de las aerolíneas de bajo coste lo permite- pisando de nuevo las amadas aceras de Berlín. Y no será una fecha casual, no; a poco que hojeen periódicos o asomen su nariz al televisor sabrán que hoy, nueve de noviembre, hace veinte años que cambió el mundo.

Para Alemania el 9 de noviembre tiene muchos significados. Tal día en 1918 nació la primera democracia alemana en Weimar; cinco años más tarde -exactamente- se produjo el fallido putsch de la cervecería de Hitler; con el nacionalsocialismo ya en el poder, el nueve de noviembre de 1938 pasó a la historia como la noche de los cristales rotos. Y de pronto, irrumpe el nueve de noviembre de 1989 para romper el maleficio: la última revolución, la revolución silenciosa, incruenta, televisada, espectacular. El último papel heroico de las masas en la vieja Europa finisecular.
Tranquilizo al lector, que conoce ya mi postura sobre el comunismo de sobra. No vamos a hablar de los muertos, las prisiones y las torturas, las vidas destruidas, la sangrante ironía de un "muro de contención antifascista" que sólo contenía a los propios ciudadanos. Ustedes ya conocen todo eso -por algo leen este blog- y si desean la información, saben dónde buscarla. Pero aquí quiero hablar de otra cosa.Quiero hablar del nueve de noviembre como símbolo; de la noche grande de Berlín como canto de cisne de una etapa, y quiero hablar como miembro de la generación del 88, la que nació al borde del abismo del mundo nuevo.
Cuando yo pise Berlín el nueve de noviembre de 2009 probablemente estará nevado; pero aquél nueve de noviembre en sus calles no hacía frío: lo dicen las fotografías. Al calor de las multitudes no podía hacerlo, mientras atónitas protagonizaban la Historia, incrédulas espectadoras a tiempo real de su destino. Las masas, aparentemente festivas pero agotadas, hacían su última reverencia y desaparecían para siempre de Europa, tras haberla llenado durante dos siglos de esperanza y sangre, ruinas y barricadas.
1789-1989: a pocos se les escapó el paralelismo. Fin de la era de las revoluciones, fin de la Historia... para Europa. El tren se detenía unos instantes en la última parada antes de partir definitivamente de aquí: no corrió la sangre de los tiranos en Berlín -Honecker murió en su cama en un hospital de Santiago de Chile-; tampoco en Praga, Varsovia ni Budapest; pero se hundió el imperio potemkin, el imperio de cartón piedra. Adiós al "Alto Volta con misiles" de Jruschev.

Tardó todavía dos años en caer del todo, muchas veces se olvida; la tarea que empezó la noche del nueve de noviembre -en realidad empezó mucho antes, pero aquél día estalló- tardaría aún algunos años en concluirse; lo haría en forma de tragedia griega en Bucarest -de nuevo un drama televisado-, y para cuando los ecos del seísmo llegaron a Moscú y Belgrado, lo que quedaba del viejo orden cayó definitivamente envuelto en el caos, mientras Europa probaba -por última vez en mucho tiempo, probablemente- el olor de la pólvora y el sabor de la sangre.
¿Se acabó, pues, la Historia en Europa? ¿Fue esta la última revolución? ¿Qué me hace estar tan seguro?
Apuntaría a la demografía en primer lugar -las sociedades revolucionarias son jóvenes, no decrépitas-; en segundo lugar, el centro del mundo se ha desplazado al Pacífico; en tercer lugar, las ideologías que fueron el combustible del hervidero europeo están en franco declive (incluyendo, lamentablemente, al venerable liberalismo clásico). 1979, el año de la ruptura en Irán, podría ser la fecha simbólica del principio del fin de las ideologías universales. Evidentemente todo esto son generalizaciones vagas sujetas a miles de matices, pero el que quiera entender que entienda.
Sigamos, sin embargo, con la celebración. Porque ya la celebración, la manía del aniversario, la veneración estéril del pasado, es un síntoma del cansancio. Se diría que el gran acto del nueve de noviembre de 1989 dejó a Europa exhausta. Un continente envejecido, enclaustrado tras una expansión demasiado rápida, abandonado tras haberse consumido en inmensas llamaradas. De sujetos activos pasamos a sujetos pasivos de la Historia, pasivamente también. Esto no tiene por qué ser malo. Tiene sus luces y sus sombras, como todo.

Así entiendo el marasmo, la aversión a todo riesgo. El estatismo -"de izquierdas" y "de derechas"- que barre el continente... ¿es causa o síntoma? Con la bandera de tranquilizante azul y las doce estrellas nos vamos a dormir el sueño de los justos. Acabó el gran acto, la vida sigue y nuestro tiempo ha pasado. El mundo ha cambiado y Europa vuelve a ser lo que siempre fue: la provincia; ya no la fábrica de sueños. El rincón olvidado de los rezagados, rezumando historia, ahogándose en ella, apoyada en las osamentas de sangrientos titanes fabulosos.

[Esto es un prólogo a una serie de relatos de viajes sobre la otra Europa que se irán publicando a lo largo de la semana: Praga, Budapest y, finalmente, la frontera este: Moscú. Будь здорова!]





